27 diciembre, 2017. Por

El Gran Showman

Sonrisas y embustes; o Hugh Jackman dándolo todo por hacerte sonreír
El Gran Showman

Si algo hizo bien La La Land (Damien Chazelle, 2016) fue devolverle a las superproducciones musicales un lustre que llevaban sin ver desde los tiempos de Chicago (Rob Marshall, 2002). Es natural, entonces, que en los próximos años nos vayamos a encontrar con un buen chaparrón de óperas cinematográficas a ritmo de jazz, pop o rap. El Gran Showman (Michael Gracey, 2017) es la primera de esa lista, y le ha valido a Hugh Jackman, que se mueve por el teatro musical como pez en el agua, una nominación al Globo de Oro.

El Gran Showman adapta (muy libremente) las peripecias de P.T. Barnum, empresario estadounidense que hizo fortuna a mediados del siglo XIX con una arriesgada aproximación a la industria del entretenimiento. Barnum se hizo célebre por el museo y el espectáculo de variedades que instaló en Nueva York, en los que recopilaba todo tipo criaturas, rarezas y habilidades, sin importarle demasiado si éstas eran fraudulentas. La cinta de Gracey convierte a Barnum en una especie de héroe de clase, la encarnación del sueño americano, en el que el esfuerzo, el riesgo y la perseverancia prevalecen por encima de la cuna, si importar lo humilde que ésta sea.

“Como película, El Gran Showman es un despropósito. Pero como espectáculo de entretenimiento funciona como un reloj suizo.”

Seamos sinceros: El Gran Showman es un completo disparate, desde el primer minuto hasta el último. Cualquier parecido con el P.T. Barnum histórico es pura coincidencia, el desarrollo de los personajes se limita a un par de hachazos que definan la personalidad y objetivos de cada uno y la trama, encima de ser un pastelazo tan saturado de almíbar que deberían vender inyecciones de insulina en el puesto de palomitas, se ve venir desde la cola de la taquilla del cine. Y, aún así, no puedo negarlo: disfruté como una niña viéndola. La explicación no es tan complicada. Como película, El Gran Showman es un despropósito. Pero como espectáculo de entretenimiento funciona como un reloj suizo.

El Gran Showman es poco más que un musical de Disney, de esos que nos sabíamos de memoria de pequeños, rodado con actores de carne y hueso (al menos tiene la decencia de no ser un remake de algún clásico de animación). Es más, se nota que está realizada de manera chapucera y hasta con prisas: los trucos mediante los cuales se sustituye a los actores principales por bailarines profesionales para los números son lamentables y los chromas y escenarios parecen, en algunos momentos, tan cutres que ni siquiera se pueden justificar como homenaje a la rama teatral del musical. Además, todas las canciones de su banda sonora son de un pop tan empalagoso, pegadizo y facilón que se asemejan a las del festival de Eurovisión, de esas que recuerdan a temas de las listas de éxito, pero que no llegan a ser iguales que aquéllas.

“Lo genial de El Gran Showman es su honestidad: no tiene pretensiones, más allá de hacer pasar un buen rato a quien haya pagado por verla. Sin complicaciones, sin tragos agridulces y sin interés alguno por reinventar o refundar ningún género.”

Supongo que todo esto sería criminal para una película que pretendiera ser memorable o duradera (a lo que aspira La La Land). Pero es que lo genial de El Gran Showman es su honestidad: no tiene pretensiones, más allá de hacer pasar un buen rato a quien haya pagado por verla. Sin complicaciones, sin tragos agridulces y sin interés alguno por reinventar o refundar ningún género. Basta ver el trailer para ajustar las expectativas: la referencia en cuanto al tono es Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001) y, el límite, la cantidad de mamarrachadas que uno tenga ganas de soportar. Es más: todo el mensaje de la cinta es que si algo divierte y entretiene, ¿tanto importa el cómo está hecho?

Zac Efron y Zendaya durante uno de los mejores números de El Gran Showman

A pesar de todas las cosas que hace mal, el carismático reparto reflota bastante el producto. Hugh Jackman despliega toda su magnética presencia, Zac Efron se las apaña para seguirle el ritmo, y la entrañable troupe de rarezas y marginados que componen el circo de Barnum, con Keala Settle y Zendaya a la cabeza, suple a base de gracia y entusiasmo las carencias del guión a la hora de construir a sus personajes. Los números musicales no desaprovechan la oportunidad de incorporar disciplinas circenses, que les aportan dinamismo y frescura. Y, por si fuera poco, uno se pasa días tarareando varias de las canciones, sin importar lo simples que sean.

“El Gran Showman es una película mediocre, pero suple sus carencias con optimismo, entusiasmo, agilidad y un afán manifiesto por hacer sonreír a los espectadores”

El Gran Showman es una película mediocre, pero suple sus carencias con optimismo, entusiasmo, agilidad y un afán manifiesto por hacer sonreír a los espectadores. A diferencia de Moulin Rouge! (una cinta que, a pesar de sus fallos, era artísticamente deliciosa), es posible que nos olvidemos de ella más pronto que tarde. Pero su embuste, al igual que el espectacular anuncio en directo que su elenco se marcó en la tele americana hace unos días, funciona. Y, si uno se deja, emociona. A veces está bien no pedir más.

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