Ser o no ser

Teatro Fernán Gómez. Madrid

Estamos en el teatro. Con esta sencilla frase Alberto Castrillo, único pero nunca solitario protagonista del montaje (y ya entenderéis por qué) decide embriagarnos de su amor por la escena, por el público, por ese manido “ser o no ser”; algo que hará durante todo el veloz recorrido del montaje. Un nuevo “ser o no ser” escrito por Luca Franceschi, alumno del gran Marcel Marceau, que nada tiene que ver con el resto de muestras que titulan de este modo sus propuestas escénicas.

El Ser o no ser de Gato Negro, compañía que naciera en el seno de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid a finales de esa era en la que los años comenzaban por mil novecientos no sé qué, sólo utiliza el texto shakesperiano como telón de fondo, como empujoncito para saltar al vacío de la eterna reflexión del misterio del teatro, de esa dualidad actor-personaje que podemos trasladar, claro está, a nuestras más reales incógnitas humanas. Ser puro, real y auténtico o sencillamente no serlo y pasar de líos.

No es la primera vez que esta gente de El Gato Negro nos enamora con su talento y su impagable y prácticamente extinguida pasión por el escenario, de la que tan poco se escucha hablar hoy en las cafeterías y centros de ocio de la ciudad: Un tal Pedro, Gris Mate o Ildebrando Biribó, el último Cyrano fueron ya grandes muestras de lo que este grupo de actores y dramaturgos serían capaces de hacer, más allá, del número de gente que fuera a ir a verles o a llenar las pequeñas salas en las que acostumbran a meternos a sus fans. En el caso de Ser o no ser nos encontramos con un montaje amable, sencillo y brillante, que mantiene un ritmo frenético desde el primer momento, justo ese en el que (y no es metafórico) nos secuestran en el Teatro Fernán Gómez, y hasta la más aterradora pesadilla se hace entonces realidad y, sorprendentemente, acaba siendo un ejercicio digno de agradecer.

El impecable trabajo de Alberto Castrillo, siempre tenaz cabalgando entre dos potentes personajes, diferentes y enfrentados, que luchan minuto a minuto por quedarse con el peso del montaje, caza a la perfección y eleva un montaje en el que todo está en su sitio: desde el contexto al co-texto. Destroza el reloj, rompe los tiempos de la escena y plantea al público el sueño imposible de todo amante del teatro, “el show eterno”, como desean los niños perpetuar el juego para el jamás de los jamases. Y es que librarnos de ser quienes somos, al menos durante los brillantes y luminosos 77 minutos de la obra, siempre es un desahogo y un placer.

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