24 marzo, 2017. Por

El Bar

‘El señor de las moscas’ para la Plaza de los Mostenses
El Bar

Podrían vender pepitos de ternera a 2 €, copazos a 3,50 €, poner pistachos de tapa y tener encendido Telemadrid todo el día; pero El Bar de Álex De la Iglesia, aunque se le parezca mucho estéticamente, no es el Palentino: es la centralita en la que consigue combinar comedia grotesca, retrato social, cine claustrofóbico y reflexión filosófica. ¿Una de sus películas más completas en cuanto a contenido que ha hecho nunca, quizás?

UNA EXPLOITATION NEGRA PARA UNA ESPAÑA REPRESENTATIVA

Un hipster que no se entera de nada mientras mira atento su iPad y a la puerta de un bar están matando gente. Una pija que no suele entrar a tabernas lo hace para cargar el móvil y poder avisarle a su cita de Tinder que está llegando pero que se está quedando sin batería. Un “empresario” argentino haciendo negocios maletín en mano y móvil en la otra. Un policía retirado apura su bebida sin dejar de cascar rabia. Un mendigo amigo de la casa entra a agitar el gaznate. La dueña del bar meneándose a un lado y otro de la barra, siendo encantadora con los seres más terribles y terrible con los seres más encantadores. El camarero bonachón le da a la fritanga sin dejar de ser agradable ni un segundo. Una ludópata de barrio pide cambio de 50 € para aniquilarlo en la tragaperras.

Todos ellos son la corte de protagonistas que pueblan el Bar Amparo, o El Bar de Álex de la Iglesia; una suerte de espacio homólogo al Palentino de Malasaña pero ubicado en la Plaza de los Mostenses, a escasos metros del Bar La Selva, del Mercado de Mostenses o del mítico karaoke subterráneo del párking. Pero además de ser los ocho caracteres que se quedan encerrados en ese bar ante la incomprensible matanza de viandantes y desapariciones que se suceden a la puerta del bar, los ocho caracteres son también una España representativa: de las clases más bajas a las altas, del hedonismo pasota al compromiso político, del elixir de lo cotidiano a la fuerza de la costumbre.

El cineasta vasco consigue combinar comedia negra, exploitation y encerrona (algo que ya hizo antes en varias de sus películas), crítica social y una suerte de manual psicológico para la supervivencia: ocho personas de generaciones, entornos y ambientes diferentes tendrán que ponerse de acuerdo para sacar adelante un cometido tan básico como seguir vivos. Un debate a fuego por descubrir por qué están en esa situación y cómo poder llegar al quórum. Algo parecido a lo que sucede con España, pero sin alianzas con premeditación y alevosía como las de algunos partidos políticos.

‘EL SEÑOR DE LAS MOSCAS’ SEGÚN EL SIGLO XXI

Mucho se habla de la forma de la película: esa claustrofobia, esas cuatro paredes sin abrirse durante los 100 minutos de metraje, esas ocho personas casi apelotonadas entre sí intentando adivinarse mutuamente los pensamientos… Pero la realidad es que El Bar es mucho más que un film que genera tensión, nervios y gritos en una encerrona técnica.

La nueva película de Álex de la Iglesia es bastante más profunda: no solo guarda un discurso político evidente desde el planteamiento mismo de ese juego de rol que muta en debate entre los ocho protagonistas para conseguir un acuerdo de iguales; sino que también es un film que habla sobre la confianza, la solidaridad y la humanidad.

No es raro encontrar puntos comunes con obras clásicas como El señor de las moscas o Rebelión en la granja. Y es que El Bar es una centralita emocional con una dialéctica tan política como psicológica, una suerte de Método Grönholm aplicada a un entorno grotesco, en donde la grasa y el sonido de la tragaperras se funde con el tráfico de la Gran Vía pero también con la intolerancia, la lucha de clases, la ponderación del egoísmo y las maniobras de escapismo de un grupo tan plural y en conflicto con sí mismo como dispuesto a descubrirse ante los demás con sus más bajos instintos.

‘LA CABINA’ VS. ‘BURIED’ VS. ÁLEX DE LA IGLESIA

Del mismo modo que hay puntos comunes casi terapéuticos y filosóficos con las obras recién mentadas, El Bar es como una suerte de epopeya que se ata en corto tanto con La Cabina en la que cuarenta y cinco años atrás encerraba en plena calle a José Luis López Vázquez pero que mantiene un punto común con esa sensación de claustrofobia enfermiza que planteó Rodrigo Cortés en la económica (por economía de medios, y no por presupuesto) Buried; pero Álex De la Iglesia también se mira a sí mismo.

Y lo hace porque tanto la fallida Mi gran noche como otros films-insignia suyos como La Comunidad u 800 Balas también planteaban esa “política del encierro”, ese espacio único en el que deberían gestionar sus movimientos los protagonistas para intentar salir con vida de allí; pero también regresa a aquellos iconos de culto que marcaron la relación de Álex De la Iglesia con la política de barrios y parques de Madrid, con esa conexión con la zona centro que nadie podrá olvidar nunca de El día de la bestia.

BATALLA INTERPRETATIVA

Este planteamiento, a caballo entre la comedia negra, el cine político, la reflexión filosófico-dialéctico, la claustrofobia técnica y el auto-homenaje no sería posible si los protagonistas flaqueasen. Y no lo hacen.

Especialmente destacados son los caracteres que protagonizan una Blanca Suárez en su mayor proceso de mutación interpretativa de toda su carrera; un sorprendente Jaime Ordóñez que vuelve a encontrar gracias a Álex De la Iglesia (ya le dio papeles fundamentales en Mi gran noche y Las brujas de Zugarramurdi) consigue abrazar un papel semi-protagónico que lo posiciona como uno de los mejores actores de su generación; un Mario Casas que vuelve a reivindicarse como un actor especialmente versátil (aquí de hipster; en Mi gran noche de cantante melódico… suma y sigue); y una imponente Terele Pávez, tan natural como la Loli del Palentino pero tan embrujada como aquella bruja de zugarramurdi de hace unos años atrás.

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