Lúcido

Teatro Campos Elíseos. Bilbao

Una mujer y sus dos hijos cenan (o lo intentan) en un restaurante lleno de espejos. Una mujer y sus dos hijos se enfrentan en una casa destartalada. Entre ambos espacios transita este Lúcido del argentino Rafael Spregelburd. Un texto dirigido por Amelia Ochandiano que encalla dos únicos días en el Teatro Campos Elíseos de Bilbao. Un espectáculo a caballo entre la realidad y el sueño, entre la risa y el llanto, entre la levedad y el dolor.

Lúcido es un montaje sin duda especial. Que te va llevando sin que puedas discernir muy bien dónde vas a acabar. La historia comienza en ese restaurante con la familia celebrando el cumpleaños del hijo. Después, con un cambio de escenario sencillo en su mecanismo pero espectacular que se repetirá varias veces a lo largo de la obra, nos encontraremos en la casa donde viven la madre, Teté, y su hijo de 25 años, Lucas. Éste nos confiesa que la escena anterior no fue sino sólo un sueño. Un sueño lúcido, momentos oníricos que Lucas ha conseguido dominar gracias al trabajo con su psicólogo. En su realidad, nada es tan agradable. El chaval es extremadamente inestable. Y su madre, ni te cuento. Y los dos se desestabilizarán todavía más con la llegada de la hermana, Lucrecia, que ha estado alejada del núcleo familiar durante quince años. El cuarto personaje en discordia es el novio de la madre, que en el sueño lúcido del chico es a la vez el camarero que les atiende. El único personaje normal de todos ellos. Y es que la madre, el hijo, y la hija (aunque ésta en menor grado) son personajes absolutamente extremos. Como extremas son las actuaciones. Algo que puede chocar, pero sólo hasta que uno se sumerge en su mundo. Un mundo bizarro, turbador y delirante. Un universo de sentimientos desaforados en el que la mitad del tiempo las lágrimas asoman a sus ojos y en el que la otra mitad te provocan una sonrisa. Una sonrisa que se congela en un final terrible, doloroso y estremecedor, de los que ponen los pelos de punta. Hay que reconocer que la obra pivota sobre una serie de puntos de giro que a algunos seguramente podrán parecer trucos engañosos (incluido el final). Pero el caso es que si te dejas llevar por ellos los aceptas sin chistar y el espectáculo acaba por dejarte conmocionado.

Amelia Ochandiano consigue imprimir un ritmo que hace que las casi dos horas que dure el montaje pasen sin sentir, porque la verdad es que podrías seguir dos horas más observando esta peculiar familia (no ya desestructurada, sino casi centrifugada). Y las actuaciones son perfectas para la propuesta. Todos son además caras conocidas de la pequeña y gran pantalla (algo valioso como reclamo comercial). Tomás del Estal está perfecto en su doble papel de camarero y novio de la madre. El único comedido y normal de todos estos seres, ya que es el único ajeno a la familia. Itziar Miranda interpreta a la hermana, en un intenso registro contenido permanentemente a punto de implosionar. Lo contrario del inestable hermano de Alberto Amarilla, que es una explosión continua, y que a los diez años ya había hecho todo lo que tenía que hacer. Un chico que mantiene un conflicto permanente con la madre, una delirante Isabel Ordaz. Esta actriz, con su peculiarísima forma de hacer y sus tics adquiridos conforma un personaje extremo, una progenitora obsesiva y desestabilizadora. Y es curioso, porque si en momentos a lo largo de la obra puedes tener tus dudas sobre las actuaciones (lo excesivo de la apuesta hace que te plantees muchas cosas), finalmente acabas rendido. Ya que todo tiene su razón de ser y ese claustrofóbico mundo te va atrapando poco a poco. Y así lo que parecía una comedia surrealista acaba transformándose en algo muchísimo más profundo, potente y perturbador. Porque la historia de desgarro familiar se te mete dentro. Y este montaje sobre el dolor, el arrepentimiento y el consuelo consigue sumergir al espectador en su mundo de ensueño. Pero, como diría Calderón, toda la vida es sueño y los sueños (también los lúcidos y los amargos) sueños son.


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