23 octubre, 2017. Por

En defensa de OT

Cinco razones por las que fue importante que exista ‘Operación Triunfo’
En defensa de OT

Pasaron dieciséis años desde que diese el pistoletazo de salida uno de los grandes fenómenos de masas a nivel no sólo televisivo, sino musical o ¿artístico? Ahora, que esta noche regresa renovado (con otro profesorado, entre los que están Los Javis y Guille Milkyway) a la tan poca renovada TVE, salimos en defensa de Operación Triunfo, no sólo un programa de televisión, sino una factoría de productos, la mayoría de ellos deslegitimados desde antes de nacer por el hecho de haber forjado su identidad allí.

 

EL TRIUNFITO: GÉNERO MUSICAL Y UN PERFIL HUMANOIDE A LA VEZ

No es que todas las canciones se pareciesen: es que, probablemente, eran la misma. Por si fuera poco, en aquella Academia (ya sabéis: Àngel Llàcer, Manu Guix, Poty, Nina…) se forjó una manera de interpretar, de cantar: un molde común. Si te salías de ese molde, o te expulsaban o te corregían, casi como en una terapia conductista. No se buscaba en ningún momento la búsqueda de singularidad del artista, sino adaptarse al patrón que la industria del pop exigía para pasar las galas: afinar, no agitarse si había que bailar, ser versátil con los idiomas, llenar la canción con gorgoritos y vocales estiradas hasta que nos sangre el alma. No formaban artistas: creaban estereotipos que se adaptasen al que, entendían desde la productora, reclamo del público.

Con todo, el triunfito se convirtió en una etiqueta deslegitimada para toda la industria musical elitista, pero también en un género musical y en un perfil casi de humanoide-artista: unas maneras muy identificables, una manera de tratar con los medios (exceptuando Chenoa y su chandalismo: allí se comenzó a abrir una nueva era) muy políticamente correcta y una ocupación bestial de los conciertos por pueblos de toda España hasta que la crisis del país comenzó a recortar aquella gallina de los huevos de oro.

LA ÚLTIMA GRAN FÁBRICA DE CHURROS DE LA INDUSTRIA MUSICAL

Todo comenzaba a morir, y sin embargo Vale Music dio con la tecla de algo que parecía destinado a ser la última gran fábrica de churros de una industria en decadencia y en vías de extinción tal y como la conocíamos. Una “burbuja” muy española y mucho española, pero que funcionó durante varios años: toda una corte de compositores trabajando en cancioneros sin parar, casi sin medir ni comparar, disparando canciones para que las canten aquellos chavales que durante unos meses fueron el centro mediático de todo el país. Ya no es que gente como David Bisbal, Rosa López, Chenoa o David Bustamante grabasen un disco… es que ¡Naim Thomas, Alejandro Parreño o Juan Camus también!

Para la segunda edición, incluso se anticiparon a la cultura del single que se está imponiendo en estos últimos años, lanzando singles de cada expulsado, y si vendían una determinada cantidad les grababan un álbum. Fue la última vez que vimos a la industria del mainstream reactivando prácticamente semanalmente una nueva estrategia para que compres un plastiquete redondo.

SE EXPUSO ANTE EL GRAN PÚBLICO LA IDEA DE ‘PRODUCTO’

Parece baladí. En su momento, todos los veían como un agitador que había llegado a la mesa del jurado para molestar a los concursantes, con frases ensayadas durante la semana que generaban risa y sonrojo a la vez. Era un personaje desconocido en nuestro país: el del jurado chungo, algo que ahora tienen prácticamente todos los concursos habidos y por haber, tanto en España como fuera.

Pero Risto Mejide, aquel publicista por entonces de chupa de cuero, pelo largo y gafas oscuras, trajo bajo el brazo algo que forma parte de la genética de las agencias de publicidad pero que nadie se atrevía a mencionar en los círculos artísticos: la concepción de “producto”. Muchas veces, Risto les preguntaba a los concursantes: “cantas y bailas bien, vale, pero… ¿por qué debería comprarte? ¿por qué tendría que sacarte un disco a ti? ¿qué tienes de especial?”.

Claro, la chavalada hacía catacróquer, pero el catalán tenía mucha razón. Sobre todo, tratándose de un programa que alude a las masas, la concepción de un producto musical destinado única y exclusivamente a grabar un disco con Vale Music y llenar pabellones de todo el país era el objetivo del programa, y no el de labrar una identidad artística singular.

Ahora, en tiempos en donde C. Tangana farda del mismo discurso, portado por aquel publicista hace más de una década, es bueno recordar que aquello fue la punta de lanza no sólo a la hora de replantear la manera de elegir a los favoritos dentro del programa, sino a la hora de exponer una problemática con la que no suelen contar los artistas: que más allá de su arte, lo que importa es la capacidad de venderse, de ser un producto rentable y sostenible.

ES LA ÚLTIMA GRAN HORNADA DE ICONOS POP

No ha vuelto a suceder. Lo decíamos más arriba, pero la penetración de La Voz fue en las casas, y no en las tiendas de discos. Aquella máquina de hacer churros generó muchos chascos, pero también una cantidad de voces absolutamente identificables, que llevan entre diez y quince años siendo algunos de los iconos de masas.

No sólo los ganadores o finalistas (Bisbal, Rosa, Manuel Carrasco, Soraya Arnelas, Chenoa, Edurne…), sino que hay quienes se han conseguido reinventar: Pablo López como el nuevo Pablo Alborán, Mai Meneses como Nena Daconte, Lorena Gómez en Tu cara me suena, Los Supersingles (cuatro ex triunfitos unidos) en Qué tiempo tan feliz, Beth en el circuito musical catalán, Virginia Maestro, Nika y Vega en el circuito indie, Daniel Zueras en la Orquesta Panorama (la más importante de Galicia), Guillermo Martín como compositor (compuso el Así soy yo, de Kiko Rivera), Gisela como cantante en musicales, Natalia como icono pop teenager, Àlex Casademunt como tertuliano y un larguísimo etcétera.

ABRIERON LA LATA DE LOS TALENT SHOWS

No es ningún orgullo, pero es una realidad. Después de aquello vinieron Popstars (¡todo por un sueño!), la versión española de Factor X, Tú sí que valesEl número 1, Got Talent o el único que ha conseguido relativo éxito televisivo, aunque no tanto de sus productos musicales creados: La Voz (apenas se puede decir que Antonio José, Paula Rojo, Gemeliers y David Barrul cosecharon relativo éxito… pero muy relativo: no llega ni de lejos a las cotas de los triunfitos).

Pero lo que se vivió en Operación Triunfo no volvió a suceder. Por muy bien o mal que lo hicieran, la gente estaba atrapada viendo a gente trabajar. Se pasaban todo el día cantando, ensayando coreografías, yendo a clases de aeróbic, de armonía musical, de interpretación y hasta tenían una especie de grupo psicológico donde airear sus mierdas internas. Si en Gran Hermano llevan 18 años zanganeando y peleándose por ver quién se comió la última cucharada de mermelada o quién ha hecho edredoning antes, aquí primaba otra cosa: la cultura del esfuerzo, el trabajo diario, incansable, la presión psicológica por ser el mejor, por correr por la pasarela y acercarse un poco más a que te graben un disco. No es el camino ideal para ser músico, pero es uno de ellos.

 

En defensa de OT