12 junio, 2018. Por

Diotima

Convirtiendo en rito y ceremonia telúrica la palabra de María Zambrano
Diotima

“Me habían llevado a creer que necesitaban oírme, que les fuera trasvasando ese saber que, como agua, se escapa imperceptible de toda mi persona, según decían; no es una mujer, es una fuente. Y ahora recuerdo, la memoria se me va convirtiendo en ley, que yo misma me fui volviendo cada vez más hacia la fuente original de donde mi saber provenía, de donde lo había recibido cayendo gota a gota. Quizás durante tiempos y tiempos estuve casi seca. Y alguien colocó piadosamente una piedra blanca de esas que yo amaba desde siempre, para que la herida en la tierra que es todo manantial que ya no mana, no fuese visible. Y aquel día fui muerta y sepultada, mientras yo, sin apercibirme, atendía inmóvil al rumor lejano de la fuente invisible”

Goteo de unas lunas de hielo que se desprenden de su ser. Oscuridad. Sólo el sonido de este repiqueteo al caer. Un leve fulgor en las alturas, sobre las vigas de La Puerta Estrecha. Y otro fulgor, el que se desprende de una estufa a nuestras espaldas, calentando este espacio místico que parece de otro tiempo, luchando contra el hielo pendiente.

En silencio y abrazados por la oscuridad, los espectadores entran en un estado hipnótico y necesario previo al ritual. Hasta que Diotima de Mantinea a través de Eva Lasheras resucita, sale de la tierra por fin (o en este caso se libera del sudario desde las alturas) como tantas que deberían de dejar de seguir enterradas (como la misma Antígona) y que, gracias al texto sagrado de la filósofa María Zambrano nos guía y acompaña a través de sus reflexiones, de la palabra, de la luz y de la oscuridad de una Vieja Europa de la que, hace miles de siglos, la mujer fue sabedora y representación simbólica de lo Humano y lo Universal, ahora dejado de lado.

La compañía de Eva Varela Lasheras, en esta ocasión con la colaboración invitada de Raúl Iaiza en la dirección, nos introduce en este universo repleto de símbolos pero que es necesario transitar a través de otros caminos diferentes a los de la racionalidad si uno no quiere perderse en el viaje.

Diotima ya lo dice: “… yo nunca he pensado, hay que decidirse a ello. Y ahora me doy cuenta de que todos mis movimientos han sido naturales, atraídos invisiblemente como las mareas que tanto conozco, por un sol invisible, por una luna apenas señalada, blanca, la luna que nace blanca sobre un cielo azulado continuación del mar; la luna navegante y sola reina destituida, reina más que Diosa de un mundo que fue y se perdió.” Ya la propia Zambrano/Diotima da las pistas de cómo hay que acercarse a este texto. Sin pensar. O al menos sin hacerlo de la manera en la que estamos acostumbrados (siguiendo así la razón poética de la filósofa).

“La ilimitada presencia de Eva Varela Lasheras es el medio para un objetivo que esquiva cualquier convención teatral. Convertir en ceremonia, telúrica, la palabra de Zambrano

Y es que si uno se deja empapar por estas gotas de conocimiento y tiempo que caen de esas lunas heladas, por las palabras de Diotima/Zambrano/Lasheras y por su simbolismo, lo hermético se abrirá a la vida. “Y la vida se abre allí donde algo comienza a latir desde sí mismo, a respirar en su propio tiempo, allí donde se dibuja un hueco, una caverna temporal creada por un pequeño corazón, un centro. Pero hay un pulso en todo; la noche lo descubre”.

Lasheras ya había demostrado que es una auténtica bestia parda. Pero ahora da un paso más, convirtiéndose en sacerdotisa escénica. Su ilimitada presencia, perfectamente generada aquí con la compañía en la dirección de Raúl Iaiza, es el medio para un objetivo que esquiva cualquier convención teatral. Convertir en ceremonia, telúrica, la palabra de Zambrano. La poesía. Las imágenes simbólicas. Y la música, no nos olvidemos. Especialmente trascendental aquí, puesto que, como dice Diotima, “La música no tiene dueño. Pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida”. Propuesta mística, con un estudio y uso profundo de los armónicos y un objetivo sanador para abrir canales y posibilitar una comunicación distinta.

Diotima de Mantinea, como ya Platón ofreció en El Banquete, cuando Sócrates la presenta en su discurso final como una sacerdotisa que “…fue la que precisamente me enseñó las cosas del amor”, gracias a Zambrano, Lasheras e Iaiza, vuelve a hablarnos de esas cosas. Las del amor, las de la sabiduría, las de lo humano, las de la vida y la muerte y mil más, poniéndonos ante esta fuente y empapando con sus gotas. Transformándose en rito.

Diotima