28 diciembre, 2016. Por

El holandés errante

El Titanic de Wagner lo conduce La Fura dels Baus
El holandés errante

El holandés es un ser maldito, condenado a vagar eternamente y cuyo único deseo es escapar del infierno marino y regresar al mundo terrenal. La historia encuentra un deslumbrante reflejo en una partitura que contiene ya todos los ingredientes del Wagner más maduro artísticamente hablando (con sus leitmotivs y esas cosas que no pueden faltar). La leyenda del amor maldito entre este El holandés errante y la hija de un capitán acaudalado se podría denominar perfectamente Arrástrame al infierno (lo estoy viendo en plan peli de Sam Raimi… nota mental: filón a explotar) es un viaje a las entrañas musicales del mar envuelto en un una ópera romántica. La fura del Baus, en su afán contemporaneizador, ha decidido (más o menos polémicamente) trasladar en el Teatro Real de Madrid la acción a un cementerio de barcos de Bangladesh en el cual parece que las penurias de sus habitantes son iguales o mayores que las de los fantasmas del navío errante.

Impresiona esa proa que cual desmesurado Titanic se puede ver varada en un escenario cubierto de arena. Las proyecciones hacen las veces de aguas embravecidas o de tierra firme. Pocos elementos escenográficos más aparte de ese barco al que progresivamente van desmontado pieza a pieza hasta dejarlo en el chásis. No hay dos embarcaciones (la de Daland y la del Holandés) sino sólo una, de cuya cubierta bajan por una vertiginosa escalera los vivos y de cuyas bodegas salen inquietantemente los fantasmas (más o menos queriendo decir que todos llevamos alguno en el interior).

Pero, si bien es cierto que tiene imágenes llamativas, viniendo de La fura uno se esperaba algo más explosivo. La actualización, de los habitantes del pueblo a esos pobres hindúes, no aporta demasiado. Más allá de mosquear a los más ortodoxos. En cuanto a despliegue escénico, la primera parte (con la excepción de los primeros minutos) acusa cierto estatismo, aunque cierto es que la fiesta de los habitantes del pueblo y su encuentro con los fantasmas es deslumbrante (sólo por eso ya merecería la pena la función entera).

En el foso, Pablo Heras-Casado guía las potentísimas notas de Richard Wagner; y en la escena quien más llama la atención es la Senta de Ricarda Merbeth, impresionante en lo vocal (y con una cara de loca que, efectivamente, pide a gritos que se la lleve un marinero maldito). Aparte del coro, que es una gozada, claro está. En definitiva, que tanta tempestad ha alejado a La fura dels baus de la costa. Aún así, Wagner es Wagner y un viaje en su navío maldito siempre tiene su atractivo.

El holandés errante