11 junio, 2018. Por

Esa visible oscuridad

La reflexión de William Styron sobre la depresión y la ausencia de fe en el rescate
Esa visible oscuridad

Decía Albert Camus no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y es el suicidio. Los que se han asomado a las peligrosas fauces de la depresión lo saben. Es el caso de William Styron, el autor de este discurso pronunciado en un congreso psiquiátrico que acabaría por convertirse, con el paso de los años, en una de las más profundas autoincursiones realizadas en el interior de una mente devastada por esta enfermedad. El escritor estadounidense describe el punzante proceso depresivo que le arrastró a, incluso, redactar su propia nota de suicidio. Aunque arrastraba síntomas que no había querido ver desde hacía tiempo, la revelación de que la nube negra se iba a cebar con él le llegaría en el otoño de 1985, en París, cuando contemplo la fachada de un hotel en el que había pernoctado en 1952. Lo paradójico estaba en que Styron había acudido a recoger un preciado galardón en la capital francesa.

La popularidad y el éxito, lejos de proporcionarle satisfacciones y felicidad, solo se había convertido en un escudo con el que Styron se protegía de daños profundos. Lo sabremos, todo esto, poco a poco, a medida que el autor vaya desgranando sus reflexiones una vez derrotada la enfermedad. Porque el punto fuerte de Esa visible oscuridad. Memoria de la locura, lo que de verdad le permite exponer con lucidez esta penosa demencia, es que Styron salió casi ileso del internamiento psiquiátrico que le curó y le salvó la vida. En el tácito acuerdo que todo autor establece con el lector, ese pacto por el cuál el primero se desnuda a los ojos del segundo y éste debe confiar en quien escribe, Styron asume que el alcohol tuvo mucho que ver en su enfermedad. Bebedor durante décadas, llegó un día en el que el solo olor del whisky le provocaba gran malestar. Como un amigo traicionero, tras años y años de acompañamiento, su mejor aliado le dio la espalda y todo en él se resquebrajó.

Styron explica cómo la depresión, a diferencia de otras enfermedades, se potencia en el paciente por el aislamiento que provoca no saber cómo expresar por lo que está pasando”

Styron explica cómo la depresión, a diferencia de otras enfermedades, se potencia en el paciente por el aislamiento que provoca no saber cómo expresar por lo que está pasando. Las palabras de ánimo de los demás no solo caen en saco roto, sino que fortalecen el sentimiento de distancia con el prójimo, incluso con los más allegados. El deprimido llega a demandar atención constante y sin la menor grieta a sus personas más queridas, hasta el punto de que el más mínimo descanso es interpretado como una desatención. La fe en el rescate, para colmo, que sirve de aliento ante otras enfermedades, no existe. Se aprende a vivir con el dolor porque se sabe que cesará, ya sea gracias a los medicamentos o el sencillo paso del tiempo. Pero el depresivo no tiene ese salvavidas; saber de antemano que no hay remedio, o que sí lo hay pero no se sabe si llegará algún día, dispara el sufrimiento.

Imagen de William Styron leyendo junto a su hija

El escritor estadounidense advierte a los que siguen poniendo en el mismo saco a la depresión y la creatividad, o al sufrimiento y la inspiración literaria. Para él la depresión supuso una devastación incomparable a nivel personal, social, sexual y, por supuesto, también literario. Confiesa, incluso, que hasta las notas de suicidio que bosquejaba le daban vergüenza por su ampulosidad y desacierto. Reconoce el elevado número de artistas que terminaron por suicidarse, víctimas de estados depresivos, como Vincent Van Gogh, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Jack London, Mark Rothko o Ernst Hemingway. Y se pregunta por su infancia, en la que echan raíces las semillas de esta funesta enfermedad. La de Styron estuvo marcada por el fallecimiento de su madre.

El autor de Las confesiones de Nat Turner (1967) y La decisión de Sophie (1979), llevada al cine en 1982 por Alan J. Pakula, recomienda, por su experiencia personal, ponerse en manos de un buen médico, aunque sea el más antipático, y despojar el sufrimiento de la enfermedad de cualquier aliento épico o comparable a una lucha personal contra la dolencia. Styron se enfrentó durante años a una obsoleta, en algunos casos remota, bibliografía sobre la antiguamente llamada ‘melancolía’. La depresión, en los años 80 del siglo XX, aún acarreaba cierto estigma social, por no hablar de la señal que dejaba el internamiento en un centro especializado. Los antidepresivos tenían aún un largo camino por recorrer hasta la efectividad de nuestros días, y en muchas ocasiones los médicos los recetaban de manera errónea o su efecto estaba acompañado de devastadores efectos secundarios.

“El escritor estadounidense advierte a los que siguen poniendo en el mismo saco a la depresión y la creatividad, o al sufrimiento y la inspiración literaria. Para él la depresión supuso una devastación incomparable a nivel personal, social, sexual y, por supuesto, también literario. Confiesa, incluso, que hasta las notas de suicidio que bosquejaba le daban vergüenza por su ampulosidad y desacierto”

Esa visible oscuridad. Memoria de la locura es una honda incursión en el mundo de la enfermedad mental y al mismo tiempo, sin la menor floritura, un valioso y valiente texto para entender la búsqueda de Styron en su propia biografía. La confianza en el poder curativo de la medicina fue clave. No hay asomo de lirismo ni una clarividencia que tenga su origen en la enfermedad. Styron no es John Cheever ni este libro los diarios del gran cuentista. Tenemos la suerte de que sobreviviera a un final al que parecía abocado sin remedio, y que convirtiera sus reflexiones en un libro aconsejable para cualquiera que quiera saber más sobre una enfermedad que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en España afecta a 2,4 millones de personas y en el mundo entero eleva esa cifra hasta los 350 millones.

Portada del libro, recientemente editado por Capitán Swing

Esa visible oscuridad