17 marzo, 2017. Por

El fin de la comedia

Varices que se convierten en polla, posthumor y viceversa
El fin de la comedia

Seis capítulos cada dos años y medio. Ese es el ritmo que Raúl Navarro, Miguel Esteban e Ignatius Farray se han impuesto a sí mismos a la fuerza para poder sacar la segunda temporada de El fin de la comedia, una suerte de hito del post-humor estatal y una serie de culto prematuro que estuvo demasiado tiempo en un stand-by indefinido.

Hasta hoy, que se presenta la nueva temporada en Comedy Central, que puedes sintonizar únicamente a través de Movistar +, que sigue demostrando que su apuesta por la ficción española en 2017 va más que en serio.

Y es que la comedia hiperrealista que han conseguido articular Navarro, Esteban y Farray tiene tantos ingredientes impropios de la comedia española como trazas casi de serie de documental, de diario rodado, de comedia negra hecha desde las entrañas. Ya lo dice Anntona: la autoflagelación es el camino más directo hacia la paz interior.

MODERN FAMILY MEETS MALASAÑA

Capítulos cortos (unos 20 minutos), un núcleo duro de relaciones deformadas y una capacidad para hacer humor de las disfunciones e incapacidades de lo cotidiano completamente innata. En medio de la escena, un Ignatius Farray que se interpreta a sí mismo, tira de barrio (vive en Malasaña, actúa habitualmente en el Picnic…) para narrar sus infiernos personales, convertidos en El fin de la comedia en una especie de hipérbole tragicómica, una extensión de esa risa negra que tan bien ha sabido generar en monólogos, sketches o radio.

Y si en la primera temporada el drama personal del humorista canario que articulaba el foco central de sus infiernos y vaivenes era la lucha legal por poder ver a su hija, fruto de una relación anterior; en este caso el eje central que articula el nuevo infierno de Ignatius no es que se le ha caído la barba ni que de repente posee un inesperado sex appeal incontrolable, sino que tiene (y la tiene de verdad, insistimos) una enfermedad llamada miocardiopatía hipertrófica (quedaos con el nombre, lo vais a oír mucho esta temporada) y un problema de varices que el propio humorista utiliza en sus monólogos, diciendo que en su pierna ven cómo la variz acaba convirtiéndose en polla.

La serie mantiene ese hiperrealismo tragicómico, con guiños evidentes en forma a Modern Family, aunque en fondo quizá haga ojitos a otros géneros de cine indie herederos, de alguna manera, del cine de Woody Allen, reflexivo a la vez que ácido, cáustico y completamente nihilista en un discurso en el que, a través de los tres cerebros creadores, consiguen hacer de la desvergüenza absoluta una de las marcas más necesarias para entender el devenir de la nueva comedia.

 

MUMBLECORE, POSTHUMOR Y VICEVERSA

“La comedia prevalecerá”, suele decir entre risas irónicas Farray en La vida moderna, en Twitter o en cualquier sitio en donde le permitan hacer el grito mudo o decir alguna de sus más cómicas barbaridades. Lo cierto es que El fin de la comedia consigue hacer que la comedia prevalezca: el camino para que los treintañeros consigamos reírnos no es a través de la enésima versión de Los Serrano que patrocine TVE (como ha sido el caso reciente de iFamily), sino a través del reciclaje de algunos de los tics de la nueva comedia, del post-humor, del cine mumblecore y viceversa.

Y es que hay mucho de cineastas como Joe Swanberg, Judd Apatow, Noah Baumbach, Ricky Gervais o Mike Mills; pero también muchos puntos comunes no solo con series como la mentada Modern Family, sino también con otros iconos como Seinfeld, Louie, The Office o la reciente Easy, una de las “tapadas” de la factoría Netflix. Incluso, como algunas de esas grandes series, se permiten cameos ilustres cada vez más habituales: si en la primera temporada fueron nombres como los de Javier Cansado, Willy Toledo o Juan Cavestany los que se dejaron ver; en estos primeros capítulos podréis ver a algunas de las figuras más icónicas del cine y la televisión española. Palabra.

Todos ellos referentes de un universo que comparten inevitablemente con algunos de los grandes nombres de la industria audiovisual estatal reciente: un tonel de nombres a los que no se les hace caso desde la Academia y, en muchos casos, tampoco desde las productoras, entre los que podemos encontrar a los de Julián Génisson, Pablo Hernando, Velasco Broca, Juan Cavestany, Carlos Vermut, Carlo Padial, Alberto González-Vázquez, Nacho Vigalondo o parejas (de hecho) como los Venga Monjas, Javier Botet & David Pareja o los Pantomima Full.

GENERACIÓN NOTODOFILMFEST

Aunque suene un poco osado decirlo desde aquí, muchos de estos últimos nombres que mentamos arribas son algunos de los hijos, primos o sobrinos que han forjado su identidad creadora y su particular forma de entender el humor en tiempos de Twitter a través de nuestro festival de cortometrajes, con el que llevamos 15 años dando la cara y aglutinando millones de visitas y miles de películas breves en el catálogo.

Y entre ellos, también un Raúl Navarro que hasta hace bien poco era un habitual de nuestro certamen, habiendo participado algunos de los cortometrajes más históricos e histriónicos del festival, como Julian o, entre otros que ha iniciado su alianza con Miguel Esteban en el mundo de la creación audiovisual, algunos de los mejores ejercicios de animación que han pasado por el festival, como pueden ser Camiseta con chiste o Fresas para los más necesitados. Estas alianzas, junto a aquella precuela de esta serie que es como puede entenderse Todo el mundo quiere ser como Ignatius Farray entre Esteban y el cómico canario, consiguen articular un el discurso de El fin de la comedia, que sin duda es el principio de muchas cosas.

El fin de la comedia