23 agosto, 2017. Por

El príncipe y la corista

Cuando cada uno de los personajes van por su lado
El príncipe y la corista

El príncipe y la corista eran una pareja peculiar. Les recordarán los más cinéfilos (o los talluditos) en una de-li-cio-sa (así, bien pronunciadas y separaditas las sílabas para que no haya atisbo de duda) comedia clásica protagonizada por una inocentona Marilyn Monroe en todo su esplendor y Laurence Olivier (a la sazón también director). La historia era la de una chica de revista naïf pero decidida que conoce al regente de un país balcánico en plena debacle política, entablándose entre ellos una relación de poder inesperada. Pues bien, esta producción clásica de la Warner se basaba en la obra de teatro The sleeping prince de Terrence Rattigan. Una obra ahora revisitada en castellano y que se puede ver en el Teatro Cofidis Alcázar de la madrileña calle Alcalá.

Poner en pie una función así a estas alturas del s.XXI podría parecer algo demodé y ranciete así de primeras, todo sea dicho. Pero también es cierto que una comedia de altos vuelos bien escrita como ésta, pues nunca pierde vigencia (para muestra la película del 57). Pero para ello se necesita algo indispensable: la elegancia. Eso, o decidir tirar por el camino opuesto y realizar una adaptación de derribo total para erigir con su base algo completamente distinto (que tampoco cuadraría mucho aquí). El caso, que la versión que nos presentan en esta ocasión pues ni lo uno ni lo otro, y se nos queda en un punto incomprensible. Que sí, gustará a cierto público. Pero un público que estaría todavía muchísimo más encantado con la función que podría ser.

“Falta escucha, sutileza y química, esenciales en una función de este tipo. Lo malo es que la sensación que deja es la de no tener respeto por el texto, a pesar del trabajo que habrá detrás como en toda función. Una pena”

 

El hecho de que Pilar Castro, actriz por la que siento una especial debilidad en el terreno cómico, dirigiese la función creaba una expectación que, finalmente, no se ha visto satisfecha. No sé si sería la función en particular que vimos, pero las motivaciones de los personajes son indescifrables. Y es que la corista interpretada por Lluvia Rojo (conocida por la serie Cuéntame) entra ya enamoradísima del príncipe (o por lo menos así parece), algo que se mantiene durante toda la función, hurtando al espectador su recorrido emocional, el tira y afloja con el regente. Que es la chicha para enganchar al público. Pero aquí no se entiende por qué la chiquilla se enamora de este señor, pareciendo por ello un poco loquita, con lo cual uno desconecta y se desentiende de todo lo que sucede a continuación.

En un principio se podría pensar que es debido a la decisión de casting de elegir al encasillado (seguramente no por elección propia) Javivi  como el objeto del deseo. Pega más un galán, tipo Olivier. Pero va más allá. Y es que falta dirección. Cada uno de los intérpretes parece que está en su propia obra particular. Desde Brays Efe, muy muy lejos de Paquita Salas, pasando por Bruno Lastra (que lleva a su personaje al extremo para salvarlo) hasta la infalible Marta Fernández Muro (que, como su personaje ya está de por sí desconectado de los demás, es la que mejor funciona). Falta escucha, sutileza y química, esenciales en una función de este tipo.

Y si lo que se quería hacer es una astracanada, que a veces lo parece, pues tampoco les ha salido. Lo malo es que la sensación que deja es la de no tener respeto por el texto, a pesar del trabajo que habrá detrás como en toda función. Una pena. De todas formas el montaje podría perfectamente cambiar de rumbo en breve y acercarse, si no llegar, a esa comedia de altura que debería ser. Pero vamos, que por ahora, el príncipe y la corista van cada uno por su lado.

El príncipe y la corista