23 noviembre, 2017. Por

En realidad, nunca estuviste aquí

¿Genial ejercicio de dirección o inconexa concatenación de pretensiones?
En realidad, nunca estuviste aquí

A punto se quedó de ganar Cannes este año Lynne Ramsay, pero su En realidad, nunca estuviste aquí “solamente” se llevó dos premios: el de mejor actor para Joaquin Phoenix y el de mejor guión para ella misma. La esperada película llega esta semana a nuestras pantallas, y no parece nada fácil hablar sobre ella. Porque estamos, de nuevo, ante una cinta destinada a polarizar a los espectadores, siendo una especie de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) exagerada e hiperviolenta. Una cosa es segura: En realidad, nunca estuviste aquí no es una película para los débiles de corazón.

La trama es bien simple: Phoenix interpreta a Joe, un antiguo marine que acumula más traumas que la consulta de cualquier psicólogo de Buenos Aires. Vive con su madre, llena sus ratos libres practicando diversas formas de autoasfixia y se gana la vida rastreando y rescatando a menores secuestrados por proxenetas y dándoles su merecido a estos últimos con un martillo. Con semejante panorama no es sorprendente que alguno de los cables pelados de Joe haga cortocircuito algún día, convirtiendo su existencia en una orgía de sangre, mafiosos y cadáveres.

Esta premisa es terreno abonado para que Lynne Ramsay implemente un ejercicio de dirección imprescindible. El desmedidamente inflado cuerpo de Phoenix se coloca en el centro de una trama de violencia, silencios y angustias. Una especie de apisonadora cuyo periplo por los rincones más vergonzantes de la existencia humana es presentado con un lenguaje original, desgarrador e inteligente. La pregunta es si En realidad, nunca estuviste aquí es capaz de ser algo más.

“Phoenix es una especie de apisonadora cuyo periplo por los rincones más vergonzantes de la existencia humana es presentado con un lenguaje original, desgarrador e inteligente.”

Ramsay es una de las directoras más prestigiosas del circuito independiente y su cine se caracteriza por un áspero realismo en el que la imagen prima sobre todo lo demás. Dicho estilo se lleva al extremo en En realidad, nunca estuviste aquí, dando lugar a escenas incuestionablemente memorables. El audaz montaje del “paseo” que Joe y su martillo se pegan por un prostíbulo a través de las cámaras de seguridad instaladas en los pasillos; la increíble sensación de ingravidez que consigue al utilizar uno de esos techos espejados que se instalan en las habitaciones de ciertos hoteles como marco en el que se desarrolla una escena de una violencia atroz; o el asfixiante y poético peso del agua cuando un cadáver es arrojado a ésta. Son todos ejemplos de la maestría con la que Ramsay hace algo más que solamente dirigir la película.

Pero llama la atención que, a pesar estar plagada de unos momentos tan impactantes, de hacer un uso tan inteligente y bien medido de la violencia (no, en ningún momento vemos lo que pasa con estos niños secuestrados más allá de la mirada perdida de Nina) y de la brutalidad de la interpretación de Joaquin Phoenix; En realidad, nunca estuviste aquí puede ser una película francamente poco disfrutable.

“Los giros son tan previsibles, Joe está tan exageradamente dañado y los objetivos de los (pocos) personajes están tan vacíos, que es imposible no encontrar ridículos algunos momentos de la película.”

Parte del problema es que la argamasa que trata de aglutinar todos los elementos antes mencionados es lábil. No solo porque la historia carezca de toda originalidad. Sino porque los giros de ésta son tan previsibles, porque Joe está tan exageradamente dañado y los objetivos de los (pocos) personajes están tan vacíos, que es imposible no encontrar ridículos algunos momentos de la película. Vacuas demostraciones de fuerza interpretativa por parte de Phoenix en las que la narración se estanca de manera irremediable. Es en estos momentos en los que uno no sabe si En realidad, nunca estuviste aquí no es más que un inflado juego de pretensiones. Y luego, claro está, hay que pagar el peaje de una violencia tan cruda que, sencillamente, no puede ser plato de gusto para casi nadie.

Al final nos encontramos con una película de incuestionable calidad, pero que se empeña en relacionarse con el espectador solamente a base de bofetadas. Es inevitable que, aunque sus muchos logros meramente cinematográficos sean loables y dignos de ser contemplados; el conjunto constituya una hora y media tensa y angustiosa para el espectador. Van ustedes avisados: la película es tremenda. Pero el riesgo de que no disfruten de su visionado es elevadísimo.

En realidad, nunca estuviste aquí