11 diciembre, 2017. Por

Daniel Caesar

Un Marvin Gaye freudiano para resignificar el r&b de autor
Daniel Caesar

Hay música que folla sola, que no se refriega por la cebolleta de nada ni nadie, ni apoya las palmas de las manos en el suelo contonéandose en círculos como si fuera una especie de olla exprés en proceso de levitación y estallido.

En tiempos de trap, reggaetón y viceversa, y en pleno proceso de apropiación y resignifcación de estos géneros por parte de la maquinaria mainstream, que incluso ha obligado a sus cantantes de baladas y medios tiempos a coquetear con el género para firmar éxitos universales como Despacito, es de agradecer que aparezcan productos que lo que consiguen resignificar es el groove y el flow de la facción más sedosa y abrazable de artistas como Marvin Gaye, Donny Hathaway o Al Green.

Daniel Caesar es, en realidad, y por pedido expreso de sus padres a la hora de rellenar el libro de familia, Ashton Simmonds, un canadiense con rastas y diastema nacido un año después de la muerte de Kurt Cobain, allá por 1995. Desde que publicase con 19 años aquel autoeditado EP Praise Break comenzó a perfilar un producto que siga explorando las cavilaciones de la música negra que le viene de raza, pero también de la tendencia pop de los últimos años; pero llevándola por ese curioso límite entre la sonrisilla sexy, el abrazo entre colegas, el porro que se comparte y las melodías que van de lo concreto a lo colectivo.

De algún modo, y tras explorar opciones que buceaban entre raíces soul-codélicas, jazz-pop, lo fi y experimentales en el EP (Pilgrim’s Paradise) que sirvió como antesala de su debut largo, Daniel Caesar tira por la senda de la conexión íntima entre el pop de autor y las sonoridades r&b habitación adentro.

Su Freudian no sólo merece pódium en lo mejor del año en el que, precisamente, otras dos propuestas que tiran por la hibridación entre pop de masas y resignificación de música urbana (Kendrick Lamar) y radiofórmula urban (Lorde) están acumulando todos los vítores en las listas de lo mejor del año; sino que impone un cambio de paradigma en esa especie de pop&b que intentó encontrar en el último Frank Ocean un claro referente, gracias a la cercanía de esa sonoridad pero por la vía de la melodía pop y al coqueteo con sonoridades modernas de la música negra, gracias a la mano de socios como BadBadNotGood, y productores como Matthew Burnett y Jordan Evans: socios habituales de Childish Gambino, Marsha Ambrosius, Drake o Big Sean, entre otros.

Daniel Caesar consigue hacerlo mejor que Frank Ocean: tanto cuando suena lento ese groove que inyecta aire en cada intersección (Get You, una de las mejores canciones del año, junto a Kali Uchis; o el falsete animal del estribillo de Take Me Away), como cuando se acerca al folk&b con cierto reflujo noventero (la voz de H.E.R. en Best Part reinicia el sonido de Mariah Carey y Janet Jackson; algo que también sucede en Transform junto a Charlotte Day Wilson), cuando explora el rock & soul chorreante de armonías y guitarras (Hold Me Down o la psicodélica Freudian), el góspel experimental a capella (Neu Roses), el neo-estándar de crooner moderno (Loose o Blessed) o incluso cuando retira a Sam Smith componiendo la nueva We Are the World para San Valentín (We Find Love).

Daniel Caesar