20 junio, 2018. Por

Edith Södergran

La virgen moderna que encontró su alma
Edith Södergran

“Buscabas una flor
y encontraste un fruto.
Buscabas una fuente
y encontraste el mar.
Buscabas una mujer
y encontraste un alma
Estás decepcionado.”

Así de potente termina el segundo poema de la reedición que desde Nórdica Libros han hecho de la poesía completa de Edith Södergran, dándole título, Encontraste un alma, hace unos meses. Nacida en San Petersburgo en 1982, Edith fue ignorada en un principio con Poemas (1916), poemario del que formaría parte este poema. Pasaría desde la adolescencia a vivir en Raivola, en la frontera de Rusia y Finlandia, donde estudiaría alemán.

Pese a ello elegiría después escribir en el idioma que se hablaba en su familia, aunque su destreza no fuera la misma por ser un idioma que no estudió como el alemán. De esta manera, pareciera que la pureza con la que quisiera expresar sus pensamientos requiriera la misma pureza de los primeros afectos vinculados al ambiente familiar de la infancia, de una forma que describiría muy bien en la nota introductoria que incluiría en La Lira de Septiembre (1907), obra que le hará popular en Finlandia:

«Mis poemas deben tomarse como descuidados bocetos a mano».

Portada de ‘Encontraste un alma’, publicado por Nórdica Libros

Esta nota introductoria le traería problemas ya que sería bastante polémica y malinterpretada por su salvaje individualidad, llegando a ser su salud mental cuestionada por algunos psiquiatras de la época. Por este motivo, Edith se mantendrá apartada del circulo literario de Helsinki, entereza que se verá reflejada en su actitud.

«La seguridad que tengo con mi misma se debe a que he descubierto mis dimensiones.
No me conviene hacerme menos de lo que soy.»

Edith Södergran conocería pronto la enfermedad, como era habitual en esa época. Su padre contrajo tuberculosis en 1904 y sería internado; cuatro años más tarde sería ella la que tendría que ser internada por haber contraído la enfermedad pasando unos años de su vida en dos sanatorios; y quizá sería esta razón (la de una salud tan frágil) la que la llevaría a preguntarse tanto por la sustancia de la felicidad.

Calificada como megalómana, su poesía también abarca preguntas sobre la divinidad, lo místico, hasta ahondar en la temática de la identidad femenina -como bien señala Elena Medel en su prólogo-. Por doquier, además aparece una reflexión sobre el propio cuerpo, incluido un poema ciertamente extraño, titulado Vierge Moderne («No soy una mujer. Soy un neutro»), y que quizá pueda referirse a la inmensidad de un espíritu que sólo se ve saciado en la misma imagen del alma, lejos de la materialidad, cosa confirmada en algunos otros poemas como Instinto («Mi cuerpo es un misterio»). Un cuerpo que la traicionará, que contendrá sus ansias de vivir y la debilitará.

“Calificada como megalómana, su poesía también abarca preguntas sobre la divinidad, lo místico, hasta ahondar en la temática de la identidad femenina”

Y de ahí hasta bordear la filosofía -influenciada como estaba por Nietzsche-, que llega a reflejarse en La Lira de Septiembre, escrito durante la revolución rusa de Octubre; La sombra del futuro; o el apartado de Observaciones diversas, donde lanza reflexiones sobre el intelecto, el bien y el mal y la transcendencia que preludian un nuevo tipo de sensibilidad.

Su poesía, de hecho, sobrevuela pensamientos pre-feministas, una voz que reflexiona sobre la situación de la mujer una vez comparte vida con el hombre, y la libertad que representan el mundo de las “hermanas” a las que a menudo evoca en sus poemas Nosotras las mujeres, Lo indecible viene de camino a nosotras o Misterio de Primavera, en el que se alude a una cierta mística de la feminidad:

“Hermana mía, […] quiero llevarte al rincón más plácido del bosque:
allí nos confesaremos la una a la otra cómo vimos a Dios.”

Una fraternidad que extenderá a toda la humanidad con frases como: Como no tenemos patria, podríamos ser un pueblo”. Uno de sus mejores poemas sobre eso es El gran jardín, donde deja recados como: “Somos todos caminantes sin techo / y somos todos hermanos”, poema que enviará a su amiga Hagar Olsson junto a una carta luminosa donde cuenta sus penurias intentando obtener dinero vendiendo ropa interior vieja.

“Su poesía, de hecho, sobrevuela pensamientos pre-feministas, una voz que reflexiona sobre la situación de la mujer una vez comparte vida con el hombre, y la libertad que representan el mundo de las “hermanas” a las que a menudo evoca en sus poemas”

Así pues, su poesía reflexiva y honesta vuelve al final de su vida hacia los árboles que mencionaba al principio de Poemas (“Los árboles de mi infancia se yerguen jubilosos a mi alrededor”) previendo ya su muerte; versos que recuerdan al posterior “Estos días azules y este sol de la infancia” de Antonio Machado.

Edith Södergran morirá con apenas 31 años y en absoluta pobreza. Su influencia se vería poco a poco reconocida, hasta llegar a ser junto a Katri Kali una de las renovadoras de la poesía finlandesa; y en poco tiempo Raivola será un lugar de peregrinación para sus seguidores.

Finalmente, la antología acaba con su Llegada al Hades, como en los versos que están en su tumba:

“Aquí está la orilla de la eternidad,
aquí ruge la corriente
y en los arbustos toca la muerte
su misma melodía monótona.”

Edith Södergran