2 abril, 2018. Por

Desatadas

Una obra que consigue llevar al teatro a gente que no acostumbra a ir
Desatadas

La Gran Vía madrileña está invadida por los presentadores de Telecinco. Y más cocretamente, por los de Sálvame. Así es. No hay más que echar un vistazo a la cartelera para darse cuenta de que la coincidencia de Jorge Javier Vázquez y Paz Padilla en la misma temporada teatral, la misma ciudad y la misma calle parece un plan maestro de Mediaset. ¿Tal vez para dominar el mundo? Todo puede ser. Por algo se empieza.

Si ya hablamos de los Grandes Éxitos de Jorge Javier, ahora le toca a las Desatadas de Paz Padilla, con otro hombre de recorrido detrás del proyecto: Félix Sabroso. Volviendo a utilizar el esquema de otras obras suyas anteriores como Lifting (o Sofocos, aunque ésta es de Iborra) para inundar de sketches con sabor femenino el escenario del Capitol. En este caso, nos ubicamos en un psiquiátrico con tres loquitas de atar (Paz Padilla, Natalie Pinot y Rocío Marín) que son las protagonistas. Ellas y la multitud de mujeres con problemillas mentales en los que se transforman y cuyas anédotas desgranan ante los entregados espectadores.

«Jorge Javier Vázquez y Paz Padilla en la misma temporada teatral, la misma ciudad y la misma calle parece un plan maestro de Mediaset. ¿Tal vez para dominar el mundo?»

A ver, el espectáculo es lo que es. Los autobuses llenos de fans de la Padilla (que no los vimos, pero seguro que por ahí habia alguno aparcado porque la cantidad de gente que había no era normal) seguro que vuelven llenos de caras encantadas a sus lugares de origen a tenor de las risotadas que se escuchan el patio de butacas. Paz Padilla hay que reconocer que posee una vis cómica innata y se come con patatas el escenario. Tiene presencia y hace con el escenario lo que le da absolutamente la gana con una naturalidad apabullante (y es que, de todas formas, lleva ya añitos en la comedia: ha llovido desde los entrañables tiempos de No te rías que es peor o Genio y figura). Y está muy bien acompañada en este espectáculo por Marín y Pinot, que despliegan sus armas cómicas con tino y gracia, ganándose también los favores del público (que no era tarea fácil tampoco). Aunque quien se lleva el espectáculo de calle, desde luego, es es la Padilla.

Hay que reconocer que la pátina de absurdo que recorre el montaje es gustosilla. Y que tiene sketches divertidos (de los mejores: el de la prima y su “Aquí huele a movida”, la niña de comunión, o las tres Hermanas Carnicero) y delirios varios, como cuando Padilla se pone a caminar a cuatro patas marcha atrás como La niña del Exorcista (sic).

Vamos, que (con sus momentos más y menos divertidos) se deja ver, cumple objetivo y llena el teatro. Y no pasará a la historia por su profundidad (la fórmula además ya está empezando a cansar ligeramente), pero los fanses de la Padilla lo recordarán con cariño. Y oye, que hacer reír a la gente y sacarla de sus casas para darse una vuelta por los teatros está pero que mu bien.

«No pasará a la historia por su profundidad, pero los fanses de la Padilla lo recordarán con cariño. Y oye, que hacer reír a la gente y sacarla de sus casas para darse una vuelta por los teatros está pero que mu bien«

Coñas aparte (lo de dominar el mundo no creemos que sea el plan de Mediaset, pero muchos sí opininarán que administrar opio al pueblo es su cometido principal), resulta curioso que las estrellas televisivas se vuelquen en la escena, puesto que el paso que ansían bastantes suele ser a la inversa. Así que esta opción (que algunos profesionales llamarán intrusismo) también se puede enfocar desde el lado positivo para que la cartelera rebulla de actividad, que no viene mal. Y que lo de enfrentarse en un escenario al público así en vivo y en directo no es nada fácil y no tendrían por qué hacerlo, la verdad. Como veis, estamos haciendo de abogados del diablo. Sí. Así semos. Que nos gusta desatarnos a nosotros también.

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