29 noviembre, 2017. Por

David Summers

Hablamos con el líder de Hombres G acerca de su libro de coaching documental
David Summers

De casta le viene al galgo, pero a David Summers, a pesar de venir de un linaje ligado a las artes y las letras (su padre Manuel fue un respetado cineasta y humorista; su tío Guillermo un conocido presentador, periodista y guionista), no le pesó nunca el apellido: con tan solo 18 años comenzó a liderar Hombres G, uno de esos grupos que dejaría una marca indeleble (mal que pese a muchos) en el repertorio más inolvidable del pop cantado en español.

Han pasado 35 años desde aquellos primeros pasos, y el músico madrileño ha decidido pasar revista con un curioso artefacto literario: Hoy me he levantado dando un salto mortal (Alienta Editorial, 2017) es una no-biografía que explora las cavilaciones del libro de autoayuda para, en realidad, plasmar las reflexiones de David Summers desde un punto de vista de coaching documental pero también de memorias que sirven para saber cómo lleva lidiando con ese faraónico edificio pop que es Hombres G.

Nosotros nos reunimos con el de Chamberí en el madrileño Hard Rock Café para, aprovechando su reflexivo libro, tirarle de la lengua sobre otras tantas cosas: el descrédito de la crítica, el sambenito de pijo, el compromiso político y cómo seguir liderando un grupo de masas y no morir en el intento.

“No creo que la música tenga nada que ver con la política ni con todas esas gilipolleces. Nuestra misión en esta vida es entretener a la gente: es una labor infinitamente más importante que la que hace cualquier político”

 

Dices que no es un libro de memorias, ni tu autobiografía, ni un libro de autoayuda… pero hay un poco de todo. ¿Se podría decir que es un libro de coaching documental? ¿Por qué has decidido hablar de ti de esta manera?

Los chicos de Planeta me insistían mucho con que escribiera un libro de lo que yo quisiera, me dieron carta blanca: de mi vida, de mis experiencias, mis anécdotas en la música… Yo les dije que no quería escribir una autobiografía porque pienso que mi infancia le importa un carajo a nadie…

Habrá a quien sí.

Puede ser, pero a mí se me hace un poco pesado: cuando leo autobiografías me suelo saltar toda esa parte de la infancia, me importa más su vida profesional y ese tipo de intereses. Por eso salió la posibilidad de hacer un libro más enfocado en torno a las reflexiones, sobre mi manera de ver las cosas en estos treinta años, lo que he vivido, cómo he forjado mi carácter, cómo afronté los problemas, los éxitos, los fracasos…

Yo sí que resalto en el libro que son mis opiniones personales: no intento decirle a nadie lo que tiene que hacer; simplemente digo cómo yo afronto mis cosas, desde una gira a un disco nuevo. Y si a alguien le sirve de ayuda, pues cojonudo, yo feliz. Pero es una manera de plasmar mi opinión sobre las cosas.


Tiene algo muy de “guía para sobrevivir en la industria”: tratas prácticamente todos los frentes…

Ya, pero ha sido todo un poco improvisado: nunca he tenido una estrategia ni he sabido qué hay que hacer para sobrevivir a esto ni cómo gestionar el éxito o el fracaso…

¿Pero crees que quien lo lea hoy puede verse reflejado? ¿Crees que hay patrones que se repiten en la industria musical; o que lo vuestro fue un caso muy particular?

Para un grupo que nace ahora, los parámetros de los que yo hablo en el libro a lo mejor le pueden servir, aunque el contexto de los ’80 y los ’90 sea radicalmente diferente al actual: al final, hablo de hacer lo mejor que uno puede, intentar dar el máximo, no pretender ser Stevie Wonder o Paul McCartney, sino ser uno mismo y dar la máxima expresión de lo que tú puedas hacer.

Nosotros eso siempre lo hemos hecho: siempre hemos querido ser un poco mejores, mejorar en nuestro trabajo, tocar y componer cada vez mejor, disfrutar del trabajo y la vida que tenemos, pero intentando dar el máximo de lo que somos capaces. Y eso es un buen consejo y, de algún modo, el sentido que tiene este libro, que no es algo solo para fans de Hombres G, sino un libro muy transversal y muy actual: la dedicación y las horas a algo que te emociona mucho y te da la vida tiene que dar sus frutos.

“Hemos llevado la cultura y la música española por todos el mundo, y jamás ningún gobierno nos ha ayudado; ni nos ha pagado los billetes, ni nos ha dado un premio, ni nos ha recibido para darnos una palmadita en la espalda”

 

Yo lo más actual lo vi en esa perspectiva que tiene casi de “manual de branding”, como si fuera un libro para estudiantes de publicidad, pero aplicado a otro entorno, en este caso el “producto musical”. ¿Tú cómo has llevado tu connotación no sólo como artista o creador, sino como producto, como parte de un engranaje comercial?

