26 diciembre, 2018. Por

El Mago

El vodevil metafísico de Juan Mayorga se queda a medias
El Mago

El mago era pésimo. Se le veían todos los trucos. Se le caían las cartas de las mangas. Al sacar el pañuelo se equivocó de bolsillo. Las palomas no le hacían ni caso. La gente lloraba de la risa. En le número de la mujer aserrada, al ayudante se le veían los pies por debajo de la mesa. Pero lo peor fue cuando empezó con la hipnosis…

No creemos que Juan Mayorga empiece la función así (en boca de una alucinada Clara Sanchís) como una introducción autorreferencial respecto a ésta, su nueva obra, pero el caso es que este El mago que se puede ver en el Teatro Valle-Inclán de Madrid no es una de las mejores funciones del que por otro lado (al César lo que es del César) es uno de los mejores dramaturgos que tenemos en nuestro país. No es pésima, como dicen de su mago protagonista, desde luego, porque Mayorga tiene siempre su punto de interés, pero este vodevil metafísico se queda algo cojo.

Lo que empieza como un comedia de salón con una mujer que vuelve a su casa transformada después de una sesión de hipnosis se intenta metamorfosear en una profunda reflexión sobre la realidad que vivimos, al descubrir que esta mujer es una doble y la verdadera (¿o acaso son las dos reales?) se encuentra todavía encima del escenario con el mago en cuestión. A su marido e hija les cuesta digerir la noticia, claro, y cada uno lo afronta de diferente manera. Para más inri, empiezan a aparecer más personajes para dar su punto de vista: la madre de la hipnotizada en cuestión, una antigua compañera de colegio del marido (con la que habían quedado a cenar) y un hombre interesado en el piso porque lo acaban de poner a la venta. Punto de partida éste con olor a comedia de situación (valga la redundancia).

Mayorga ya jugó con unos recursos similares (por lo menos en el fondo) en su pieza corta ‘Método Lebrun para la felicidad’ y le salió redonda la jugada. Pero aquí no consigue acertar, tal vez por alargar el truco tal vez más de lo necesario”

La función empieza de forma curiosa y divertida, con buen ritmo y algunos puntos de humor que levantan las risas del público. Pero al poco rato acaba por resultar reiterativa, deslizándose por unos derroteros que acaban por situarla en una tierra de nadie, entre la comedia ligera y la reflexión sesuda con elementos simbólicos (el espejo, la grieta en la pared), que no termina de cuajar. Los intérpretes (entre los que se encuentran nombres interesantes como la ya citada Clara Sanchís, María Galiana, José Luis García-Pérez o Tomás Pozzi), por su parte, defienden con profesionalidad unos personajes sin trasfondo aparente, arquetipos con lo que resulta difícil empatizar.

Mayorga ya jugó con unos recursos similares (por lo menos en el fondo) en su pieza corta Método Lebrun para la felicidad y le salió redonda la jugada. Pero aquí no consigue acertar, tal vez por alargar el truco tal vez más de lo necesario. Aún así su puntito tiene, la sala estaba llena y los aplausos fueron bastante fervorosos, con lo cual hubo gente a la que este mago ha conseguido hipnotizar.

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