Bond... James Bond recibe al público, también a los cadáveres que le acompañan en escena. Su padre, su madre, su tío, su novia, algunos de sus amigos y de sus enemigos en vida. Vodka con Martini en una mano, mezclado pero no agitado. Yo fui Hamlet, nos dice. Y de repente pasa a mostrarnos su álbum familiar de catástrofes. Así comienza Máquina Hamlet (Die Hamletmaschine), el montaje que Marco Magoa dirige e interpreta sobre el brillantísimo texto del alemán Heiner Müller (1929-1995). Una vez más, esta obra fundamental de la literatura dramática contemporánea, vuelve sobre un escenario para hablarnos del problema de la identidad del individuo contemporáneo, de la violencia, la necesidad de las rebeliones y hasta de la globalización.
Un actor que reniega de su personaje –Yo no fui Hamlet, Yo no soy Hamlet- en un ejercicio de metateatralidad es el que nos cuenta off the record la conocida tragedia de Shakespeare. Si existe un proceso deconstructivo en el teatro contemporáneo, ése es el que sufre Hamlet en su versión moderna. Paradigma dramatúrgico. Marco Magoa, a su vez, unifica el texto en un solo personaje, potenciando más si cabe la figura de Hamlet, travistiéndose para hacer además de Ofelia, el asesino, de Polonio... A modo de lectura dramatizada también introduce las poéticas y crueles acotaciones de Müller. Una aproximación al Islam, con varios versos recitados y hasta cantados en árabe, tratan de justificar esta tragedia moderna en los tiempos actuales. Los días sin mañana del capitalismo siguen vigentes: entonces frente a un enemigo declarado, el comunismo; pero hoy en día contra cualquier otro, por ejemplo, el mundo árabe. Pero el hombre actual, de nuestro “primer” mundo, no desea más que abstraerse y mirar a otro lado, como Hamlet: Mis pensamientos son llagas. Mi cerebro es una cicatriz. Quiero ser una Máquina. Ningún dolor, ningún pensamiento. Habrá que sonrojarse, porque tal vez todos encontremos en nosotros parte de este tullido Hamlet... Máquina Hamlet.
