26 junio, 2018. Por

David Trueba

La nueva vida de los personajes de ‘La Buena Vida’: la crisis de la clase media a través de los ojos del cineasta
David Trueba

Hace veintidós años, David Trueba no había dirigido ninguna película y Fernando Ramallo y Lucía Jiménez eran dos adolescentes con el sueño de ser actores. Meses después, serían el trío que estaría en boca de todos en el cine español: la ópera prima La Buena Vida era un relato sobre la transición a la vida adulta, los primeros amores y sobrevivir a la soledad.

Más de dos décadas después, Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, que llevaban cerca de una década sin hacer cine, se reencuentran don David Trueba y con sus personajes iniciáticos pero con Casi 40 años encima en una road movie que es un canto a la desaparición de la clase media, pero que también abre debates sobre el peso del paso del tiempo, el éxito o los primeros amores, y que llega a salas de cine españolas este viernes 29 de junio tras recoger la Biznaga de Plata en la última edición del Festival de Cine Español de Málaga.

Nos reunimos con David Trueba en la Librería La Buena Vida para hablar sobre este film, casi un ejercicio de guerrilla con ecos a Linklater y Payne, y su primer film después de la exitosa Vivir es fácil con los ojos cerrados, cinco años atrás.

“El que me conoce sabe que tengo algo de francotirador enloquecido: no me iba a instalar en ese estatus que te concedía hacer una película de éxito, como lo fue Vivir es fácil con los ojos cerrados

De alguna manera, es un diálogo con tu ópera prima, La Buena Vida: vuelves a contar con Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, los ubicas veinte años después a reflexionar sobre lo que pasó y lo que no estos años. ¿Querías hacer una especie de ejercicio metacinematográfico; te encontraste con caracteres similares al escribir el guion y le diste esta forma; o cuál fue la motivación inicial?

Es cierto que es un diálogo con La Buena Vida, pero de algún modo dialoga con todas: un cineasta no puede evitar que todas sus películas, de alguna manera, dialoguen; porque, para el espectador que le sigue, forman un conjunto…

Es cierto. Además, hay cosas compartidas con Vivir es fácil con los ojos cerrados (el rollo road movie) o con Madrid, 1987 (el rollo charla-reflexión).

Sí. Y más allá de eso, creo que todas las películas dialogan con la historia del cine: ninguna película es una isla, nadie está solo, todo tiene un contexto. Los actores me preguntaron: “¿en qué medida somos los personajes de La Buena Vida?”. Y yo les dije: “nunca un actor ni un escritor debe cerrar puertas: debe abrirlas. En la medida en que La Buena Vida sea importante para un espectador que vea esta película, eso tiene importancia. Pero habrá espectadores que ni la hayan visto ni la conozcan. Por lo tanto, no debes cerrar la puerta a disfrutar de Casi 40”.

No es lo mismo el nuevo disco de Neil Young para alguien que lo conoció ayer que para alguien que lo sigue desde hace cuarenta o cincuenta años. ¿Tiene que Neil Young cambiar la perspectiva de lo que quiere contar por eso? No, tiene que hacer lo que le pide el cuerpo.

Recuperas de cierto ostracismo profesional a Lucía Jiménez y Fernando Ramallo. ¿Buscabas reivindicar talentos que estos últimos años estaban bajo la alfombra?

Es cierto que el efecto de La Buena Vida les duró cinco o seis años. Uno de los motores para hacer esta película fue cuando, hablando con ellos, Fernando me dijo que llevaba más de diez años sin hacer una película con un papel con cierto peso, y Lucía la rozaba. ¡Yo no me lo creía!

“Esta película reivindica que se puedan hacer película de esto: que se sienta en un coche y charla, come, se mira, se echa de menos, tiene miedo, habla de cosas que le afectan. No todo es un arma y correr a 140 km/h: no hay tanto malo en nuestro día a día. Es una película de persecuciones que van por dentro: les persigue el pasado, sus propias expectativas…”

Lo último que hizo Fernando había sido un papel pequeño en una película independiente como Casting, y contigo mismo hizo alguna aparición en ¿Qué fue de Jorge Sanz?

Claro, es una locura. Pero yo lo veo mucho porque convivo con mucha gente de la industria, y veo lo cruel que es. Cuando alguien se queja le digo: “mira alrededor los que empezaron contigo, ¿dónde están?”. La industria criba todo el rato. Como decía a Azcona, esto es como un banco corrido: cada uno que llega empuja a otro afuera. Y eso es cruel.

