Grooming

Teatro de La Abadía. Madrid

Esto no es un pipa. ¿Se acuerdan de la obra de Magritte? ¿Recuerdan también –espero- y con el mismo título ese ensayo breve que le sirvió de homenaje a Foucault para el belga? Pues bien, al igual que el surrealista desmontó alguno de los principios básicos del arte en ese interrogante a la cultura visual y a representante y representado en un plano aberrante para la lectura occidental; el francés también quiso jugar –a su manera- a las semejanzas y ampliar Las palabras y las cosas y a esa multiplicidad de interrogantes y vacíos que uno se encuentra entre el nombrar y el mostrar, el figurar y el decir o el imitar y el significar. ¿Tiene esto algo que ver con el montaje que ha estrenado el Teatro de La Abadía en Madrid? Sí, algo tiene. Aunque podía tener más.

Esto es un parque. Eso es lo que leemos en el encerado de un recodo de uno de los laterales escénicos de la sala José Luis Alonso significativamente (también como quiera leerse) desnuda. Algo significa, o mejor, algo señala que significa. Aceptemos, sí, pues las apariencias engañan. El césped artificial cubre la solería y son una papelera, un columpio que viene de tramoya, una farola, un banco, una escalera que sube, entre algún detrito que otro, los elementos que ahí están siendo, al menos, lo que parecen. Lo que parece también que vemos es a una joven, una niña, acurrucada en un banco cuando un salaryman vestido de gris y con cabeza de conejo husmea y hace amago de echársele encima. Notamos cierta lascivia. Este delirio, pues no sólo parece soñado (y es que hay más de un guiño a la Alicia de Carroll), precede la diégesis para el que quiera creérsela. El que no, ya sabe, siempre nos quedará la ficción de la realidad. Y París, también he oído.

No nos cabe duda de que vivimos en un mundo enfermo que se recrea por minutos en serlo más. Nosotros somos su substancia purulenta y de eso tampoco nos cabe ninguna. En este paraíso perverso cada día más invertido e intervenido por el espejo de lo vicario, desde Castells y hasta todo Frankfurt pasando por un poquito de Palo Alto, lo mínimo que puede tener uno es una psicopatía. También (y mucho ojo) hay quien las colecciona. De esto y de sus desviaciones hacia el terreno de lo sexual (en realidad nunca, de antiguo, dejó de ser trend topic, aunque no se twittease entonces), además de subrayar esa crueldad de la soledad que, efectivamente, nos asola; Paco Bezerra retrata un paradójico y alegórico caso donde lo atroz se proyecta y se encadena propiciando una fenomenal e incesante parada de los monstruos. Y su avieso despliegue (en este caso orquestado por José Luis Gómez). A todo esto una joven (Nausicaa Bonnín) se ha dado cita con un adulto (Antonio de la Torre) después de charlar con él por el Messenger. Detrás del Grooming, y que viva el paletismo anglofílico (también el de arriba), se encuentra ese bicho -el figurado y el otro- que es cebo, a su vez, de uno más grande. ¿Se acuerdan, ahora, de los pre-socráticos? No lo olvide, siempre hay uno más moderno que usted. Y otro que está más tarado. Esto (no) es un parque. Ni esto una reseña (aunque lo parece).

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