Cantando bajo...

Teatro Valle-Inclán. Madrid

Volvemos a la sala Francisco Nieva del Valle-Inclán para volver a encontrarnos con una historia sobre la historia, con una historia de muerte y de muertes. Con una historia sobre la manipulación, aunque a una escala distinta. Esta es una historia de guerra, la Guerra Civil Española y, en un espacio escenográfico sencillo aunque eficaz, nos encontramos cara a cara con uno de sus agitadores y protagonistas: Millán Astray y Terreros, fundador obsesivo de la Legión Española y primer jefe militar de Franco en la campaña africana. Uno de los detonadores y sermoneadores didascálicos del estallido de la Guerra y un obnubilado de su propio discurso (no sólo) como director de la oficina de radio, prensa y propaganda de uno de los cuerpos militares en los que invirtió su vida. Ahora los fuegos fatuos lo escupen delirante frente al patio de butacas y asistimos a algunos “detalles” de esta guerra. 

Es 12 de octubre de 1936 y nos encontramos en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca junto al General Astray (un magnífico Adolfo Fernández), la ambientación musical y notas a piano (también) tragicómicas de Mariano Marín y los cuerpos de Miguel de Unamuno, Carmen Polo, el Obispo Pla, el Alcalde de Salamanca o el Gobernador Civil de la provincia en la forma de volumétricos escenográficos. Un episodio histórico del que Antonio Álamo se sirve para rescatar un mensaje todavía vigente hoy que, más de setenta años después, presenciamos arengas donde reposan el terror y la violencia como la pólvora en forma de palabras. Encarnando precisamente la repelencia de unas ideas poco fundamentadas y basadas en la básica reiteración galopante de gritos y cánticos por las que, desgraciadamente entre otras cosas, hoy se le recuerda, los ¡viva la muerte!, ¡muera la inteligencia! y los ¡a mí la legión! del general se suceden como consignas hipnopédicas en el tragicómico monólogo del actor. Será el histórico enfrentamiento con Unamuno el que le lleve a repasar, además de éste, otros acontecimientos históricos al hilo y a saltar del chotis al decadente batiburrillo de fanáticas canciones legionarias entre muecas, sorprendentes cambios de registro y pérdidas de miembros en sus hazañas bélicas. Vencer o convencer, he ahí la cuestión.

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