Entonces, de vez en cuando, en nuestra mano está paliar un poco esa crueldad: si cedemos todo el rato a las imposiciones de la propia industria hay un montón de especies en vías de extinción que desaparecen. Y creo que estar (a todos los niveles: como director de cine, pero también como ciudadano o como periodista) ayuda al ecosistema. El ecosistema depende de uno.

“Si cedemos todo el rato a las imposiciones de la propia industria hay un montón de especies en vías de extinción que desaparecen. El ecosistema depende de uno”

Conecta todo esto con el propio discurso de la película: habla mucho sobre la precariedad de las industrias creativas o culturales.

Sí, totalmente. Hay un momento en que Lucía cuenta una anécdota para decirle a la gente que no miren solo su ombligo: los cambios del gremio o el sector está representado en muchos otros sectores, igual. Eso es lo bonito: cuando el cine o la literatura habla de otras gentes. Yo no soy muy partidario de películas que hablan de cineastas, libros que hablan de escritores, periodistas que hablan de periodismo… es un poco pretencioso. Creo que nuestro oficio es hablar de los otros. ¿En qué medida un repartidor de pan tiene los mismos problemas que un cineasta? En muchísimos. Lo que le pasa al personaje de Fernando, que vende cosmética natural, y le acaban diciendo que no se lo compran en un hotel porque usan otro que le cuesta 30 céntimos más barato, ha pasado en todos los sectores.

Hay un momento en el que juegan como a una especie de Un, dos, tres preguntándose qué de las cosas de los últimos 20 años echaban de menos. ¿Tú echas algo de menos de la industria del cine de hace 20 años, cuando empezaste?

Los ’90 fueron un buen momento para debutar, porque había mucho cariño por la labor y la artesanía del cine. Por eso empezamos muchos directores que veníamos de una cierta búsqueda por propulsar al cine español estética y mentalmente más lejos (que es algo que generacionalmente fue muy bueno). Ahora el momento es peor, pero también encuentro mucha gente intentándolo hacer: no tengo una mirada nostálgica, de hecho, al revés, creo que aparece gente con muchísimo talento, pero infraestructuralmente es más difícil. Antes teníamos otras ataduras.

Recuerdo que cuando hice mi primera película, a la hora de enseñársela a los distribuidores era como ir al patíbulo: íbamos acojonados pensando que en cualquier momento te tiraban abajo el proyecto. Ahora vas acojonado a la reunión con TVE o con Mediaset a ver si la película que uno quiere hacer entra en su cartera de posibles proyectos o no. Todos los tiempos tienen sus cosas buenas y malas. Yo lo que me pregunto mucho a la hora de pensar en el cine es “¿qué ha sido de…?”

“No he sido nunca una persona que me gusta llamar la atención, pero tampoco me gusta pasar desapercibido. Me gusta hacer ruido cuando hay algo que decir. Y esta película me gusta hacerla porque es una película que, a nivel industrial, no se puede hacer”

Lo estás haciendo mucho en tu obra reciente.

Claro, es que lo ves y piensas la crueldad. Es como cuando ves a un ex candidato a la alcaldía del PSOE en 1995 y ahora ya no está en política.

Pero igual sí que sigue cobrando un sueldo vitalicio por ello.

A lo mejor. O estará en algún consejo administrativo.

Mencionas a la generación de directores de los ’90, que es un poco lo que se respira en los personajes de Lucía y Fernando: dos personajes que fueron adolescentes a mediados de los ’90. No sé si es una película generacional, si es una mirada que que entenderá mejor aquella generación que otra.

Esperas que se produzca lo mismo cuando van a Plasencia en lugar de ir a París: hacer de lo particular el camino para llegar a lo universal. Creo que, al contrario de lo que mucha gente cree, cuanto más hablas de lo que conoces a más gente le llega, porque hablas de una manera más auténtica, y en la autenticidad nos podemos encontrar todos. En cuanto los personajes son más fieles a lo que ellos son, más llegan. Uno puede hacer arquetipos de padre, hijo, pareja… pero cuando buscas algo más profundo, piensas en personas que dudan, que tienen miedo, que ha idealizado el pasado: eso es algo que puedes encontrar en el mundo entero, en cualquier lugar, en cualquier edad, sexo y condición; vas al conflicto universal a partir del conflicto particular de alguien. Cuando intentas generalizar o universalizar el discurso te queda algo un poco ambigua: no llegas a ningún sitio.

