28 marzo, 2018. Por

El club de los buenos infieles

Una lúcida comedia sobre cómo sobrellevar la monogamia, a lo ‘Club de la Lucha’
El club de los buenos infieles

60.000€ le ha costado a Lluís Segura hacer su primera película. Sesenta mil euros, y un par de destrozos en un hotel… y cuatro años para terminarla. Porque no, no es un mito eso de que lo barato cuesta. Y es cierto que uno puede darse cuenta de que la película se ve un poco menos de lo normal (‘ver’ de ver literalmente, de que está oscura), pero eso también le ocurre a La Peste y le ha costado 10 benditos millones de euros a Movistar +. Así que, quitando las canas nuevas de estrés que le hayan podido salir al director novel, o el pelo que se le haya caído, se puede decir que el resultado es muy digno. Así, tal cual.

El club de los buenos infieles es una película que hace una necesaria reflexión sobre este invento que nos hemos sacado de la manga llamado ‘monogamia’, por el que juramos amor eterno y exclusividad sexual a nuestra pareja, pero que tiene ciertos daños colaterales, como la pérdida del deseo de la propia pareja en cuestión. Y, por primera vez, vemos a un grupo de amigos que se lamenta de haber perdido la atracción por sus mujeres y de poner excusas para no tener que acostarse con ella, a la vez que confiesan a lo largo de la película sus ganas de llorar.

“Es curioso cómo se habla de las mujeres sin casi verlas en toda la película, y sin conseguir que nos sintamos ofendidas, y sin marcar la usual grieta que nos separa en cuestión de sexo y apetencia. Porque, admitámoslo, la monogamia es igual de dura para hombres y para mujeres”

Todo esto rociado por el fondo musical de La Frontera: El límite del bien y del mal. Un título muy apropiado para todos los aspectos de la película, porque el guión y los perfiles de los personajes están a puntito de caer en el tentador machismo y la fácil grosería, pero sin terminar de hacerlo –bueno, sí, en el momento en el que salen las prostitutas; una pena-. Y sumado a esto, el límite entre el bien y el mal de la factura de la película. Pero eso ya lo hemos comentado. Y repetiremos que, pese a la visible falta de presupuesto, el resultado es estupendo.

El club de los buenos infieles habla de un grupo de amigos del colegio que se reúne después de muchos años y se confiesa que ya… que ya no… que ya no hay pasión en su matrimonio. Y deciden poner fin a ello. Y, por el camino, nos regalan momentos de la frescura de Resacón en Las Vegas –con las mismas carcajadas en la sala-, y lugares comunes ya visitados en El Club de la lucha, Una noche fuera de control o incluso Cuando Harry encontró a Sally. Eso es, quizá, lo peor de la película. Eso y el peligroso límite sobre el que la película sobrevuela para no caer en tópicos machistas y vacíos.

El club de los buenos infieles’ se puede ver solo para pasar un buen rato, o para reflexionar –de forma gamberra, eso sí-, sobre el autocastigo de la exclusividad sexual, y la cobardía, y las dichosas mentiras”

Lo mejor, las escenas improvisadas y sus gags espontáneos, los cuales obtuvo su director con secuencias enteras sin dialogar, sin un esbozo siquiera, o emborrachando a los actores de verdad –ojo, que el mismo Lluís Segura afirma que las resacas eran verdaderas resacas, sin maquillaje siquiera-. Y, sí, es cierto: todo esto se consigue con actores que aguanten la cámara como lo hacen Fele Martínez, Hovik Keuchkerian, Raúl Fernández de Pablo, Juanma Cifuentes, Albert Ribalta, Jordi Vilches y Adrián Lastra (el cual no ocupa el mismo tiempo en pantalla que sus compañeros, pero cuyo nombre es entendible que haya que enfatizar, incluso en el cartel, colocándole en el centro).

Y es curioso cómo se habla de las mujeres sin casi verlas en toda la película, y sin conseguir que nos sintamos ofendidas, y sin marcar la usual grieta que nos separa en cuestión de sexo y apetencia. Porque, admitámoslo, la monogamia es igual de dura para hombres y para mujeres. Quizá en esto sí debería haber ahondado más su creador. Por lo demás, El club de los buenos infieles se puede ver solo para pasar un buen rato, o para reflexionar –de forma gamberra, eso sí-, sobre el autocastigo de la exclusividad sexual, y la cobardía, y las dichosas mentiras.

El club de los buenos infieles