31 enero, 2018. Por

Dead Man Walking

La ‘pena de muerte’ que te deja lleno de paz y plenitud pero sin lágrimas
Dead Man Walking

Una ópera que vuelve a reinterpretar (después de Pena de muerte, aquel peliculón de Tim Robbins protagonizado por Susan Sarandon y Sean Penn) el libro de la hermana Helen Prejean, Dead Man Walking, es algo que puede echar para atrás a los más precavidos. Pero si esta ópera se estrena en el 2000 en San Francisco y lleva consigo desde entonces un éxito total allá donde vaya, tal vez es que hay algo de bueno ahí.

Y vaya si lo hay. Desde luego en esta producción de la Lyric Opera de Chicago que se acaba de estrenar en el Teatro Real. Un espectáculo de los más emocionantes que recordamos, de esos que te dejan absolutamente KO. Y que, si uno tiene los posibles (bien por joven y aprovechar los descuentos, bien por aficionado que no se pierde una, bien simplemente por disponer del parné) no debería dejar pasar. Palabrita del niño Jesús.

La historia es ya conocida, sobre todo si habéis visto la película: una monja que defiende la dignidad humana ante todas las cosas (más allá de los horribles actos que se puedan haber cometido) decide acompañar a través de su difícil periplo de apelaciones a un asesino que se encuentra en el corredor de la muerte. Hasta el fatídico día de la ejecución. Lo que podría ser un melodrama infame ya parte de un material susceptible de poca broma debido a su poso de realidad y unos personajes llenos de aristas que sortean el maniqueísmo, elevando el drama a un nivel psicológico de altura, convirtiéndose en un potentísima historia de perdón y redención. Y en uno de los mejores alegatos contra la pena de muerte que te puedes echar a la cara.

El libreto de Terrence McNally (hombre cercano a los musicales y al teatro de Broadway, con obras de éxito en su haber tales como El beso de la mujer araña, Frankie & Johnny o Master Class) es, sencillamente, espléndido. De una fuerza, síntesis y belleza brutales. La música de Jake Heggie, aquí dirigida en el foso por Mark Wigglesworth, resulta más cercana al musical (en ocasiones recuerda a Sondheim o Bernstein y su West Side Story) o a los ritmos sureños americanos (con aires del Porgy and Bess de Gershwin), al jazz, blues o incluso a Elvis Prestley más que a los que muchos podrían considerar ópera contemporánea propiamente dicha. Y es una maravilla. Y es cierto que esta música tonal de ópera popular es «fácil» de escuchar (más que esa Brokeback Mountain de Wourinen, por poner un ejemplo reciente). Y puede que a algunos eso no les guste porque hiere de muerte su elitismo. Pero ojalá todo el mundo ajeno a la lírica pudiera ver este montaje, porque iba a cambiar su concepto sobre la ópera de manera drástica.

«Lo de que la ópera es un «espectáculo total» se puede apreciar en todo su esplendor en este extraordinario montaje. El poder de la orquesta, los coros, la escenografía y todo el aparataje escénico poniéndose al servicio del mensaje, las interpretaciones y la emoción»

 

La puesta en escena de Leonardo Foglia es de una efectividad extrema y (sin olvidar una maquinaria importante, con sus pasarelas carcelarias y demás), centrándose en unas interpretaciones como pocas veces se han visto en una ópera (o en cualquier ámbito, ya si nos ponemos). La mezzosoprano Joyce DiDonato y Michael Mayes dan una lección de entrega vital (sus lágrimas y amoroso abrazo en los saludos finales no hicieron más que reforzar esta idea) y de lo que se puede regalar sobre un escenario, con unas composiciones antológicas y conmovedoras que ponen los pelos como escarpias.

Al igual que el resto del reparto, espectacular también, con mención especial para la madre, Maria Zifchak, y la hermana Rose de Measha Brueggergosman, que es amor puro. De lujo todos (qué momento también, de encogerse el estómago, ese final del primer acto, con los padres de los chicos asesinados) pero vamos, que lo de los dos protagonistas es algo que se recordará durante mucho tiempo. Qué intensidad y austeridad. Dos de las palabras que pueden definir un sobrecogedor montaje de música «fácil» y decisiones difíciles, valientes y arriesgadas (no hay más que ver cómo está tratado el momento de la ejecución) y, sobre todo, con un mensaje justo y necesario.

«Pese a dejarte seco de lágrimas, este montaje es una maravilla, una experiencia de la que se sale con una sensación de plenitud y paz absolutas»

Lo de que la ópera es un «espectáculo total» se puede apreciar en todo su esplendor en este extraordinario montaje. El poder de la orquesta, los coros, la escenografía y todo el aparataje escénico poniéndose al servicio del mensaje, las interpretaciones y la emoción. Y, pese a dejarte absolutamente seco en cuanto a lágrimas se refiere (te puedes tirar, literalmente, todo el segundo acto llorando), se trata de una experiencia de la que se sale con una sensación de plenitud y paz absolutas. Dead man walking es uno de esos montajes que te llenan y por los que no se puede más que dar las gracias.

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