30 octubre, 2018. Por

El Ángel

El mayor icono de la muerte pop en Argentina se hace película
El Ángel

Tenía pinta de ser el chaval aplicado de su clase, un adolescente cool que descubrió el rock and roll en plena era beat en un país sumido en un proceso cívico-militar que gobernaba Argentina a (sic) golpe de autoridad mientras Perón calentaba en el banquillo para regresar a gobernar y despedirse antes de que se inicie el proceso político-militar más negro de la historia del país sudamericano. Incluso, sus pintas de angelito y su imagen de eterno púber hacían pensar que, a sus 19 años, bien podía tener 12 o 13.

Sin embargo, Carlos Robledo Puch, hijo de una familia de clase media de la Argentina de los primeros años ’70, no solo no fue ese perfecto mirlo blanco que hacían presagiar sus facciones, ni tampoco un angelito rebelde a lo Macaulay Culkin: fue uno de los asesinos seriales más sanguinarios de la historia de su país; y su historia, conocida a lo largo de generaciones, lo convertirían en una suerte de Charles Manson argento, o del muñeco diabólico Chucky, pero de carne y hueso.

Han pasado más de cuarenta y cinco años desde que el sanguinario post-adolescente Robledo Puch, un ladrón que robaba y mataba por el mero placer de hacerlo, sin planes de enriquecimiento ni tampoco de misiones robinhoodescas, se convertiría, popularmente, en El Ángel Negro, El Ángel de la Muerte o Azrael. Los diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, una tentativa de violación, un aviso deshonesto, dos raptos, dos hurtos y un intento de fuga mantienen entre rejas a un Robledo que cumple prisión efectiva desde febrero de 1972.

«Los diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, una tentativa de violación, un aviso deshonesto, dos raptos, dos hurtos y un intento de fuga mantienen entre rejas a un Robledo que cumple prisión efectiva desde febrero de 1972. Ahora ha vuelto a convertirse en noticia, y no por un nuevo rechazo de libertad condicional por parte de la justicia argentina (lleva cuatro pedidos revocados), sino porque la imagen de ‘asesino pop’ ha saltado a la gran pantalla a través de un biopic»

Pero, ahora, ha vuelto a convertirse en noticia, y no por un nuevo rechazo de libertad condicional por parte de la justicia argentina (lleva cuatro pedidos revocados), sino porque la imagen de ‘asesino pop’ ha saltado a la gran pantalla a través de un biopic. El Ángel relata las andanzas de Robledo Puch. Unas andanzas que se han saldado con una de las condenas más ejemplares de la historia de su país, y que incluso lo mantienen apresado por delante de otros psicóticos asesinos seriales que, tras pasar décadas en la cárcel, ya han vuelto a ver la luz del sol.

La historia de este icónico ‘asesino pop’ encuentra un álter ego perfecto no solo por la similitud física con el personaje real de la historia, sino también por esa manera de proyectar la falta de escrúpulos y, a su vez, esa sensación de inocencia adolescente que consigue encarnar un Lorenzo Ferro que no solo debuta como actor en una de las propuestas más internacionales del cine argentino de estos últimos años, sino que, lo relanza como una de las jóvenes promesas del cine de su país en todo el mundo tras haber pasado por festivales como el de Cannes, Toronto, San Sebastián o Santiago de Chile.

Luis Ortega, que en los últimos años ha conseguido dirigir con solvencia algunas de las historias de delincuencia y bajos fondos de la Argentina de ayer (la miniserie Historias de un clan, a partir del biopic El Clan) y hoy (es uno de los directores del último gran fenómeno televisivo en Argentina: la serie El Marginal para Netflix, sobre la vida en una cárcel argentina), consigue proyectar un relato bien conocido en la sociedad argentina, pero dotándolo de un ritmo narrativo trepidante, tan cerca del sarcasmo como de la locura, presentando alianzas esquizofrénicas (la de Robledo Puch y su aliado Ramón Peralta, interpretado por el Chino Darín, y basado en Jorge Ibáñez; o la de los padres de Ramón, interpretados por Mercedes Morán y Daniel Fanego, dos tótems de la interpretación argentina).

«Tenía pinta de ser el chaval aplicado de su clase, un adolescente cool que descubrió el rock and roll en plena era beat en un país sumido en un proceso cívico-militar que gobernaba Argentina. Sin embargo, Carlos Robledo Puch fue uno de los asesinos seriales más sanguinarios de la historia de su país: una suerte de Charles Manson argento, o del muñeco diabólico Chucky, pero de carne y hueso»

Hay puntos de cercanía con el cine sanguinario de Quentin Tarantino o Robert Rodríguez (es un personaje que, de haberlo conocido alguno de ellos, lo hubieran llevado antes al cine), pero también con cierta psicología del thriller de acción y de la no-comedia negra esquizoide que domina a la perfección Martin Scorsese. Pero El Ángel destaca no solo cuando consigue colarse en los momentos de intimidad de la cabeza de “Carlitos” (muy diferente a nuestro Carlitos Alcántara), sino también cuando consigue articular un diálogo historiográfico con la Argentina represiva y curiosamente casi-moderna de los primeros años 70 (consiguiéndolo gracias a las canciones de Pappo’s Blues o La Joven Guardia, pero también a la ambientación).

En cualquier caso, El Ángel consigue trasladar la historia de aquel Carlos Robledo Puch que sentó en la opinión pública la idea de que se podía ser ladrón y asesino por pulsión y por vocación, como aquel Álex de La naranja mecánica, y no necesariamente por amasar dinero.

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