19 abril, 2018. Por

El concierto de San Ovidio

Cuando la valentía de ser viejuno es mejor que la de ser moderno
El concierto de San Ovidio

El Centro Dramático Nacional rinde homenaje a Antonio Buero Vallejo (con ligero retraso, después de que se cumplieran 100 años de su nacimiento en 2016) gracias a la puesta en pie de El concierto de San Ovidio. Uno de esos espectáculos que puede polarizar opiniones (a tenor de las crónicas que se han podido leer). Y no por resultar demasiado moderno, sino por todo lo contrario.

Y es que la apuesta de Mario Gas es, precisamente, el respeto absoluto y reverencial al texto de Buero Vallejo (que no se ha versionado) y una puesta en escena canónica (con la única licencia de los visuales) para realzar la solidez de un texto que no tiene nada que envidiar a las grandes construcciones dramáticas europeas (o de otro continente) de cualquier tiempo. Ya comentamos en nuestra reseña de En la fundación (ahora conviven dos obras de este dramaturgo en cartelera) que a Buero se le compara con Arthur Miller.

«Nos encontramos ante un ejemplo de teatro clásico, magna y perfectamente ejecutado […] Dejamos lo supuestamente cool en el ropero del teatro para recogerlo a la salida y meternos de cabeza en un espectáculo como los de antes»

Aquí, además, nos trae aromas de Víctor Hugo. Vamos, que nos encontramos ante un ejemplo de teatro clásico, magna y perfectamente ejecutado. Llamadnos viejunos, pero no podemos más que reconocer que, cuando vemos una propuesta de este tipo llevada a cabo de manera tan sumamente sólida, no podemos más que dejarnos llevar por su ritmo y construcción perfectos, dejarnos lo supuestamente cool en el ropero del teatro para recogerlo a la salida y meternos de cabeza en un espectáculo como los de antes.

La historia es la de un grupo de ciegos en el París de 1771, humillados a manos del ruin bellaco Valandin que, con la excusa de dar un concierto, les rescata de un hospicio para llevarles de pueblo en pueblo con el único propósito de lucrarse y que la gente se ría de ellos en su cara. David, uno de ellos, virtuoso del violín, se erigirá en el héroe de la función. Buero Vallejo escribe un personaje a la altura del miserable Jean Valjean y aquí lo defiende un enorme Alberto Iglesias que no tiene nada que envidiar al José María Rodero, protagonista en su estreno hace más de 50 años y que los más mayores del lugar extrañan (y recuerdan vívidamente gracias a un mítico Estudio 1, que por cierto se puede ver online).

«Hay que ser valiente también para no ser moderno. En este caso, Mario Gas lo ha sido»

Y es que uno de los grandes aciertos de este nuevo montaje es un elenco extenso, compacto y sin mácula. Un grupo de intérpretes vigorosos que regalan unas interpretaciones seguras y asentadas. Una auténtico disfrute. El majestuoso texto salido de estas bocas cobra todo su sentido y llega a entretener, emocionar y hacer reflexionar como debió hacerlo en su estreno primigenio. Y si en esta época era más fácil elaborar analogías simbólicas con la situación política y la dictadura del momento, ahora el texto se eleva con un carácter universal ante la injusticia.

Hay que ser valiente también para no ser moderno. En este caso, Mario Gas lo ha sido. Y (a pesar de que a muchos les parecerá demasiado clásico, ya hemos avisado que no es para todos los gustos) a nosotros nos ha parecido un pedazo montaje.

El concierto de San Ovidio