28 marzo, 2018. Por

El Justiciero

Una oda a la Asociación Nacional del Rifle y al fetichismo de las armas de fuego en tiempos de Trump
El Justiciero

En los setenta, en las pantallas de cine, los antiguos héroes del Far West regresaron a las ciudades y empezaron a impartir justicia a balazo limpio. Estados Unidos acababa de salir del trauma de Vietnam. La contracultura, la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos y el ‘paz y amor’ de los sesenta había terminado en una ola de violencia, cuyos ejemplos más significativos fueron los asesinatos de los Kennedy, de Martin Luther King y los crímenes de la Familia Manson. En la Casa Blanca había llegado al poder un veterano y astuto político derechista que, en su momento, fue todo un entusiasta de la caza de brujas anticomunista de la posguerra: Richard Nixon. Norteamérica (al menos la Norteamérica blanca) estaba asustada y necesitaba héroes que la defendieran de lo que sucedía en las calles.

Actores que habían construido la primera fase de su carrera en el más americano de los géneros, el western, se reconvirtieron en justicieros urbanos; el primero de todos, y el más exitoso, fue Clint Eastwood en La jungla humana y, sobre todo, la saga de Harry, el sucio. Los personajes de Eastwood eran, a pesar de su facilidad para disparar primero y preguntar después, eran al menos agentes de la ley. En 1974, Michael Winner, un notable director especializado en thrillers de acción, llevó a la pantalla una polémica novela en la que un individuo común y corriente, un ciudadano medio, se veía impulsado a ocupar su puesto para “limpiar” las calles, con un duro entre los duros, Charles Bronson, como protagonista, el arquitecto Paul Kersey. Esa película, Death Wish –aquí El justiciero de la ciudad-, fue un éxito atronador; vista en la distancia, a pesar de todos las objeciones ideológicas que se le quieran poner, y que sin duda merece, es una cinta de suspense y acción notable, además de reflejar con tenebrosa exactitud la paranoia de la época.

«‘El justiciero’ de 2018 es una oda a la Asociación Nacional del Rifle, y en general al fetichismo de las armas de fuego, situada en un país donde cada pocos meses un tarado adquiere sin la menor dificultad una semiautomática y asesina a un montón de inocentes, rodada de la manera más plana y rutinaria imaginable»

Unas cuantas décadas más tarde, Kersey ha vuelto con el arma a punto. Un Kersey, por supuesto, adaptado a los tiempos de Trump y de Instagram. Esta vez tiene el envejecido rostro de Bruce Willis (al parecer la dicotomía de salvar vidas de día y ejecutar fríamente de noche no le genera ningún conflicto interno), resuelto a hacer justicia, después de que unos ladrones irrumpieran en su domicilio, matando a su esposa (Elizabeth Sue) y violando a su hija (Camila Morrone). A cargo del proyecto está Eli Roth, que en los últimos tiempos se ha especializado en reciclar viejos géneros de explotación de serie B o Z, ya sea el gore de escenarios urbanos (Hostel) o selváticos (Infierno verde), ya sea la home invasión (Toc Toc).

La película hubiera funcionado mejor si Roth hubiera sido capaz de inyectar cierta malicia o ironía a su historia o, quizás, si al menos hubiera conseguido que fuera divertida. Porque, lamentablemente, no lo es. El justiciero de 2018 es una oda a la NRA, la Asociación Nacional del Rifle, y en general al fetichismo de las armas de fuego, situada en un país donde cada pocos meses un tarado adquiere sin la menor dificultad una semiautomática y asesina a un montón de inocentes, rodada de la manera más plana y rutinaria imaginable.

«Si la película se ve con un mínimo interés se debe a lo que queda del carisma natural de Willis, de lo poco salvable en este naufragio general. Esperamos verlo pronto en una producción que dé menos vergüenza ajena»

El personaje de Bronson, en la película de 1974, era un ciudadano ejemplar llevado por las circunstancias a abrazar su lado oscuro; en muchos aspectos, era la triste crónica de cómo un buen hombre podía convertirse en un asesino en serie. En este remake, en ningún momento se duda de que el personaje de Willis es todo un héroe. Tanto Roth, como director, como el guionista, Joe Carnahan, salen muy mal parados por la comparación. Si la película se ve con un mínimo interés se debe a lo que queda del carisma natural de Willis, de lo poco salvable en este naufragio general. Esperamos verlo pronto en una producción que dé menos vergüenza ajena.

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