19 julio, 2017. Por

¿De qué vive un escritor?

¡A vivir de las palmaditas en la espalda!
¿De qué vive un escritor?

El podcast Starving artist dirigido por Honor Eastly, escritora y performer australiana, se dedica a entrevistar a escritores y artistas plásticos con la única intención de preguntarles por cómo lo hacen para llegar a fin de mes mientras construyen una carrera con la que se sienten éticamente satisfechos. Esto es, más o menos, lo que pretendemos hacer en este reportaje con diferentes escritores españoles: unos asentados, otros emergentes y un último autoeditado.

Pocos han preferido no contestar las preguntas. El motivo que han argumentado la mayoría de los pertenecientes a este grupo es que no quieren alimentar la postura de que no se puede vivir de la literatura porque ellos sí que pueden vivir de la literatura. Tiene mucho mérito. Sobre todo teniendo en cuenta que los escritores españoles capaces de vivir exclusivamente de los libros publicados no llega al centenar. Es decir, hay más probabilidades de hacerte millonario con la lotería que de poder vivir gracias a escribir con intenciones literarias y sin ningún padrino o herencia grandilocuente detrás.

 

“Los ‘altos mandos’ viven maravillosamente, entre estos, la media docena de escritores y periodistas que controlan los medios y la publicidad -propaganda, en realidad-, y que se ocupan de pastorear el mercado”, dice José C. Vales

Y aquí viene la gran pregunta: ¿por qué razones los escritores lo tienen tan difícil para pagar la comida y las facturas? “Si uno tarda tres, cuatro, cinco años en crear una obra satisfactoria que no sea un mero gasto de papel reciclado, ¿cómo va a integrarse eso en la lógica de consumo y en el capitalismo? No hay rotación de producto. Es como el esparto: son cosas para toda la vida a las que no tiene sentido dedicarse. Mucho mejor sillas de cartón duro, bonitas y baratas, que haya que reponer cada seis o siete meses”, contesta Julio Fuertes, autor de Fábula de Isidoro (Jekyll & Jill), quien llega a fin de mes gracias a su trabajo como desarrollador web, asesor textual y creador de contenidos en una pequeña start-up digital. También traduce novelas y relatos -lo ha hecho para Alpha Decay y Revista Quimera– y toca en la banda Johnny B. Zero.

“La ‘tropa’ -correctores, traductores, ilustradores, etcétera- subsistimos como podemos; los ‘oficiales intermedios’ -algunos editores- pueden llenar su nevera con cierta regularidad; y los ‘altos mandos’ viven maravillosamente, entre estos, la media docena de escritores y periodistas que controlan los medios y la publicidad -propaganda, en realidad-, y que se ocupan de pastorear el mercado. Es una situación que ya dura cuarenta años”, vocifera José C. Vales, autor de Cabaret Biarritz (Ediciones Destino, Premio Nadal 2015, que tiene 18.000 euros como premio económico) y filólogo, quien traduce, hace adaptaciones e informes de lectura. También ha trabajado como ‘negro literario’.

 

“Uno de los impedimentos que tenemos para vivir de lo que escribimos es no creer que se puede vivir de lo que escribimos”, dice Danilo Facelli

Magistral (Jekyll & Jill) fue una de las novelas que más debate creó en el mundillo literario español en 2016. Así que cualquiera no demasiado versado sobre la manera de funcionar del sector -y utilizando una lógica aplastante- podría afirmar que su autor debe de ser uno de los afortunados que han logrado vivir de la literatura. “Por suerte para los puristas, vivir de la escritura está mal visto. Contaminarse con dinero es lo último que ha de pretender una escritora o un escritor. Le viene muy bien a algunos y a otros ni les va ni les viene. La realidad real es que una editorial mediana no puede mantenerte con lo que da un libro que funcione medianamente bien; la realidad creada es que hay quien se sorprende incluso de que las editoriales independientes paguen un anticipo a sus autores”.

Su trabajo principal es como traductor. De todas formas, esta faceta tampoco le alivia demasiado la cuenta corriente. “Dos traductores con dos hijos no pueden pagar el alquiler y tener dinero en la cuenta corriente, una cosa entra en conflicto con la otra”, explica. Anteriormente trabajó cinco años como cocinero, “una profesión en la que se exige La Pasión -ahora lo sabéis todos gracias a la tele- y se promete el martirio.”

