11 julio, 2018. Por

David Byrne, árbol libre en el Botánico

Cómo funcionan las cosas que pasan una vez en la vida
David Byrne, árbol libre en el Botánico

Cuando David Byrne nos contó Cómo funciona la música en el libro del mismo título que escribió hace años parecíamos estar ante el tomo de un tipo clarividente, que ha podido ver las cosas desde arriba para poder analizarlas, desarmarlas, recomponerlas, resituarlas: daba la sensación de que se había pasado el juego, se había cansado de ello y necesitaba cambiar los cables de la consola de manera tal que parezca nuevo.

Pero estamos ante un artista que lleva más de treinta años haciendo eso, y anoche, en su concierto en el marco de las Noches del Botánico, certificó estar por delante no solo de sus compañeros de generación y de los que se jactan de o tener un legado impoluto o una propuesta de directo vanguardista: ha llevado la idea de “experiencia” a una nueva dimensión sin dejar de demostrar que es uno de los pilares fundamentales para entender el devenir de la música moderna de las últimas tres décadas, y las que queden por venir.

“Lo que sucedió fue, a la vez, una clase magistral, un concierto, una obra de teatro físico, una performance, una deconstrucción del escenario, un ejercicio propio del David Lynch del art-rock y una de esas experiencias que, como bien canta en una de sus canciones más conocidas, suceden “una vez en la vida”, pase o no el agua por debajo de la tierra”

La desnudez de un escenario que más bien parecía una especie de simulacro de la habitación roja de Twin Peaks, pero llevado al territorio de los escenarios de karaoke (un escenario vacío de instrumentos, retornos, cables, pies de micro, etc.; reemplazado por cortinillas en las tres paredes) con un David Byrne sentado en un pupitre y entonando Here, confirmando que lo que estaba ahí era él y no un holograma de artista versionándose a sí mismo, preparado para recitar una lección de más de veinte canciones, sosteniendo un cerebro de plástico como José Luis Moreno sostenía a Monchito, Macario o Rockefeller.

Lo que sucedió fue, a la vez, una clase magistral, un concierto, una obra de teatro físico, una performance, una deconstrucción del escenario, un ejercicio propio del David Lynch del art-rock y una de esas experiencias que, como bien canta en una de las canciones más conocidas de Talking Heads (y punto álgido del directo de ayer), suceden “una vez en la vida”, pase o no el agua por debajo de la tierra.

Había mucho de deconstrucción de la idea de “música en directo”: la economía de medios y el vaciamiento del escenario se llenaron con los once músicos que acompañaban a Byrne durante el directo, que alternaban sus funciones de instrumentistas (entre percusiones, coros, bajo, guitarra, teclado) con la de clowns musicales, todos ataviados con el mismo uniforme que el capitán del escenario (traje gris y pies descalzos), bailando con fluidez e imponiendo una arquitectura absolutamente singular en cada una de las canciones “representadas”; porque ese es el término que hay que utilizar: cada pieza que soltaban Byrne y sus compinches eran microrepresentaciones con vida y entidad propia.

“Había mucho de deconstrucción de la idea de “música en directo”: la economía de medios y el vaciamiento del escenario se llenaron con los once músicos quelo  acompañaban durante el directo, que alternaban sus funciones de instrumentistas con la de clowns musicales: cada pieza que soltaban eran microrepresentaciones con vida y entidad propia”

Desde el teatro de sombras que impusieron en Blind al ametrallamiento de luces de Once in a Lifetime, la performance desde el suelo que iniciaron en I Dance Like This, el ejercicio de ventrílocuo arty de Here, el tribalismo soul de Slippery People, el alegato alterfeminista que utilizó de cierre (la versión de Hell You Talmbout que Janelle Monáe compuso para las marchas en Washington de hace tres años) o los bailes mecánicos que ofreció haciendo ojito a parte del legado de Talking Heads (Burning Down the House o The Great Curve); el incólume repertorio de David Byrne confirmaba no solo que no le teme a su legado pasado (la mitad del show fueron canciones de su banda en los ’80), sino que su propuesta, adelantado incluso a los más adelantados, confirmaba que el sonido, estética y discurso de algunos de los mejores proyectos de estas últimas décadas (St. Vincent, Fatboy Slim, LCD Soundsystem, Franz Ferdinand, etc.) no existiría sin la existencia y desprejuicio de un artista que, de no existir, habría que inventarlo tantas veces como se reinventa él con cada movimiento.

David Byrne, árbol libre en el Botánico