La industria del arte nos da siempre una lección de humildad: cuando alguien a quien se lo consideraba en el ostracismo total, hablando solo para sí mismo, con cierto grado de desesperación, de repente se convierte en un artista universal. Eso nos da un ejemplo de hasta qué punto en esto hay que ser humilde y no despreciar a nadie en la cadena. Del mismo modo que, a veces, el objeto más vulgar se convierte en objeto de apreciación: si está hecho con la autenticidad que hay que hacerlo, no hay nadie que lo rechace. Cuando alguien pregunta: “¿qué tiene esa canción?”. “¡Pues que todo el mundo mueve el pie!”. Y no pretende nada más que eso, no hay que darle más vueltas.

“Hubo una época en la que ‘Fresas salvajes’ o ‘La noche americana’ eran acontecimientos comerciales. Ahora mismo, seguir esa estela a la hora de hacer cine es posicionarte casi como un cineasta suicida, gafapasta o de minorías”

Hablando de canciones: hay una parte de la historia de esta Casi 40 que la cuentan las canciones. Incluso hay una canción compuesta por ti a los 19 años. Como si delegaras parte de la narración o el subtexto a las canciones que va cantando Lucía en esa gira por la España de interior.

Sí, quería precisamente eso. El musical tiene algo de eso: completa con la canción el estado de ánimo de las personas. En este caso, yo quería que contara una carrera en la música sin tener que ir paso a paso contando lo que sucedió en su carrera: casi siempre se ha empezado con una canción adolescente, pegadiza, que ha triunfado; luego con una cierta exaltación del éxito, de estar haciendo lo que te gusta; y luego una cierta consciencia de a lo que te dedicas. Son fases más o menos naturales.

Hay que ser muy humilde en las profesiones artísticas. Hay un tópico, el de que el primer disco, la primera película, el primer libro, son siempre los mejores. Eso demuestra que vas avanzando y eres técnicamente mejor, pero no te haces mejor. Y yo quería que las canciones hablaran de esa Lucía subterránea, y que las canciones también dialogaran con quien las estaba escuchando en primera línea: tanto el personaje de Fernando como el espectador.

“Espero que [con la película] se produzca lo mismo cuando van a Plasencia en lugar de ir a París: hacer de lo particular el camino para llegar a lo universal.”

Hay mucha reflexión acerca de qué es el éxito: si la Lucía que había triunfado en su etapa primeriza como artista, o la que ha encontrado una estabilidad emocional gracias a formar una familia.

Es una pregunta que se hace todo el mundo cuando ve muerta de sobredosis a Whitney Houston o Michael Jackson: “¿no era suficiente lo que tenías?”, suelen preguntar. Qué poco conocimiento de lo que es el éxito tienen aquellos que se lo preguntan. A veces, lo que entendemos como éxito es una especie de caramelo rodeando un sabor amargo. Y a veces, el fracaso es el puro sabor: uno puede disfrutar de la amargura de un limón si sabe que está comiendo un limón. Lo terrible del éxito es que no da permiso para que dentro no sepa bien, y eso desespera mucho a la gente.

A medida que fui avanzando en todas mis profesiones es que la definición de éxito que hay desde fuera es muy diferente a la definición de éxito de los que estamos adentro: tú puedes hacer una película que gane un Goya, pero sabes que a ese mismo oficios se ha dedicado gente que ha hecho El Apartamento, El Padrino… llegas con la lección de humildad aprendida. Yo he hecho películas que considero más exitosas que con las que gané premios, pero porque el éxito era hacerlas: hubo momentos en los que me parecía imposible siquiera hacerlas. Y también hay una parte de azar en todo eso: si Vivir es fácil con los ojos cerrados fuese sobre unos desarrapados que secuestran a una actriz, igual le parecen menos premiables esos valores. Pero, en general, tengo la sensación de que ningún éxito sacia, si la persona que lo recibe es inteligente: en todo caso, delata todo lo que te falta.