 

“No conozco a ningún escritor a quien la crisis haya pillado por sorpresa. Nosotros ya vivíamos antes en crisis. Lo nuestro es crisis permanente”, dice Eloy Tizón

“Yo sobrevivo como periodista”, sentencia Beatriz García Guirado, autora de El silencio de las sirenas (Salto de Página) y editora de la revista independiente Láudano y colaboradora de la revista Quimera. “Cuando trabajaba sólo para un medio me levantaba a las cinco de la mañana para poder escribir; empecé a practicar sueño bifásico –dormir en dos tandas de cuatro horas- y así poder dedicarle tiempo al libro que llevaba entre manos”.  Noticias como la de que en España se eliminará la asignatura de Literatura Universal del Bachillerato no auguran un futuro más prometedor que el pasado y el presente.

“Si se le ve como algo prescindible, mucho menos se valorará el trabajo de un escritor”, apunta Ale Oseguera, poeta mexicana que lleva una década en Barcelona. Durante su vida ha trabajado como locutora, camarera, recepcionista, dependienta, editora, gestora cultural, analista de política, copywriter o productora de audiovisuales. Actualmente trabaja en una agencia holandesa de contenido audiovisual online llamada ZoominTV y realiza recitales poéticos en solitario y con su grupo de poesía escénica Las Hermanas del Desorden. Su primer libro de poesía es Tormenta de Tierra (Editorial Neopatria). Precisamente Oseguera me cuenta que tiene un amigo, Danilo Facelli, que ha conseguido ganarse la vida durante doce años -desde que en 2004 empezó en Granada hasta que en 2016 colgó los hábitos en Barcelona- vendiendo su poesía en la calle al precio que considerase justo el comprador.

 

“Hay un desgaste paulatino y la erosión que a uno le produce conciliar la vida laboral con la escritura, tratando de convertir la segunda en una parte sustancial de la primera”, dice Matías Candeira

La visión de este poeta es muy crítica con los propios escritores: “somos responsables de no saber o querer vivir de nuestra producción cultural. Hay muchas trabas que nos lo impiden y siempre habrá impedimentos porque alimentar la curiosidad y el pensamiento crítico no conviene, pero nuestro trabajo precisamente también es derrocar esas trabas, allanarnos el terreno y ponérselo más fácil a la gente que venga después”. Desde que dejó de vender poesía en la calle ha publicado un libro, Soñando Con (autoeditado con la colaboración de la editorial QUAQ), realiza espectáculos en los que combina la poesía con la música en directo, ha dirigido un espectáculo de circo, da talleres de oralidad y anima despedidas de solteras y cumpleaños en locales de Barcelona. “Uno de los impedimentos que tenemos para vivir de lo que escribimos es no creer que se puede vivir de lo que escribimos. Yo doy fe de que se puede, hay que elegir y tirarse de cabeza a ello. Te tiene que apetecer, pero se puede”, añade.

“En ‘Encomio del tirano’, de Giorgio Manganelli, se dice que el bufón, el súbdito y el tirano no pueden tener autobiografía, sino ‘jovial ceremonia de pullas’; pero quejarse está muy mal visto en el ámbito literario, que es eminentemente burgués y se toma como una muestra de ingratitud y no es una postura ni amable ni justa para con nuestros ‘pares’ burgueses, que con dinero viejo -dinero de familia- comparten -creen, puede que hasta sinceramente- nuestras mismas cuitas en una época de crisis económica y cultural”, sentencia Martín Giráldez, como si siguiese tecleando Magistral.

 

“La reflexión y la generación de pensamiento crítico y humanístico es una actividad que la sociedad suele castigar con alegría”, dice Julio Fuertes

