La última cinta de...

La Puerta Estrecha. Madrid

Nos hundimos en la nada de su propio silencio. Transitamos esos espacios cargados de otro pasado y somos la única vibración hasta su encuentro. En el fondo, enfrentados desde una grada al foco de la evocación, nos convertimos en la compañía de la oscuridad que rodea a Krapp en tinieblas de tiempo, polvo y grabaciones que escarban en la naturaleza confusa, incómoda, cambiante y plural de su prismático y agriado yo. Un ámbito preferido siempre por Samuel Beckett que, en la angustia inexorable de la existencia de sus personajes, en el trance de su soledad, recrea siempre el vacío y la nada como elementos nucleares de su obra -no sólo- teatral. También protagonistas de La última cinta de Krapp. Beckett es, además, habitual de lo sombrío, la austeridad, lo sórdido y el humor negro amigo del nihilismo y cierta crueldad, inclinación con la que simpatiza La Puerta Estrecha como espacio para la inmersión catártica en una nueva experiencia teatral. Una vez más. Montaje a montaje. Más allá de la obra, desnudando lo matérico y desmontando las palabras para hacer emerger su esencia fantasmática. Y su gravedad. En bucles casi cíclicos, fomentando ese ahogo minimalista que, por otro lado, es también sugerencia poemática de la experimentación del autor irlandés. Y constante embriagadora de este último capricho de Rodolfo Cortizo, quien realiza también una hazaña beckettiana al ser director y actor de este monólogo que tensa presente y pasado, regocijo, irritación y desesperación. En el mismo apartado. En él mismo, apartado.

Naciendo con la luz como acto pictórico, pues en La Puerta Estrecha se practica cierto tenebrismo, y haciendo aparecer la escena como suelen en esos encendidos y apagados de desvelar lento, localizamos a Krapp abstraído y sentado frente su escritorio. Sus harapos son la prolongación de su moral y su fosca existencia. La evidencia de su decrepitud e indigencia esencial y los andrajos que recubren sus paseos aquí y allá, mascando plátano, farfullando recuerdos, negociándose a sí mismo en la oscuridad. Junto a él el polvo que, como la luz, esas cajas metálicas, el diccionario o el silencio hábilmente gestionado y sostenido, son también puro teatro. Krapp convive consigo mismo enfrascado en pensamientos y en confusos recuerdos que le remuerden. Hay algo en el pasado que le asalta, le culpa. Y el ejercicio por querer hallarlo, que es la vez introspectivo y retrospectivo, le conduce a escuchar una cinta magnetofónica que recuerda en la caja tres y en la bobina número cinco. Detalles grabados, como otros que le persiguen y le asedian, a fuego. Escuchándose a sí mismo en estas grabaciones duda de un amor extinguido, de su ser, y se complace y se repugna en la confusión de su propio laberinto de identidades, delirios, palabras y tiempos (que tan a menudo consulta); por lo que se obstina en volver a grabarse. Antes de apagarse, insatisfecho una vez más, y mullirse en la sordera de la resignación de su silencio.

Bookmark and Share

¿lo has visto?
escribe aquí tu opinión


código de seguridad
(introduce el código que aparece a la izquierda):
nombre (obligatorio):
e-mail (obligatorio, no aparecerá publicado):
comentario:
galería de fotos
El vacío del espacio escénico
Durante la representación
Durante la representación
+ info

Nombre del montaje: La última cinta de Krapp

Disciplina: Teatro contemporáneo

Director: Rodolfo Cortijo

Autor: Samuel Beckett

Adaptación: Rodolfo Cortijo

Reparto: Rodolfo Cortijo

Compañía: La Pajarita de Papel
Escenografía, vestuario y atrezzo: Taller Las Manos
Iluminación y sonido: La Puerta Estrecha

Dónde: La Puerta Estrecha

Dirección: Amparo, 94

Hasta: 01.04

Horario: De jueves a domingo a las 21h.

Precio: 15€. Jueves día de paga lo que puedas

nuestros proyectos


notodo.com es un proyecto de