29 mayo, 2018. Por

Disobedience

El director de ‘Una mujer fantástica’ firma un certero retrato del judaísmo ortodoxo pero ineficaz historia de amor
Disobedience

Justo después de ganar su primer Oscar con Una Mujer Fantástica (2017) Sebastián Lelio se lanza a adaptar la novela Disobedience de Naomi Alderman. Y lo hace con la expectación por las nubes al poner a Rachel Weisz y Rachel McAdams a interpretar a dos mujeres unidas por una mutua atracción romántica y física (decir que ambas interpretan personajes lésbicos, una vez vista, me parece impreciso). En España la campaña publicitaria de Disobedience le ha salido gratis a Sony, ya que la distribuidora tuvo que recular y estrenarla en un puñadito (pequeño) de salas tras haber sido duramente criticada en redes sociales por su decisión de no llegar a proyectarla en nuestro país.

Tras varios años afincada en Nueva York, Ronit (Rachel Weisz) ha de regresar a su Londres natal para asistir al entierro y el funeral de su padre, uno de los rabinos más respetados entre la comunidad judía ortodoxa de la ciudad. El regreso no sólo le obligará a enfrentarse al tormentoso recuerdo paterno, sino que pronto descubrirá que sus dos amigos más apreciados de su juventud, Esti (Rachel McAdams) y Dovid (Alessandro Nivola) están ¿felizmente? casados. Con el paso de los días y las emociones asociadas al duelo nada, ni siquiera el matrimonio con fines reformadores, parece poder evitar que aquéllo que hubiera entre Ronit y Esti vuelva a aflorar entre ellas.

“El mimo artístico con el que Lelio narra tan asfixiante historia no logra explicar que el núcleo de ésta esté tan desconectado emocionalmente del espectador”

Uno podría pensar que el problema de Disobedience ha sido, en realidad, su campaña publicitaria, empeñada en vendernos una historia de amor apasionado y prohibido entre dos mujeres atrapadas entre sus respectivas sexualidades y la religión. Y, aunque es cierto que el romance que se nos vende no está a la altura del que uno acaba viendo proyectado sobre la pantalla de cine, el problema es que queda claro que la historia, el opresivo marco en el que se desarrolla y la calidad de las interpretaciones lo tenían todo a favor para que lo hubiera estado. El mimo artístico con el que Lelio narra tan asfixiante historia no logra explicar que el núcleo de ésta esté tan desconectado emocionalmente del espectador.

Durante algo menos de dos horas el director chileno hila una angustiosa sucesión de silencios incómodos, tensiones y situaciones desafiantes que se presentan con una precisión y un realismo que contrastan con el desapasionado trazo de brocha gorda con el que se trata de dibujar la relación que, se supone, es el centro de la trama. Sebastián Lelio parece muchísimo más interesado en mostrarnos en todo su esplendor los detalles de la liturgia y costumbres judías ortodoxas que en lo que sea que une a Ronit, Esti y Dovid. De este modo, le sale un retrato sensacional, maduro, bello y objetivo de una comunidad religiosa peculiar y poco conocida. Pero sus personajes quedan cojos y, si me apuran, mancos.

“Sebastián Lelio parece muchísimo más interesado en mostrarnos en todo su esplendor los detalles de la liturgia y costumbres judías ortodoxas que en lo que sea que une a Ronit, Esti y Dovid”

Parte del problema es que los tres protagonistas están tan pobremente construidos que no tienen más remedio que actuar de manera errática o, al menos, poco comprensible para el espectador. Se supone que los tres estuvieron unidos por una intensa amistad en la juventud. Pero de ella solamente quedan hilos cortantes y tensos entre todas las partes implicadas. La complicidad que debería haber entre los viejos amigos no aparece por ningún sitio entre Ronit y Dovid; y la adoración que éste se supone que siente por Esti tampoco llega a la pantalla. En principio todas estas relaciones frías y desnaturalizadas se tienen que explicar en el marco de opresión religiosa en el que se desarrolla el relato pero, por muy extraña que sea la comunidad en la que los personajes viven su historia, no llega a hacer que estas relaciones sean creíbles.