“No soy muy partidario de películas que hablan de cineastas, libros que hablan de escritores, periodistas que hablan de periodismo… es un poco pretencioso. Creo que nuestro oficio es hablar de los otros. ¿En qué medida un repartidor de pan tiene los mismos problemas que un cineasta? En muchísimos. El gran tema de la película es la desaparición de la clase media”

En esta película hay mucho elogio de la clase media: mucho de España profunda, de librerías de ciudad pequeña, de rodarla con una economía de medios visible. ¿Querías posicionarla políticamente, de algún modo?

Para mí el gran tema de la película es la desaparición de la clase media. Una de las cosas es por ese debate de “éxito o nada”. ¿Ser músico es ser Alejandro Sanz o ser de esos miles de músicos que tocan en bares pequeños, que sobrevive haciendo mini-trabajos relacionados con la música? Si desaparece la clase media desaparece un modo de vivir.

Esta película reivindica que se puedan hacer película de esto: que se sienta en un coche y charla, come, se mira, se echa de menos, tiene miedo, habla de cosas que le afectan. No todo es un arma y correr a 140 km/h: no hay tanto malo en nuestro día a día. Es una película de persecuciones que van por dentro: les persigue el pasado, sus propias expectativas… Quizá no es tan fotogénica como saltar puentes, pero tiene algo de narrativa, y es algo que uno debe primar por sobre los fuegos de artificio.

¿Tenías claro que era inviable presentarle el proyecto de esta película a una cadena de televisión, que es donde se centralizan las grandes producciones españolas de los últimos años?

Es que ya me los conozco, y sé lo que te dice; y lo que te dicen es terrible. Cuando hice Vivir es fácil con los ojos cerrados me sorprendió que las televisiones privadas pensasen que un profesor de inglés no podía ser el protagonista; o que consideraran que en esa película no pasaba nada. Por eso acabé con la televisión pública, porque era la única que tenía un poquito de sensibilidad hacia eso. Pero uno cuando acaba de escribir un guion ya sabe hacia dónde puede ir. Y tampoco me gusta frustrarme inútilmente, no es necesario.

“La industria criba todo el rato. Como decía a Azcona, esto es como un banco corrido: cada uno que llega empuja a otro afuera. Y eso es cruel”

¿Qué crees que pensaría alguien que viene de ver Vivir es fácil… y ahora se encuentre casi con una película de guerrilla, con un corte muy independiente? ¿Te gustaba definir que David Trueba no es tanto aquello, sino más esto?

Un poco sí. Ya lo había hecho antes con Madrid, 1987 o con ¿Qué fue de Jorge Sanz?: el que me conoce sabe que tengo algo de francotirador enloquecido, y o lo tomas o lo dejas. Yo no me iba a instalar en ese estatus que te concedía hacer una película de éxito, como lo fue Vivir es fácil con los ojos cerrados. Cuando escribí mi primera novela mucha gente me decía que era una forma de hacer una película, pero haciéndola pasar antes por una novela que la acredite. Y no: hice una novela porque quería escribir novelas, sin intención que luego sean películas. Siempre hay ese prejuicio o esa sospecha por parte de la gente, pero la tienes que resolver con tus actos.

Esta película es fruto de mi carácter o mi forma de desafiar al establishment. A veces soy un poco impertinente: me gusta estar en la habitación donde la corbata es exigible sin corbata. No he sido nunca una persona que me gusta llamar la atención, pero tampoco me gusta pasar desapercibido. Me gusta hacer ruido cuando hay algo que decir. Y esta película me gusta hacerla porque es una película que, a nivel industrial, no se puede hacer: la hacen los chicos jóvenes o la gente marginada de la industria, pero no solemos hacerla los de la industria.

Cartel de la película, que se estrena el viernes 29 de junio

¿Te gusta pensar que molestas a alguien por sacar adelante este proyecto?

Solo si consiguiéramos un cierto éxito molestaríamos de verdad. Si te quedas en la anécdota no sirve para mucho. Es como si un equipo pequeño consigue subir a primera, pero no le ha dado un susto al Real Madrid o al Barcelona. Yo soy muy amigo de Ernesto Valverde, que ahora entrena al Barcelona; pero que entrenaba al Athletic de Bilbao cuando le ganaron la Supercopa de España en 2015 al Barcelona. Y me decía: “los jugadores saben lo difícil que es ganar ya no un trofeo, sino un partido al Barça. ¡Cómo no lo van a festejar!”. Y yo sé lo infinitamente difícil que es que Casi 40 obtenga relevancia: en su relevancia está mi éxito, y que alguien en un despacho diga: “joder con éste” (risas). Pero están muy acostumbrados a que el mundo les dé la razón. Y quitarles un poquito la razón, o el balón a quien vive de tenerlo, es muy estimulante.

