16 abril, 2018. Por

En la fundación

Como si Buero Vallejo fuera guionista de un capítulo de ‘Black Mirror’
En la fundación

La fundación, de Antonio Buero Vallejo, tiene aroma a capítulo de Black Mirror. No hay que ser demasiado avispado para establecer los paralelismos. Ese deje de ciencia ficción del clásico, su componente claramente político y crítico. Ese pesimismo que, si bien teñido de cierta esperanza, pesa como una losa. Y que hace que uno, viendo la función, piense que si Charlie Brooker fuese castellano manchego tendría a Buero Vallejo en los altares.

La Joven Compañía ha reconocido, sabiamente, este potencial para las nuevas generaciones y ha puesto en pie En la fundación, en versión de Irma Correa y dirección de José Luis Arellano. Buenas noticias, por fin, para los adeptos de Buero Vallejo y para todos los aficionados al teatro en general con esta representación y con la de El concierto de San Ovidio en el CDN a manos de Mario Gas. Arellano dice que el alcarreño es nuestro Arthur Miller. Y nosotros estamos completamente de acuerdo.

Porque En la fundación resulta un espectáculo redondo, con un textazo impecable, perfecto en su dosificación de la información. Modélico, sencillamente, el texto de Buero Vallejo tanto en forma como en fondo (la comprometida ideología del autor le llevó a ser encarcelado, punto inspirador de este texto que nos ocupa). Un mecanismo de precisión, que nos ubica en una sala con ventanas de bellas vistas, todo aparentemente normal y agradable, en la que se encuentran cinco personajes que parecen trabajar para esta fundación. Pero poco a poco el espectador se irá dando cuenta de que las cosas no son como parecen, enfrentándose a un durísimo alegato con envoltorio de thriller distópico en contra de la pena de muerte.

La joven compañía vuelve a demostrar (pese a la juventud de sus componentes) su saber hacer. Óscar Albert, Álvaro Caboalles, Jota Haya, Pascual Laborda, Nono Mateos, Juan Carlos Pertusa, Mateo Rubistein y María Valero realizan una espléndida labor, con una energía más contenida, más adulta, que en anteriores montajes de la compañía, logrando mantener de manera ejemplar la tensión durante toda la función. Y si todos están perfectos, no se puede dejar de destacar a Víctor de la Fuente, que regala una interpretación intachable como el alucinado protagonista. Este chico va a dar mucho que hablar.

Por su parte, Arellano consigue dotar de un ritmo perfecto a la ya perfecta composición de Buero Vallejo, con un estética fría y potente (muy interesantes escenografía, diseño de iluminación y de sonido) regalando un muy vigoroso y compacto montaje. Que, en la función a la que asistimos, consiguió mantener anclados a las butacas a una horda importante de adolescentes. Lo que tiene muchísimo (pero que mucho) mérito. Y vuelve a demostrar que el teatro (y nuestros autores) enganchan como el mejor capítulo de Black Mirror.

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