Siempre puede más el corazón, las emociones, y ese es el parámetro que siempre hemos seguido como banda. El enfoque que dices que tiene el libro de branding y de potencia de marca es cierto, pero quizás es porque me ha ayudado a escribirlo Gonzalo Abadía, que es muy amigo y está muy acostumbrado a manejar esos conceptos, y sí le acabamos dando esa interrelación al libro, de mi vida profesional desde un punto de vista de dimensión de producto; pero en realidad todo en mi carrera ha sido emocional, corazón, impulso, intuición, improvisación… como es la música, en realidad. Así lo hemos hecho todo siempre.

Pero no te voy a negar que después de treinta años sí nos hemos dado cuenta que tenemos una marca, somos una leyenda como Hombres G, y puede ser una maquinaria de funcionamiento, de industria, de vender discos y entradas para conciertos y libros y lo que queramos. Pero el origen de toda esa maquinaria siempre han sido las emociones. Realmente lo que hacemos es vender emociones, es a lo que nos dedicamos.

Pero sí que desde que volvisteis hubo también algunos movimientos estratégicos: giras conjuntas con bandas más jóvenes, sacar discos solo en formato digital. En los últimos años, viendo los cambios de la industria, ¿os habéis visto pensando en estrategias y marketing más de lo que nunca hubieras creído?

Sí. De hecho, llega un momento en que ya no sabes cómo sorprender a la gente: momentos en los que te comes muchísimo la cabeza para hacer algo distinto que no habías hecho antes. Por eso hicimos el disco en directo en la playa, oyendo el mar y las moscas, porque creíamos que no lo había hecho nadie; por eso hicimos el musical; por eso nos metemos en proyectos a veces que se salen de “lo nuestro”, pero es por entretenernos, hacer algo diferente. Ahora estamos con el mapa buscando sitios para tocar donde no hemos estado nunca: nos llaman de Suiza, de Francia o de Inglaterra y nos encanta ver qué pasa allí, conquistar nuevos territorios y ver qué nos tiene preparada la vida para sorprendernos una vez más.

Le dejas muchos recados a la cultura del like, de YouTube, del follower… Hablas de “humo” al referirte a ello. ¿Cómo te llevas tú con las nuevas tecnologías?

Yo llevo el Instagram y el Twitter, y por eso es un desastre: pongo algo cuando me da la gana y no tengo una dedicación a las redes sociales para nada. Pero considero que pueden ser útiles para tener más contacto con el público, sorprenderlos con cosas, decirles que has hecho un disco o un libro… pero a mí el rollo ese de las redes sociales de poner una foto en la playa comiéndote una fruta no me va nada: siempre he sido muy celoso de mi vida íntima y personal y nunca uso las redes sociales para hablar de ello, sólo de trabajo.

Lo que digo en el libro es que estamos viviendo un momento en el mundo en el que la gente se pone muy contenta por los likes que obtienen y por la cantidad de visitas que tiene su vídeo… cuando en realidad la gente no está pagando nada ni por ver ese vídeo ni por dar ese like ni por escuchar su música. ¡Tenemos que estar contentos de que nos pirateen, parece! Como que el hecho de que nos pirateen significa que nuestro disco tiene interés para la gente. Todo ha cambiado muchísimo en ese sentido: vivimos en una nube de humo extraña que no se puede valorar tangiblemente. Antes sí podías hacerlo: si vendías mogollón de discos sabías que podías llenar las plazas de toros. Ahora no: te tienes que poner contento porque la gente ve tu vídeo, lo escuchan en Spotify, descargan tu canción…

“Vivimos en una nube de humo extraña que no se puede valorar tangiblemente. Antes podías hacerlo: si vendías discos sabías que llenabas plazas de toros. Ahora no: te tienes que poner contento porque la gente ve tu vídeo o descargan tu canción”

 

Echas de menos esa “temperatura” que tomabas antes.

Sí, no te lo voy a negar. Realmente esa temperatura la mides cuando anuncias un concierto como los nuestros del Palacio de Deportes con Taburete y agotas las entradas en dos horas. Pero hasta ese momento vas un poco a ciegas.

En el libro hablas de la época de La Movida y las ideas de izquierda, y que tú eras apolítico y había cosas con las que estabas de acuerdo y otras que no. ¿Te molesta que siempre se haya colocado a Hombres G como un grupo poco comprometido?

No sé por qué tenemos que tener compromiso con nada ni con nadie: nosotros nos dedicamos a hacer canciones bonitas y a transmitir buen rollo a la gente; no tengo que comprometerme con ningún movimiento ni con ninguna tribu urbana de nada. Yo no creo que la música tenga nada que ver con la política ni con todas esas gilipolleces. Nuestra misión en esta vida es entretener a la gente y hacerlos felices: eso es todo. Llegar al escenario, cantar y ver a la gente con una sonrisa de oreja a oreja. Esa es una labor infinitamente más importante que la que hace cualquier político.