“He hecho películas que considero más exitosas que con las que gané premios, pero porque el éxito era hacerlas”

Hay cosas de esta película que me recordaron al cine de tu sobrino Jonás. Sobre todo, a esa manera que tenía en Los exiliados románticos de construir la película a través del viaje y de los diálogos domésticos.

A Jonás le decían mucho, también, que Los exiliados románticos tenía una estructura similar a la de mi novela Cuatro amigos. Yo no creo que exista tanto ese paralelismo. Sí que hay una sensibilidad similar: además de que tenemos el apellido y el cariño, tenemos una cultura común. Pero si Jonás no fuera Jonás podríamos ampliar ese universo de referencias al de Alexander Payne o Richard Linklater: en sus películas renuncian a la parafernalia a favor de la narratividad.

Jonás en Los exiliados románticos buscó la autenticidad más desde el arte y ensayo; y yo soy una persona más de orden, me gusta que los actores sepan la tarea, e incluso los espectadores de mi cine esperan algo diferente que los espectadores del cine de Jonás. Siempre he considerado la narratividad como una fórmula para conseguir que lo que a ti te interesa mucho le parezca muy interesante a los que están en frente, y que a priori no les tenía que interesar. El reto del profesor de inglés que fue a buscar a Lennon en Vivir es fácil con los ojos cerrados era hacer interesante esa trama.

Ese tipo de película creo que es fundamental seguir haciéndola. Los Trueba siempre hemos sido muy radicales en el cine que nos gusta: mucha gente lo ha buscado desacreditar como ‘cine de autor’, y es mucho más que eso: es de ‘espectador-autor’. Es un tipo de cine en donde el espectador tiene una cierta conciencia de que hay una actitud detrás de elegir ver una película. Es un espectador que quiere y demanda algo íntimo a la película: sabe que se lo puede pasar de coña viendo Jurassic Park, pero le va a exigir otro tipo de intimidad. Hubo una época en la que Fresas salvajes o La noche americana eran acontecimientos comerciales. Ahora mismo, seguir esa estela a la hora de hacer cine es posicionarte casi como un cineasta suicida, gafapasta o de minorías.

“Los Trueba siempre hemos sido muy radicales en el cine que nos gusta: mucha gente lo ha buscado desacreditar como ‘cine de autor’, y es mucho más que eso: es de ‘espectador-autor’. Es un tipo de cine en donde el espectador tiene una cierta conciencia de que hay una actitud detrás de elegir ver una película”

Has opinado muchas veces sobre política. ¿Ha cambiado mucho tu perspectiva de hace un mes con respecto al momento actual, con gobierno nuevo?

Vengo insistiendo en los últimos dos años que creo que hay señales que la gente se está dando cuenta de que hay cosas que no son tolerables. Una de ellas es el monopolio y la situación de poder que están cobrando algunas empresas de tecnología a cambio de hacernos la vida “más sencilla”. Otra es que el listón de la exigencia a los personajes que se definen como servidores públicos tiene que empezar por ellos: la regeneración ha sido buena en ese sentido, al menos. Pero el escepticismo que tengo sobre si ese cambio vendrá de la política es total: la política para mí forma parte del mundo del espectáculo: oyen qué es lo que el público quiere.

Como cuando vino un productor a decirme que hagamos una película sobre “bodas y funerales” después del éxito de Cuatro bodas y un funeral (risas). En la política pasa un poco eso, y creo que es la sociedad la que tiene que demandar que las promesas se cumplan. Pero sí que hace un mes estábamos en un sitio muy peligroso: en la falta absoluta de expectativas. Un gobierno que decía: “tengo un corrupto, pero bueno, ¿quién no lo tiene?” o “tenemos un problema, pero no vamos a sentarnos a hablarlo” o “tenemos a un señor ahogándose, así que le vamos a tirar unas pelotas de goma”. Moralmente no es así como queremos escribir nuestra vida pública. Ahora, el país sigue teniendo los mismos problemas que tenía hace un mes. Los problemas van a persistir: lo que no puede tolerar la gente es que le mientan sobre esos problemas.

David Trueba