2 febrero, 2018. Por

El Hilo Invisible

Paul Thomas Anderson vuelve con genio, musa e hiperrealismo emocional
El Hilo Invisible

No es fácil escribir la crítica de una película que a uno le ha fascinado pero que sabe que, por exactamente las mismas razones por las que uno se ha quedado prendado de ella, una parte notable de los espectadores la encontrarán aborrecible o absurda. Pero como estamos hablando de una película de Paul Thomas Anderson, tal vez esto de perturbar y fascinar casi a partes iguales ya se vea venir. En El Hilo Invisible son el amor romántico, el concepto de la musa, la moda y la excentricidad que se suele asociar con la genialidad los que pasan por el retorcido alambique que es su cine. Daniel Day-Lewis, que ya colaboró con Anderson en ese patadón en el estómago que es Pozos de Ambición (2007), dice que protagonizarla le ha sumido en una tristeza tal que ha decidido dejar la interpretación.

En el Londres de los años 50 las mujeres de la alta sociedad que pueden permitírselo, tienen el privilegio de vestir los diseños de Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis). Durante una escapada al campo en la que el excéntrico genio de la moda busca despejarse de la ciudad conoce a Alma (Vicky Krieps), una discreta camarera poseedora de la figura perfecta sobre la que imaginar sus vestidos. Reynolds y Alma se fascinan mutuamente. Él la hace sentirse agusto en su propia piel por primera vez y ella solamente le pide a cambio que lo que quiera que haga con ella, lo haga con cuidado. El amor es una parte la fascinación que se construye entre ellos, pero el hilo que los une contiene muchas más hebras.

El cine de Paul Thomas Anderson en todo su esplendor

Con la ambientación en el mundo de la moda y el protagonista masculino genial pero retorcido, Anderson ya tiene territorio en el que desplegar dos de sus armas más afiladas. La primera, la profusión de estampados, texturas, vuelos, colores y tonos de blanco que desfilan por los talleres de la casa Woodcock. Son el envoltorio perfecto para los amplios movimientos de cámara y los elaborados encuadres que podemos encontrar desde los orígenes de la filmografía de Paul Thomas Anderson. Aún careciendo de cualquier conocimiento sobre moda o confección, es fácil caer engatusado por el mero deleite estético. Ya en The Master (2012) el lenguaje visual de Anderson recordaba al de Alfred Hichcock; y El Hilo Invisible es, en este y otros aspectos, una versión mejorada de aquella cinta.

“Aún careciendo de cualquier conocimiento sobre moda o confección, es fácil caer engatusado por el mero deleite estético”

La segunda, la exquisita dirección de actores. Que va mucho más allá del trabajo de Daniel Day-Lewis. A estas alturas decir que Daniel Day-Lewis es uno de los actores más apabullantes que han hecho cine en el último siglo no sorprende a nadie. Y Reynolds Woodcock, que en manos de muchos otros no sería más que una especie de viejo verde histérico, infantil y abofeteable, es para él un caramelo que saborea sin contención. Un ser amargado y déspota, pero al que el espectador puede llegar a entender.

¿De verdad nos vas a dejar así, Daniel?

Lo único que afea a la interpretación de Day-Lewis es ser excesivamente transparente: el británico se las apaña para hacer que en cada plano seamos conscientes de lo que se le le está pasando por la cabeza a Woodcock. Su rostro y su lenguaje corporal son de una expresividad cristalina. La transmisividad, perfecta. Su interpretación no llega como exagerada, pero sí que parece hiperrealista en el nivel de detalle. La única pega es que la gente real no siente tantas cosas. Y, ni mucho menos, las manifiesta con tan buen gusto.

Pero que el trabajo de Daniel Day-Lewis no nos impida apreciar (como sí ha pasado a los académicos de Hollywood) el de Vicky Krieps ni el de Lesley Manville (ella sí que está nominada como mejor actriz secundaria). Ellas dan vida a Alma y Cyril, las dos figuras femeninas que se encargan de apuntalar y equilibrar la excesiva personalidad de Woodcock. Ninguna de las dos flaquea en una sola de las escenas que comparten con el astro británico, y ambas defienden personajes verdaderamente complicados desde la mesura y la sensibilidad.