En ese sentido, entiendo que siempre os resbaló que dijesen que vuestra música es para pijos.

Siempre te van a llamar algo. A nosotros no solo nos han llamado ‘pijos’: nos han llamado de todo… menos ‘maricones’ (ríe).

Ahora con la gira con Taburete habéis reabierto ese melón, de alguna manera: las connotaciones que genera un grupo como ellos no se le escapa a nadie. En el libro hablas un poco de ellos: dices que musicalmente no tenéis casi nada que ver; pero sí que encuentras puntos comunes en esa formación del fenómeno. ¿Cómo nació esta unión para la gira?

Nos lo propusieron ellos a nosotros. Nos dijeron que son muy fans nuestros, hablaban muy bien de nosotros y nos dijeron que era un sueño hacer algo juntos. Nos agradó bastante, nos reunimos con ellos, nos conocimos y vimos que era muy fácil hacerlo. Luego, al escuchar las canciones me di cuenta de que eran muy originales, muy especiales y muy bonitas; realmente lo estoy pasando muy bien en la gira conjunta: tenemos un rollazo espectacular entre nosotros, lo pasamos genial y el público se divierte al máximo.

“Cuando me dicen ‘¡Vuelven los ’80!’; yo siempre les digo: ‘¡Espero que no vuelvan todos, porque como vuelva toda la mierda que había…’

 

¿Te estás divirtiendo más con Taburete que con El Canto del Loco?

Bueno, igual con ambos. Es verdad que con El Canto del Loco fue maravilloso e hicimos conciertos muy grandes y muy simbólicos en nuestra carrera. Ahora haremos otra en América con Los Enanitos Verdes.

Bueno, pero ahí hay una conexión más generacional: sois casi de la misma época, aunque cada uno de un lado del charco.

Sí, es cierto. Somos amigos desde hace más de treinta años con Marciano, Felipe

También tratas el tema del éxito en el libro. Dices que ojalá se pudiesen hacer muchas canciones como Sufre Mamón o Venezia. No es tan común que se le siga teniendo tanto cariño a canciones que habrás tocado miles de veces. ¿No te cansaste nunca de ellas?

Hay canciones que tienen letras que ya no me las creo, como me pasa con Marta tiene un marcapasos, por ejemplo; pero da igual: llegado un momento las canciones dejan de ser tuyas y pasan a ser de la gente. Cuando me dicen que cómo puedo cantar canciones de “las niñas del colegio” con la edad que tengo; y es que lo que estoy contando ya no es una historia personal mía: esas canciones ya son de la gente, se han convertido en grandes clásicos de la música pop, y cuando las cantas estás cantando canciones que son patrimonio de la humanidad.

“Considero ‘terrorismo musical’ a cuando la gente piensa que metiéndole el ritmito de moda y diciendo cuatro gilipolleces vas a entrar al público”

 

Pero sí te sientes más conectado, y en el libro se te ve, a canciones como Lo noto. No sé si desde algún punto, cuando tocas los grandes clásicos de Hombres G de los ’80 te sientes como que os convertisteis en una banda de versiones de vosotros mismos.

Sí, pero nunca pienso en eso: empieza la canción y la canto. A veces ni siquiera estoy pensando en lo que estoy diciendo porque ya las vomito de manera automática. Pero el ver a la gente tan feliz cuando las escuchan ya me merece la pena. ¿Cómo no voy a cantarles el Sufre mamón si les veo que se mueren de alegría? Solamente por hacer eso ellos me devuelven el agradecimiento.

Me llamó la atención un concepto que sacaste cerca del final, el de “terrorismo musical”, en referencia al reggaetón y músicas ligeras contemporáneas.

No, no me meto con el reggaetón. Yo lo respeto, respeto todos los géneros. Con “terrorismo musical” me refiero a esa gente que hace música pensando que el público es tonto y que se lo va a tragar todo: le graban un disco a un torero, a un friki de la tele, a este, al otro… Ese rollo de pensar que la música es una gilipollez que está al alcance de cualquiera es a lo que yo llamo terrorismo musical: el público no es tonto para nada, nunca lo ha sido. El público reacciona a la calidad, y a la que es una mierda no reacciona. Cuando hay gente que piensa que metiéndole el ritmito de moda y diciendo cuatro gilipolleces el público va a entrar, eso para mí es terrorismo musical. Pero no tiene por qué ser el reggaetón en concreto, puede ser en cualquier estilo.

Pero muchas veces la gente sí entra a ese juego. ¿Crees que prefabricando una canción o un producto es imposible alcanzar esa “belleza” de la que tú hablas en el libro?

