La familia de Pascual...

Teatro Fernán Gómez. Madrid

Pascual Duarte es una historia sobre la España Negra, esa España profunda de violencia, soterrada o expresa, venganzas, rencillas y familias asfixiantes. Pascual Duarte es, en esencia, un hombre bueno. Pero que a causa de ese tan manido concepto del condicionamiento y de la influencia del entorno acaba convertido en un asesino. Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Es el célebre comienzo de la primera novela de Camilo José Cela. Ahora Tomás Gayo como adaptador y productor y Gerardo Malla como director llevan por vez primera a las tablas la obra del Nobel, que después de pasar por varias ciudades españolas llega al Teatro Fernán Gómez de Madrid. Una empresa, todo hay que decirlo, harto complicada. Múltiples penurias suceden a lo largo de la historia: muerte del violento padre al contraer la rabia, fallecimiento de su hermano aún siendo un bebé ahogado en una tinaja de aceite, tormentosa relación de su hermana con un canalla, odio a su madre… Todo hace de Pascual un ser violento e inestable que se ve abocado al derramamiento de sangre continuo y en contra su voluntad. Una sangre, que, como le dice su mujer, parece como el abono de tu vida. Pero lo grande esta historia es que llegamos a comprender a Pascual, y Pascual se erige en víctima antes que en verdugo: me soltaron; me abrieron las puertas; me dejaron indefenso ante todo lo malo

La familia de Pascual Duarte es una novela difícil de adaptar. Primero por su estructura, al ser un monólogo plasmado en unas memorias, que por otra parte utilizan un lenguaje que no coincidiría con el del propio personaje en la realidad. Y después porque puede llegar a ser complicada la aridez y violencia de la historia para plasmarla sobre un escenario. En cuanto a este punto, hay que decir que en la función falta algo de tensión contenida y hay momentos de violencia explícita que no llegan a resultar del todo convincentes. Hay que alabar, eso sí, la valentía de la propuesta, ya que sólo antes se había adaptado a otro medio no novelístico con anterioridad en la magnífica película de Ricardo Franco por la que José Luis Gómez se llevó el premio de interpretación de Cannes. Allí la narración se beneficiaba del uso de los desolados paisajes. Pero aquí todo sucede en un mismo espacio desnudo a excepción de una cama y algo más de mobiliario con el fondo de una pared de adobe con una ventana.

La apuesta teatral opta por mantener el monólogo, con inclusiones tipo flashback de los diferentes episodios en la vida del protagonista. La integración de ambos elementos es acertada y es bastante respetuosa con respecto a la literalidad del texto. Pero las intenciones a la hora de la dirección de actores no se corresponden, a mi parecer, con ese mensaje que transmite el texto de Cela. Miguel Hermoso, al que hace poco pudimos ver realizando una gran labor en varias de las funciones de La avería de Blanca Portillo, realiza un arduo y exigente trabajo aquí, ya que gran parte del peso de la función recae sobre él. Posee un declamación digna de alabanza, y no lo hace mal en absoluto dentro del registro en el que se le ha situado. Es un enfoque. Pero tal vez no el más apropiado. Y es que Pascual Duarte debería ser un personaje más inestable. Más frágil (a la vez que violento). Más seco. Tal vez más contradictorio. Pero no es así la interpretación de Hermoso. Y esto hace que el personaje cambie, y por ende que cambie la historia. Junto a otro elemento que influye en ello, que es el intento de humanización de la madre de Pascual (interpretada por una, por otra parte, imponente a nivel de presencia escénica Lola Casamayor). Una mujer extremadamente fría y prácticamente insensible en la novela, que aquí se queda un poco a medio gas ya que sigue manteniendo estos rasgos pero con un par de momentos (sutiles, pero que existen) que la humanizan. Algo contraproducente ya que muchos de los comportamientos de Pascual se explican gracias a la existencia de esta madre terrorífica y sin fisuras. Y no es que esté yo a favor de los personajes unidimensionales y maniqueos, todo lo contrario. Pero si se suaviza este personaje, se pierde sentido. Asimismo el cura (interpretado por el mismo Tomás Gayo), no llega a encajar del todo, con momentos que no se tiene muy claro si quieren ser cómicos o simplemente caricaturescos. Por otra parte nos encontramos con otros personajes y actuaciones más redondos, como una Ángeles Martín que va ganando puntos a lo largo de la obra, en el papel de la hermana del protagonista, o una Ana Otero, que interpreta a Lola, la mujer del protagonista, que transmite una humanidad y dulzura que hace que sus momentos con Pascual funcionen a la perfección y se erijan en lo mejor de toda la función. Asimismo el espectáculo logra dejar un buen sabor de boca con una escena final bastante potente que sustituye la más tradicionalista puesta en escena anterior por un momento expresionista que ayuda sobremanera a dotar de mayor fuerza a lo que sucede en escena. 

Hay que reconocer que este Pascual Duarte es un positivo acercamiento a esta obra para las nuevas generaciones, que pueden tener oportunidad de ver la representación, además de estudiar y leer la novela. No deja de ser fuerte impresión la lectura de lo escrito por el hombre que quizás a la mayoría se les figure una hiena (como a mí se me figuró también cuando fui llamado a su celda), aunque al llegar al fondo de su alma se pudiese conocer que no otra cosa que un manso cordero, acorralado y asustado por la vida, pasara de ser. Todo intento de acercamiento a esta obra es positivo. Y además parece que esta temporada los institutos van a tener más excursiones de las normales al teatro (no olvidemos la coincidencia con esas Luces de bohemia dirigida por Lluís Homar). Algo que siempre es buena noticia.

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