El judaísmo queda mucho mejor representado que el amor en Disobedience

Por supuesto, la más desdibujada de todas es la que más importa: la de Ronit y Esti. Que, para empezar, tarda demasiado en ponerse en marcha. Disobedience pierde muchísimos minutos en armar cierto juego de miradas culpables entre las dos protagonistas y en mostrarnos lo sorprendida que está Esti al encontrar a sus amigos casados, cuando al espectador le basta mirar el póster (ya no digo el trailer) para saber qué es lo que nos pretenden contar. Pero, a pesar de tomarse tanto tiempo, Lelio no lo utiliza para apuntalar las personalidades de sus protagonistas. Solamente deja pasar los minutos mostrándonos lo asfixiante e ilógica que es la comunidad en la que a ambas les tocó crecer.

“Weisz y McAdams transitan como de puntillas y casi mecánicamente por los ritos del contacto físico”

Para cuando el conflicto por fin se pone en marcha, lo hace de manera desapasionada y poco convincente. ¿Se pretende que creamos que al menos una de ellas lleva años aferrada al recuerdo del amor juvenil que compartieron? Weisz y McAdams transitan como de puntillas y casi mecánicamente por los ritos del contacto físico (¿en serio besas con tan pocas ganas a alguien a quien llevas años ansiando ver? ¿de verdad?). Por el camino, sus personajes toman decisiones absolutamente ilógicas e infantiles cuya única finalidad es que la trama avance (a trompicones). No se entiende que un director que tan bien ha retratado la feminidad en el pasado muestre tan poco interés por sus protagonistas en este caso.

El ¿arte? de besarse flojito

De este modo ambas llegan a la escena que más ha dado de qué hablar de Disobedience y en torno a la cual gira la gran parte de la película: la de sexo que mantienen en una habitación de hotel. Sin duda uno de los momentos más defendibles de la película: tierna, original, muy física aunque sin parecer exagerada (excepto por ESE detalle) pero a la que, inexplicablemente, le sobran toneladas de ropa (¿habría tanta ropa si la escena fuera heterosexual? ¿seguro?). Pero, a pesar de la solvencia de la escena, el espectador no es capaz de comprender de dónde demonios sale tanta intimidad entre las dos, ya que durante toda la película los vínculos que las unen son tenues, desapasionados y precarios.

“A pesar de la solvencia de la escena de sexo, el espectador no es capaz de comprender de dónde demonios sale tanta intimidad entre las dos”

Supongo que la idea de este momento de intimidad es que sea catártico para romper con las frialdades anteriores. Pero no llega a serlo en modo alguno. Así, ni siquiera tras ella se siente uno más unido a las protagonistas. ¿Qué hará Esti con su vida? ¿Se resignará a ser “infelices para siempre”? ¿Se quitará la vida? ¿Huirá? Y Ronit, ¿qué siente? ¿Por qué le importa tanto la ausencia de su padre? ¿Es realmente feliz? ¿Cuál era su verdadero motivo para volver a Londres? El problema es que ni siquiera en los supuestamente emocionantes compases finales de Disobedience le importan demasiado estas cuestiones a uno.

Aunque está claro que no es un matrimonio feliz, no se entiende la manera en la que Esti lo acepta

Tampoco se logra que Dovid nos dé pena, rabia o nos despierte algún tipo de animadversión. Es una especie de monigote que está ahí sin aportar nada a la trama, cuando su drama podría ser verdaderamente poderoso. Pero ni él siente nada por Ronit o Esti ni el espectador siente nada por él. Al final de la película parece que está atrapado en algún tipo de conflicto religioso consigo mismo, pero el tratamiento ha sido demasiado difuso durante las casi dos horas de película como para que nos afecte algo de esta angustia.

“Alguien debería haberse parado a pensar si entre Rachel Weisz y Rachel McAdams había algo de química”

Al final Disobedience nos deja frustrados, con demasiadas dudas sobre una historia que, para funcionar, debería ser más clara, más completa. Sale uno de la sala con la sensación de que, a pesar de contar con la sensibilidad artística, con un reparto de altos vuelos (aunque alguien debería haberse parado a pensar si entre Rachel Weisz y Rachel McAdams había algo de química) y con un público cada vez más receptivo ante las historias LGTB, se ha presenciado una enorme oportunidad perdida. Disobedience se pasa de frenada en su retrato costumbrista religioso y olvida que el romance, para serlo, tiene que emocionar. Aunque sea un poco.

Disobedience