14 febrero, 2017. Por

El Cartógrafo

El teatro como mapa de la realidad
El Cartógrafo

“Érase una vez el gueto. Mientras todo moría a su alrededor, un viejo cartógrafo se empeñó en dibujar un mapa, pero como sus piernas no le respondían, como no podía salir a buscar los datos que necesitaba, le pidió a una niña que lo hiciese por él…”

El teatro como mapa. El teatro como representación de una realidad y de un tiempo, de unos sentimientos y de unos anhelos, presentes o pasados. El teatro como guía para no olvidar. El mapa de la historia, el mapa de una época, el mapa del dolor y el horror. “En el teatro todo responde a una pregunta que alguien se ha hecho. Como los mapas”, dice Juan Mayorga a través de uno de los personajes de El cartógrafo, la obra que nos ocupa y que ocupa los espacios de la Sala Fernando Arrabal del Matadero de Madrid. Una mujer, Blanca, que intenta encontrar unos lugares ya desaparecidos y una niña (tal vez sólo una leyenda, tal vez un personaje real) que más de medio siglo antes dibuja a escondidas el tiempo y espacio que le ha tocado vivir: el gueto de Varsovia.

Mayorga, autor y director, se erige como el cartógrafo de este mapa vital trazado con inteligencia y dedicación. Los elementos para ello son pocos pero excepcionalmente eficaces: “Los mapas dejan ver unas cosas y ocultan otras. El mapa cubre y descubre, da forma y deforma. Si un cartógrafo te dice que es neutral, desconfía de él.”

Una puesta en escena austera, prácticamente desnuda de escenografía, que los intérpretes delimitan nada más empezar la función. El rojo como color primordial para todos los elementos (vestuario incluido) que aparecen en escena. Los que aparecen, porque Mayorga, como buen cartógrafo, decide qué quiere mostrar y qué es invisible a nuestros ojos (pero no a nuestra imaginación). Un diseño de iluminación excepcional y un no menos efectivo diseño sonoro conforman el sencillamente perfecto estilo de trazado.

Pero los elementos fundamentales en los que se centra Mayorga son la palabra y los intérpretes, que nos ofrecen la leyenda de este mapa para poder encontrar el camino. Blanca Portillo vuelve a demostrar que es una intérprete colosal, que puede hacer de niña o de anciana cautivando de igual manera. Su presencia y dominio de la escena son, sencillamente, impresionantes. Al igual que los de José Luis García Pérez, otro monstruo que, con su ronca voz, nos sumerge en las historias cartográficas que cuenta ese abuelo lleno de sabiduría. Ambos interpretan a la pareja del presente, a niña y abuelo del pasado y a multitud de personajes más en un virtuoso juego interpretativo en el que jamás se pierde el camino (y ya sólo eso es meritorio).

Mayorga vuelve a demostrar que es un dramaturgo (y director) de una inteligencia excepcionales. Sus textos, dotados de un estilo cerebral y perfectamente estructurados, son un prodigio que evita la emoción fácil, labores de ingeniería que apelan al intelecto más que al corazón (aunque no quiere decir que a través del uno no se pueda apuntar al otro). Mayorga se presenta como el perfecto cartógrafo teatral y ha trazado su fascinante mapa contra el olvido. Porque como dicen en la función: “No basta con mirar. Hay que hacer memoria.”

El Cartógrafo