21 marzo, 2018. Por

El lugar donde rezan las putas

Un batiburrillo escénico que no acaba de cuajar
El lugar donde rezan las putas

“¿Qué teatro hacer en este aciago siglo XXI? ¿Espectáculos de puro entretenimiento, que aumenten todavía más “la modorra política de nuestra sociedad consumista y cibermema”? ¿Obras de denuncia-políticamente-correcta, que ilustren la actualidad, ya tan aireada y cacareada por los medios de comunicación (sic)? Esta es la encrucijada en que se encuentran nuestros dos personajes”

Y ésa parece también la encrucijada en la que se encuentra el propio autor de estas palabras y del texto (y la dirección) de la obra que nos ocupa: El lugar donde rezan las putas o Que lo dicho sea. Función que se puede ver en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español dentro del ciclo /3D/ Dramaturgos vivos contemporáneos. Siendo el dramaturgo vivo en cuestión uno de los más interesantes, celebrados y celebérrimos de nuestro país: José Sanchís Sinisterra.

En esta nueva propuesta el autor vuelve a los fueros de su mítica ¡Ay, Carmela! para hablarnos de teatro dentro del teatro y de “los barridos y borrados por la Historia, con mayúscula”, con dos jóvenes actores (interpretados por los también jóvenes egresados de la RESAD, Paula Iwasaki y Guillermo Serrano) pretendiendo montar un espectáculo a su medida (es decir, con poco presupuesto) luchando contra viento y marea en el sótano cedido por su misterioso tío Roque y en cuyas catacumbas parece pululan una cohorte de espíritus algo cabreados.

«El autor rebusca y gusta de difuminar y dinamitar las fronteras del teatro convencional. Pero en este caso parece que sencillamente ha metido unos cuantos asuntos en la máquina de escribir como si de una Turmix se tratase y ahí los ha vertido sobre la escena»

El caso es que la función, como ese propio escenario repleto de cachibaches desperdigados por los suelos (que por cierto, vaya pedazo de decorado a la antigua usanza que que han marcado para una función de este tipo), deriva en un batiburrillo de temas en el que no llega a cuajar ninguno. Le pasa lo mismo que a los protagonistas, que pretenden tratar dos temas “descomunales” sin al final desarrollar ninguno: la Alejandría del siglo IV, con la filósofa Hipatia y su discípulo Sinesio como protagonistas, y el trágico destino del comunismo, con Lise y Arthur London zarandeados por las turbulencias revolucionarias y reaccionarias del siglo XX. Ahí es nada

Sanchís Sinisterra rebusca y gusta de difuminar y dinamitar las fronteras del teatro convencional. Pero en este caso parece que el autor sencillamente ha metido unos cuantos asuntos en la máquina de escribir como si de una Turmix se tratase y ahí los ha vertido sobre la escena. Porque tres cuartos de lo mismo sucede con una puesta en escena algo caótica en la que los actores no hacen más que mover cosas de lugar sin intención aparente. Poco pueden hacer por su parte ellos para defender un texto complicado (es muy particular el lenguaje del autor, plagado de expresiones poco usuales en la actualidad).

Lo dicho, una verdadera pena, porque Sanchís Sinisterra es verdaderamente muy grande y además el punto de partida y el título eran sugerentes a más no poder. Pero en este caso parece que se ha quedado atascado, como los protagonistas con su función, en la pregunta de «¿qué teatro hacer en este siglo XXI?». De todas formas, estamos de suerte, porque se pueden disfrutar ahora mismo en cartelera dos de sus versiones, Primer amor y Carta al padre (Beckett y Kafka, respectivamente) que demuestran que, a pesar de que El lugar donde rezan las putas o Que lo dicho sea no se encuentre entre sus mejores obras (un patinazo lo tiene cualquiera) sigue en plena forma.

El lugar donde rezan las putas