20 septiembre, 2017. Por

Ensayo

Una crónica del desencanto para toda una generación de soñadores
Ensayo

“La palabra es la savia. Y cuando brota y cristaliza ante nuestros ojos, eso tiene un nombre: el sentido…”

Eso dice Israel (Elejalde) en Ensayo. La brutalidad de espectáculo-reflexión de Pascal Rambert, cuyas palabras acaban de cristalizar sobre las tablas del Pavón Kamikaze. Rambert, que ya dejara bocas abiertas con La clausura del amor, esa crónica de una ruptura protagonizada por Bárbara Lennie y el propio Elejalde, vuelve al Kamikaze con el mismo protagonista y otras tres bestias pardas: Fernanda Orazi, María Morales y Jesús Noguero.

“El sentido es ese momento de cristalización en que la palabra toma forma y solidifica sus imágenes ante nosotros…”

Rambert otorga a la palabra un poder destructivo (absolutamente demoledor) pero también la hace brillante y viva, recuperando un poder en ocasiones escondido o arrebatado. Ensayo es un espectáculo extremo, doloroso, pero bellísimo y fascinante. Cuatro amigos, dos parejas, que decidieron crear su propia “estructura” creativa y vital, ven cómo su mundo se desmorona.

Crónica del desencanto de toda una generación de soñadores, Ensayo estampa contra la claridad del escenario los anhelos y planes que una vez construyeron en comunidad. Partiendo desde la sencillez de la puesta en escena (una sala diáfana) y con sólo un momento que rompe con el conjunto, como ya pasara en su espectáculo anterior (en este caso un interludio musical maravilloso con el clásico Si de amor ya no se muere de Gianni Bella) Rambert deja todo el protagonismo al poder de la palabra y el ciclón interpretativo.

“La palabra como manantial petrificante que al brotar saca a la luz sus formas interiores…”


Rambert
extiende ante nosotros una auténtica reflexión, honda y poética, sobre el poder de la palabra y vuelve a utilizar la peculiar estructura de La clausura para este Ensayo. No hay diálogos sino cuatro extensos monólogos, uno para cada personaje. Mientras uno habla, los demás escuchan, quietos y en silencio. Una estructura arriesgada, si no fuera porque los monólogos son auténticas joyas, un entreverado de filosofía y sugerente poesía, y los intérpretes cuatro monstruos que arrasan el escenario con una intensidad muy difícil de describir (si no eres un superdotado como Rambert, claro).

“Y no es un vacío, sino el interior arborescente y rico que de pronto se vuelve visible y concreto, como concreciones pero brillantes y vivas…”

Fernanda Orazi abre el fuego con un monólogo lleno de rabia como esa actriz que vislumbra una mirada, un instante de complicidad reveladora entre su pareja (escritor) y la otra actriz de la función. Orazi brilla desesperadamente en su monólogo, pero luce llena de dolor y lágrima continua en la hora y media que se mantiene en silencio. Su escucha es toda una lección de interpretación en sí.

María Morales toma el relevo de Orazi, con esa maravillosa actriz decidida, llena de sensualidad, carnal y luminosa. Espléndida, vital, deliciosa, Morales pone los pelos de punta con lo que dice (“el lenguaje es lo que el otro imagina sobre lo que nosotros decimos, por eso no nos entendemos”) y cómo lo dice (ese discurso sobre la mano, elegida del pensamiento para manifestarse, hipnotiza).

Jesús Noguero por su parte interpreta al dramaturgo. El más pasivo de los cuatro, receptor de amores, creador de palabras que reflexiona sobre la nada que quedará para los jóvenes después del fracaso de su estructura, de su generación. Noguero regala otra interpretación espléndida, con instantes para el recuerdo (cuando narra la admiración por su compañero y por qué decidió ponerse a escribir es otro momento álgido).

Y por último Israel Elejalde, que interpreta al director y pareja de María. Otra bestia de la interpretación que agarra las palabras, las traga y las escupe con una verdad y un dolor que parece que se ha arrancado las entrañas. Demoledor, Elejalde cierra el espectáculo increpando a los jóvenes para que se levanten y reaccionen, gritándose a sí mismo, intentando levantarnos a todos. Un cierre de órdago, incómodo y poderosísimo, para un espectáculo imprescindible.

Ensayo es, sin duda, una de las grandes funciones de la temporada. Una auténtica exageración, por la calidad de su discurso y por la intensidad de la interpretación. Y te deja hecho polvo. Mas polvo enamorado, que diría Quevedo. Porque a pesar de su profundo pesimismo, Ensayo tiene esas reflexiones radiantes, llenas de sentido y belleza, dejando al descubierto “Un coral blanco muy luminoso.” Porque, al fin y al cabo, no hay que olvidar que, como dicen en la función, “El interior del hombre es un coral blanco y luminoso.”

Ensayo