16 noviembre, 2017. Por

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¿Es moralmente lícito manipular la vida de las personas para convertirlas en material de ficción?
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Muchos ya la pudieron ver en la Sección Oficial de la pasada edición del Festival de San Sebastián. O en el Toronto International Film Festival, donde ganó el premio Fipresci. El autor es una de las películas españolas más esperadas del año y Martín Cuenca uno de nuestros cineastas más personales e interesantes. Con esta película ha logrado concretar una propuesta muy sugerente y atractiva para un más que amplio espectro de público.

El director y su co-guionista habitual, Alejandro Hernández, han adaptado la primera novela de Javier Cercas, El móvil, en cuyo prólogo puede leerse: “Lo cierto es que decidí no volver a casa de mis padres y quedarme en Barcelona, en un piso oscuro y desastrado de la calle Pujol… Desde la adolescencia soñaba en secreto con ser escritor, pero no había publicado una sola línea y, que yo recuerde, apenas había escrito un par de cuentos más o menos legibles; a pesar de ello —o quizá precisamente por ello— al volver a Barcelona decidí que había llegado el momento de empezar a escribir en serio”.

“El público es un voyeur del día a día de un hombre que a su vez es un voyeur del día día de sus propios vecinos. El cine es capaz de convertir algo tan trivial como es ver a alguien frente a su máquina de escribir, en una experiencia a la altura de ‘El resplandor'”

 

Esa realidad, la de la soledad de alguien encerrado escribiendo, es retratada por Martín Cuenca de una manera precisa, realista y dinámica. El público es un voyeur del día a día de un hombre que a su vez es un voyeur del día día de sus propios vecinos. Un ejercicio de meta-voyeurismo cuyo cómplice es Álvaro, según Cercas: “un personaje heroico a la vez que ridículo, cómico y trágico, con un punto diabólico y angelical” al que da vida Javier Gutiérrez, uno de esos actores que, a fuego lento, han ido erigiéndose como uno de los grandes nombres de la interpretación en nuestro país.

El cine es capaz de conseguir algo con lo que la realidad no puede competir: convertir algo tan, a priori aburrido y trivial, como es ver a alguien frente a su máquina de escribir, en una experiencia a la altura de El resplandor, Barton Fink o Misery. Gutiérrez es un aspirante a escritor. Un notario que vive en Sevilla a la sombra del éxito literario de su mujer, María León. Él también sueña con ser escritor, de hecho, para ello acude a las clases de escritura creativa que imparte un, como siempre, impresionante Antonio De La Torre.

“¿Es moralmente lícito manipular la vida de las personas para convertirlas en material de ficción?”

La finalidad de la película no es hacer una profunda reflexión sobre el arte de crear, aunque también lo sea. A los guionistas les interesa plantear una pregunta, ¿es moralmente lícito manipular la vida de las personas para convertirlas en material de ficción? Mientras las respuestas llegan, el espectador disfruta de un film enérgico, atrevido, de gran factura visual, ritmo ágil y con un buen puñado de brillantes gags.

Los créditos o lo forzado de algunas localizaciones como la del vecino anciano o la del final, son hándicaps estéticos que devalúan la sensación final del visionado. El segundo pero es que quizá se le exige demasiado a un tercer guionista, el público, a que resuelva algunos de los problemas inherentes al guión.

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