19 enero, 2017. Por

Ray Loriga

En defensa del icono de la Generación X española
Ray Loriga

Ray Loriga es aquel chico que salía en los años 90 en la portada de sus libros. Tatuado, con un anillo con forma de calavera y un vaso de whisky en la mano. Poco tiempo después, Ray Loriga será ese chico tímido que se pone nervioso cuando, en la Feria del Libro de Madrid, alguien se acerca pidiéndole que le firme una edición barata de Héroes. En plenos noventa y también en los años 2000 será, indeseadamente, ese cabeza de cartel de aquello que se llamó Generación X española.

El coguionista de Carne trémula. El  escritor al que, en 20 años, nadie ha visto quitarse las gafas de sol en una entrevista. De ahí hasta 2006, cuando se pone detrás de la cámara de cine para grabar una cinta sobre nada menos que Santa Teresa de Jesús. Ray Loriga es quien, en 2011, reconoce sin pudor que escribe El bebedor de lágrimas, una historia de vampiros para adolescentes, porque necesita dinero. Sí, sí, de vampiros.

Bastaría este recuento en ráfaga de sus andanzas, que apenas alcanza a la mitad de sus peripecias literarias y cinematográficas, para definir al ilustre enfant terrible que Loriga sería en cualquier otro país de nuestro entorno. Pero en España Loriga no cae bien. Nadie perdona el éxito, sobre todo a alguien joven. Sobre todo a alguien joven que no se quita las gafas en las entrevistas. Y eso que quizá sea el autor sobre el que mayor número de etiquetas viciadas se han volcado en las dos últimas décadas.

Durante muchos años sus seguidores aseguraban que Loriga publicaba y era respetado en Japón. O en Alemania, donde debía de coincidir, casi en los mismos estantes de las mismas librerías y tiendas de discos, con el Avalancha de Héroes del Silencio. Antes de que a Penélope Cruz le adhirieran la etiqueta, puede que ellos fueran “nuestros artistas más internacionales”.

 

Te vamos a dar cinco razones para que vuelvas a preguntarte dónde está hoy Loriga y por qué debería preocuparte en qué está metido:

1.Porque es uno de los escritores españoles mejor leídos
De él se dijo tantas veces que era heredero de Jack Kerouac, Kurt Cobain y Breat Easton Ellis, o por qué no, de los tres a la vez, que eso se convirtió en otro de los famosos trajes que le han acompañado durante años. Y maldita la falta que le ha hecho nunca. Porque Loriga, a quien lee, es a Herman Melville, a Samuel Beckett, a Jonathan Swift. A Kurt Vonnegut, a Joseph Conrad y a Juan Rulfo. Y, seguramente, también a Harper Lee.

2. Porque es autor de la última película de culto del cine español, La pistola de mi hermano
Los años le han dado ese estatus. Loriga hizo una personalísima interpretación de su propia novela, Caídos del cielo (1995). Por ella asoman Karra Elejalde, Viggo Mortensen y Anna Galiena. En ella palpitan Los 400 golpes (1959), Malas tierras (1973) o Asesinos natos (1994). La pistola de mi hermano (1997) fue un rara avis imposible de repetir, en el camino más largo por el que se llega hasta Barrio (1998) o A cambio de nada (2015).

3. Porque está ultimando una cinta de ¿ciencia-ficción?
Cuando se vacían las playas, de Eduardo Iglesias, es el texto que sirve de base para Llenos de arena, la película en la que trabaja en este momento. Y atención, porque la acción de la novela se sitúa en 2036, en una ciudad fortificada y protegida por un fuerte estado policial. El protagonista se llama J. Solo y hay quien ha escuchado, en la trama, ecos de las distopías de J. G. Ballard. Loriga ya tocó el género con Tokio ya no nos quiere, pero en el cine sería su primer acercamiento a él. Tras La pistola de mi hermano (1997), repitió 10 años después con Teresa, el cuerpo de Cristo (2007). Como guionista ha colaborado con Daniel Calparsoro, Pedro Almodóvar y Carlos Saura, con el que escribió a cuatro manos el guión de El Séptimo Día (2004)

4. Porque los libros de Ray Loriga suenan
Y vaya cómo lo hacen. Suenan a Sonic Youth, David Bowie, Bob Dylan, Iggy Pop, Lou Reed, Teenage Fanclub… hay pocos escritores españoles para los que la música sea tan importante en sus novelas. En las suyas, una sola canción le pueda cambiar la vida a un personaje. O Lou Reed puede aparecer en los sueños del protagonista para, en vez de ofrecerle consejos, rogarle que, simplemente, le deje en paz. Es posible que Loriga se pusiera, como Manuel Vilas, a escribir porque era más sencillo que formar una banda de rock. Sin llegar a escuchar sus habilidades con la guitarra, celebramos que se sentara delante del folio en blanco.

5. Porque a alguien capaz de escribir Tokio ya no nos quiere (1999) hay que ponerle un dispositivo de seguimiento permanente
Como los que gastan los superhéroes para no perder de vista a un coche. El madrileño inventó un mundo futuro muy próximo (2003) bañado en drogas sintéticas, en el que la industria química ha dado con la sustancia definitiva; una droga capaz de borrar los recuerdos. Es el gran salto delante de Loriga, en lo temático y en lo funcional; dice adiós a su escritura fragmentada y directa para abrazar una elaboración más pausada, una forma de hermosa y obsesiva languidez. La culpa, la memoria y su control, la deshumanización… En Tokio… está todo Loriga, el anterior y el posterior. Es una obra magna, escrita en el filo del cambio de siglo con la vista puesta en ambos dos mundos. Áspera, adictiva y monumental.

Ray Loriga