La situación se puede afrontar con más optimismo o con menos, con más vocación o con menos, con más humillación o con menos, con más ego o con menos, pero, al final, esta inseguridad permanente acaba formando parte de la psicología de cualquier escritor. “Lo que nadie te explica cuando empiezas es que un proyecto literario a largo plazo exige una inversión considerable. ¿Cómo vas a sufragarlo? ¿Estás dispuesto a afrontar el riesgo?”, pregunta Eloy Tizón, autor de Velocidad de los jardines (Páginas de Espuma). “No conozco a ningún escritor a quien la crisis haya pillado por sorpresa. Nosotros ya vivíamos antes en crisis. Lo nuestro es crisis permanente”. Dice que hace por lo menos veinte años que vive sin nómina y que su fuente principal de ingresos son los cursos y talleres que imparte, complementados con colaboraciones en prensa o alguna conferencia esporádica. “No me quejo; hasta ahora he podido vivir –de manera muy espartana, eso sí– de los alrededores de la literatura, esquivando la moqueta de oficina y sus ilusiones muertas”. La maldita moqueta de oficina aterradora para cualquier persona que sueñe con vivir de la creatividad; la maldita moqueta de oficina aterradora para quien da más importancia a la pasión que a llenar de ceros, o simplemente de números, la cuenta corriente.

Hay un desgaste paulatino y la erosión que a uno le produce conciliar la vida laboral con la escritura, tratando de convertir la segunda en una parte sustancial de la primera; o ese momento en que descubres la práctica imposibilidad de mantener unos ingresos más o menos regulares y te entregas a chillar por las avenidas: ¡Por qué no me hice ingeniero!”, cuenta Matías Candeira, autor de Ya no estaremos aquí (Salto de Página).

A lo largo de estos años, desde que comencé a escribir con una cierta vocación profesional, he transitado por varios estados mentales esquizofrénicos –cómicos, si se miran con distancia-. Querer vivir de lo que escribía. No quererlo -ni en broma-. Quererlo a medias. Escribir un best-seller –a cuatro manos con una amiga- con la trama de un ‘Cincuenta sombras de Grey’, pero para universitarias. Participar en todo proyecto interesante. Participar en todo proyecto interesante -o no- donde paguen una cantidad justa. Abandonar toda pretensión de trascendencia y aspirar a un regreso tranquilo a mis orígenes: la escritura por placer, aunque, esta vez, con menos inocencia y algo más de furia homicida”. En este momento su actividad profesional está bastante relacionada con la idea que tiene de la buena ficción. También lleva casi una década impartiendo talleres de escritura en diferentes centros de la Comunidad de Madrid y realiza colaboraciones puntuales. A veces un guion de publicidad, a veces una charla en alguna institución.

Entonces me visto de inocente y me aventuro a preguntar a Julio Fuertes por si cree que algún día podrá vivir de sus libros. “No sé si me ha preocupado excesivamente vivir de los libros porque muy pronto entendí -básicamente cuando dejé la rama de ciencias para pasarme a las humanidades- que la escritura, la música o en general la reflexión y la generación de pensamiento crítico y humanístico es una actividad que la sociedad suele castigar con alegría”, me contesta. “En el caso de la poesía hay un filón a estudiar por el que se debe apostar, basado en la idea de que la poesía ‘se ha puesto de moda’ gracias a fenómenos como el poetry slam”, dice Facelli, quien parece estar encaprichado en llevar la contraria en este reportaje. “Debemos aprovechar el tirón e ir a por todas porque la moda muere joven, como dijo Cocteau. Un amigo escultor cree, que a falta de una industria en la que encajemos, hay que inventar nuestra industria y nuestras reglas, aprovechándonos de todas las facilidades que hay alrededor. Debido a esto, yo creo también en la colectividad: apoyarnos y crear puentes que nos sostengan y sostengan nuestro trabajo”.

 

“Una editorial mediana no puede mantenerte con lo que da un libro que funcione medianamente bien; la realidad creada es que hay quien se sorprende incluso de que las editoriales independientes paguen un anticipo a sus autores”, dice Rubén Martín Giráldez

El sociólogo cultural Pascal Gielen se pregunta en sus trabajos si la escena artística es la unidad productiva que mejor encarna la explotación laboral. Últimamente se han publicado otros reportajes que hablan de las condiciones en las que trabajan los cineastas independientes y los artistas españoles que así parecen demostrarlo. “Quienes trabajan de forma creativa, estos precarios y precarias que crean y producen cultura, son sujetos que pueden ser explotados fácilmente ya que soportan permanentemente tales condiciones de vida porque creen en su propia libertad y autonomía, por sus fantasías de realizarse. En un contexto neoliberal son explotables hasta el extremo de que el Estado siempre los presenta como figuras modelo”, escribe Isabell Lorey, teorista política en el European Institute for Progessive Cultural Policies.

¡A vivir de palmaditas en la espalda!

¿De qué vive un escritor?