26 julio, 2018. Por

Ding Dong

Un vodevil recuperado a lo ‘Matrimoniadas’ para masacrar a la clase burguesa
Ding Dong

Los timbres suenan al aire libre en la terraza del Teatro Galileo con Ding Dong, comedia de un maestro (paradójicamente no excesivamente conocido por estos lares) del vodevil francés Georges Feydeau. Y los encargados de llenar de teatro las noches a la fresca son Gabriel Olivares y su TeatroLab Madrid, como ya hicieron el año pasado con Cuatro corazones con freno y marcha atrás.

Este verano, de España pasan a Francia en salto pirenaico, brindando una propuesta de fondo erótico-festiva sin mayor pretensión que la de hacer pasar una velada agradable al respetable. Convenientemente acompañada por un tintito de verano y algo de picar, bien sûr.

He aquí la sinopsis: «Pontagnac, casado pero mujeriego incorregible, persigue a Lucienne hasta su casa declarándole su amor. Allí se encuentra con que el marido de ésta es Vatelin, un viejo amigo. Vatelin disculpa a Pontagnac, pero la situación se complica al llegar, por un lado Redillon, otro pretendiente de Lucienne, y por otro lado, la esposa de Pontagnac, de la que él había dicho que se encontraba convaleciente fuera de París. Para terminar de enredar, aparece Maggy, antigua amante inglesa de Vatelin. El lío está armado».

«Antecendente chic de las Matrimoniadas de José Luis Moreno, Feydeau juega con las clásicas puertas (aquí toboganes), malentendidos, idas, venidas, y los mecanismos del deseo más primario, pareciendo decididísimo a masacrar a la clase burguesa sin piedad»

Antecendente chic de las Matrimoniadas de José Luis Moreno, Feydeau juega con las clásicas puertas (aquí toboganes), malentendidos, idas, venidas, y los mecanismos del deseo más primario, pareciendo decididísimo a masacrar a la clase burguesa sin piedad. Seres de una bajeza moral elevada, escondida entre aceites y plumas, se persiguen como perros en celo en una sofocante noche de verano. Esto, básicamente, es lo que es Ding dong. Aquí no hay confusión, puesto que el mismo Olivares ya especifica en el programa de mano: «El vodevil no tiene profundidad psicológica ni intención moralizante. La comedia mueve a la empatía del espectador, la farsa mueve a la vergüenza, de ahí a la risa.»

La puesta en escena es dinámica hasta el paroxismo (como viene siendo habitual en los montajes de TeatroLab), de una fisicidad extrema. El reparto del que pudimos disfrutar (hay algunos intérpretes que se alternan, pero aquí están todos los nombres: Alba Loureiro, Javier Martín, Sonia Sobrino / Mar Mandli, Luis Visuara, Alejandro Cueva / Abraham Arenas, Andrés Acevedo / Félix Romero, Ariana Bruguera / Teresa Alonso, Eduard Alejandre / Juan Ortega) realiza una labor espléndida y entregada. Extenuante. Estupendo trabajo coral, incluso aunque alguno de los registros resulte en exceso afectado y pasado de moda (de todas maneras, está clarísima la propuesta de búsqueda y captura del estereotipo).

El texto tal vez ya no goza de la lozanía y cínica gracia que cuando fue escrito hace siglo y pico, resultando algo anacrónico para nuestros gustos, pero el caso es que llega a dibujar sonrisas en los rostros de los espectadores. La divertida escenografía intenta ubicarnos en un parque acuático (o simplemente infantil) lleno de toboganes y plataformas y el interesantísimo vestuario juega de forma excéntrica pero sencilla a la par con el concepto de traje de época y estilo sport, en un mix de formas clásicas y tejidos de chándal más que original para esta partida de ping pong llena de pelotas rebotando partout.

«El texto tal vez ya no goza de la lozanía y cínica gracia que cuando fue escrito hace siglo y pico, resultando algo anacrónico para nuestros gustos, pero el caso es que llega a dibujar sonrisas en los rostros de los espectadores. La parte negativa es que uno no se identifica con ninguno de los personajes»

La parte negativa es que, efectivamente, uno no se identifica con ninguno de los personajes. Y eso, si la función no es un verdadero reloj suizo (o uno al menos con la hora de nuestros tiempos) puede resultar en desconexión. El descanso alarga también la duración de una propuesta que, tal vez con un poco de tijera, podría llegar a la efervescencia de las burbujas de champán francés. Aún así, la función coge ritmo en su segundo tramo, la brisa estival corre por doquier agitando los banderines verbeneros y las sonrisas permanecen en las caras de unos espectadores que agradecen ir a una terraza y poder disfrutar de algo más que unas cañas.

Ding Dong