“Alma es temible, desacertada por momentos y sabia en otros. Pero el espectador comprende bien lo que Reynolds ve en ella”

El trabajo de Krieps es especialmente fascinante, porque es su personaje quien narra los acontecimientos. Y es Alma quien, en última instancia, lleva las riendas de lo que sucede en El Hilo Invisible. Su personaje es una mezcla envidiable de delicadeza, dudas y de una poderosa e hipnótica determinación. Una mujer con luces y sombras, casi con tantos fallos como aciertos y con el que no se nos permite ser tan indulgentes como el genio que tiene a su lado. Alma es temible, desacertada por momentos y sabia en otros. Pero el espectador comprende bien lo que Reynolds ve en ella porque él también lo ve.

Genio, musas y dolor

Entre la opulencia plástica y la sutileza de las interpretaciones, Alma y Reynolds trazan un dibujo que tarda un rato en hacerse reconocible. Uno de los aspectos menos gratificantes de El Hilo Invisible es el lento devenir de sus acontecimientos. En realidad, lo que se nos quiere contar se aprecia hasta bien sobrepasado el ecuador de la película. Tal vez, justo cuando el espectador está a punto de desertar de ella, ya algo aburrido. Y, si bien no es un giro inesperado, sí que presenta una situación que dudo que sea del gusto de todos los espectadores.

En el cine de Anderson nada puede ser simple. Y, el amor, mucho menos.

No trabaja Anderson con historias ni con personajes sencillos, y El Hilo Invisible no es una excepción. Pero es que las relaciones entre las personas tampoco lo son. Las virtudes y los vicios que van poblando las dinámicas que se establecen entre Reynolds y Alma son amargas de contemplar. Pero no porque sean irreales, sino porque nos obligan a enfrentar algunos de nuestros propios demonios. No es fácil ser brillante. Pero tampoco es sencillo ser musa. Curiosamente, algo de lo que hemos hablado hasta la saciedad hace unos meses a raíz de madre! (Darren Aronofsky, 2017). Se presentan conflictos difíciles de digerir pero ampliamente satisfactorios para quien tenga el estómago para ellos.

Un Oscar para Jonny Greenwood

Por último, no se puede hablar de El Hilo Invisible sin hacer referencia a la soberbia banda sonora que Jonny Greenwood ha compuesto para ella. El guitarrista de Radiohead crea, en su tercera colaboración con Paul Thomas Anderson, un entramado de instrumentos de cuerda y piano de una belleza sobrecogedora. Cuando no recuerda a las las oberturas de las grandes óperas de Wagner (en la pieza Sandalwood II), pone la piel de gallina al describir a Alma a golpe de violín romanticista, hace que una especie de réquiem sea el leif motif de la película (Phantom Thread I-IV) o nos pone alerta con unas cuantas notas de jazz.

En algún momento destacado del metraje la composición de Greenwood entra en un diálogo desgarrador con el sonido de fondo. Esta extraña cacofonía es un recurso que Paul Thomas Anderson ya utilizaba en momentos especialmente angustiosos de Magnolia (1999) o The Master (2012) y que sigue funcionándole a la perfección porque sabe no abusar de él. Es posible que el trabajo de Jonny Greenwood sea, junto con el vestuario de Mark Bridges, el único de los aspectos en el que El Hilo Invisible tiene verdaderas posibilidades de triunfar en los Oscar

“Es posible que el trabajo de Jonny Greenwood sea, junto con el vestuario de Mark Bridges, el único de los aspectos en el que El Hilo Invisible tiene verdaderas posibilidades de triunfar en los Oscar

Para acabar, nos encontramos ante algo que va mucho más allá de la mera película bella. Aunque, como todo el cine de Paul Thomas Anderson, retrata una historia y unos personajes que no pueden ser del gusto de todos los espectadores. No obstante, existen posibilidades de que estemos ante el último trabajo cinematográfico de Daniel Day-Lewis, y puede que solo por eso merezca la pena pagar una entrada de cine. Desgraciadamente, el Oscar al mejor actor parece decidido desde hace semanas. En Hollywood una buena imitación vale mucho más que dejarse la piel en la construcción de un personaje. Pero, si es la emoción que produce lo que cuenta, entonces Daniel Day-Lewis ya ha ganado de calle.

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