Yo quiero pensar que la ecuación “Calidad = Éxito” tiene que funcionar. Siempre intento hacer canciones que sean tan bonitas que acaban siendo comerciales; pero no tan comerciales que acaban siendo válidas para el público. Siempre intento que sean especiales, que transmitan una emoción: puede ser una canción más profunda o menos, que sea de cachondeo, incluso, pero que transmitan algo, emoción, tristeza o lo que sea. Y creo que esa ecuación debería funcionar siempre. Cuando funcionan otras no lo entiendo; pero sí, a veces pasa.

“Los músicos somos esos tíos que vamos a su pueblo a tocar en las fiestas en verano. Sin embargo, los del cine o los del teatro la literatura tiene otro ‘glamour’”

 

Hay otro punto que puede abrir la lata del debate, cuando dices que el cine “es una industria totalmente subvencionada, que debería seguir trabajando y gritar menos”. ¿Eso no es ponerte en contra al gremio del cine? ¿Dirías que la distancia entre las ayudas a distintos gremios de la cultura es tan acuciada?

Claro que sí. En el cine se hacen películas porque las cadenas de televisión y los grandes grupos de comunicación las pagan. Pero antes las pagaba el Ministerio de Cultura: pillaban una subvención porque el Ministerio consideraba que había que poner dinero para hacer películas, y me parece correcto; pero en la música nunca ha sido así: en la música te la juegas tú pagándote tu disco y si lo palmas, lo palmas. Nosotros hemos hecho giras internacionales por todo el mundo: por toda América Latina, España e incluso Europa.

Hemos llevado la cultura y la música española por todos esos países; hemos creado un monstruo en América Latina con nuestra música… y jamás ningún gobierno nos ha ayudado, ni nos han pagado los billetes, ni nos han dado un premio, ni nos han recibido para darnos una palmadita en la espalda por haber hecho algo tan cojonudo. Nosotros nos la jugamos cada día: apostamos y arriesgamos. A la música no se la ayuda nunca.

De hecho, cuando se habla de cultura en España se menciona el arte, la literatura, el cine… pero nunca se habla de música. Los músicos somos esos tíos que vamos a su pueblo a tocar en las fiestas en verano. Sin embargo, los del cine o los del teatro la literatura tiene otro ‘glamour’.

¿Echas de menos otros reconocimientos formales? Ya no sólo por parte del gobierno u organismos institucionales, sino por parte de la crítica o de la opinión pública.

Pues sí, tío: yo viajo mucho a América Latina y a Estados Unidos y allí se nos trata de otra manera. En México o en Argentina un músico es una persona respetada: es un tío que hace algo que tú no sabes hacer y despierta tu admiración y tu respeto. Aquí te preguntan que a qué te dedicas aparte de esto.

“Las canciones de Taburete son muy originales, muy especiales y muy bonitas”

 

¿En algún momento os planteasteis trasladaros a América Latina? Como han hecho los mismos Enanitos Verdes durante muchos años, por ejemplo.

Sí. De hecho, todavía me lo planteo. Sobre todo a los Estados Unidos, porque es un mercado inagotable: si viviéramos allí tocaríamos todas las semanas eternamente.

¿Cambió mucho la exigencia del mercado musical? ¿Ves que es más exigente o menos?

No veo que haya cambiado mucho, lo veo siempre igual. Siempre pienso que el público no es tonto y que en cada una de las décadas ha tenido su exigencia. En los ’80 había artistas muy buenos pero también muy malos. Cuando me dicen “¡Vuelven los ’80!”; yo siempre les digo: “espero que no vuelvan todos, porque como vuelva toda la mierda que había…” (risas).

“A Hombres G no sólo nos han llamado ‘pijos’: nos han llamado de todo… menos ‘maricones’”

Pero sí que dices que era más fácil en los ’80 poder llegar de una manera más directa a programas de televisión o tocar en sitios como el Rock-ola sin todavía ser un grupo reconocido…

Mira, en los ’80 era muy difícil todo: para grabar un disco te tenía que pillar una compañía, poner una pastaza para la grabación y la promoción… Y esa era la meta primera, ahora es mucho más fácil poder grabar. Pero si lo conseguías y accedías a los canales de difusión, en realidad sólo había uno: TVE. Es lo que había en España. Eso sí, si salías en la tele te veía todo el país. Ahora es más fácil grabar un disco y salir en la tele…

Pero no hay programas de música en la tele.

Cierto, pero me refiero más al audiovisual en general, a internet. Hay tanta manera de poder proyectar tu música en diferentes canales que acaba perdiéndose todo. Cuando había dos canales de televisión todo el mundo veía lo que te ponían. Ahora hay tantos canales que nadie ve nada. Es muy diferente, está todo mucho más disperso ahora.

David Summers