27 junio, 2018. Por

Dadá Ruso, 1914-1924

Cuando la propuesta no es ir a ninguna parte, sino simplemente ir hacia adelante y romper las barreras
Dadá Ruso, 1914-1924

En los albores del siglo XX, el poeta Hugo Ball inauguró en Zúrich el Cabaret Voltaire, un pequeño gran espacio que se convirtió en el motor de explosión de la vanguardia en Europa anunciando para el arte nuevas medidas basadas en la confusión, el primitivisimo y la contradicción. Era 1916. Europa estallaba por dentro y a un grupo de artistas se les metieron en la cabeza unas ideas muy locas que salpicaban en todas direcciones: arte, literatura, política. Dadá llegó para desacralizarlo todo. Era lo que el mundo necesitaba.

Los dadaístas se oponían a esos rancios y desgastados espíritus que el siglo XX heredaba del anterior en el arte y la escritura. Optaban por la abolición de la memoria y Tristan Tzara gritaba: “Yo estoy contra los sistemas: el más aceptable de los sistemas es el de no tener principio alguno”. Al mismo tiempo, en un lugar no tan lejano, Rusia había acogido ya diversas acciones de carácter protodadaísta como Victoria sobre el sol (1913), una ópera del absurdo en lenguaje zaum, empapada en una perversa parodia con diseños de Kazmir Málevich. El Museo Reina Sofía ofrece ahora una exposición dedicada al Dadá ruso entre los años 1914 y 1924. La muestra incluye alrededor de 250 obras entre las que encontraremos pinturas, fotografías, collages e ilustraciones, publicaciones y películas de casi un centenar de artistas rusos y de otros países.

“El dadaísmo era una década fascinante donde la propuesta no era ir a ninguna parte, sino simplemente ir hacia adelante y romper las barreras entre la alta cultura y el arte popular”

Sabemos todo del Dadá occidental y casi nada del oriental, y es que es un movimiento sobre el que se ha tendido a privilegiar la narración que sitúa su base de operaciones en ciudades europeas (Zúrich, París, Berlín, Colonia y Hannover), y apenas se ha hablado de su desarrollo dentro de la Rusia pre y postrevolucionaria. Esta es pues la primera gran muestra en torno a la vanguardia rusa vista desde la óptica de los cánones antiartísticos y centrada en una década en la que la muerte de Lenin -asiduo del Cabaret Voltaire en el exilio-,  tuvo un tremendo impacto sociocultural. Una década fascinante donde la propuesta no era ir a ninguna parte, sino simplemente ir hacia adelante y romper las barreras entre la alta cultura y el arte popular.

De pronto, para muchos artistas rusos el constructivismo y el dadaísmo eran una nueva forma de entender el mundo. Dadá, lógicamente, fue incómodo para el poder ruso. Su espíritu lúdico, su humor, el antimilitarismo y la crítica eran el eje principal de esta aventura. Los artistas efervescentes del momento (Eisenstein, Kuchónij, Maiakovski, Stepánova, Rodchenko, Popova, Rozanova…) crearon un imaginario visual que era el negativo del mundo, su revés, además de su consecuencia y su negación.

No obstante, la potencia que tuvo Dadá en Rusia no es imaginable sin el impacto de la Revolución de octubre. La muestra se centra también en la temática revolucionaria, con sus bruscas transformaciones sociales y en las conexiones entre Rusia y los principales centros dadaístas. Una revolución, sea cual sea, es siempre caldo de cultivo para los cambios y es lo que permitió abolir toda referencia al pasado. Las formas no objetivas de Málevich, Tatlin o Mijail Lariónov se proyectaron como un supuesto sistema de comunicación con el nuevo espectador proletario.

“Para muchos artistas rusos el constructivismo y el dadaísmo eran una nueva forma de entender el mundo. Dadá, lógicamente, fue incómodo para el poder ruso […] Una revolución, sea cual sea, es siempre caldo de cultivo para los cambios y es lo que permitió abolir toda referencia al pasado”

Las posibilidades del fotomontaje para la agitación política se explotaron en los trabajos de El Lisitzki, Aleksandr RódchenkoGustav Klustis, mientras que la poesía se decantó por el sinsentido y el absurdo. Este análisis entre las conexiones entre Rusia y los grandes centros dadaístas a través El Lissitzki en Berlín o Serguéi Sharshun e Iliá Zdanévich en París y la internacionalización de los artistas rusos claves en este cambio, dejan claro que las minas de Dadá iban progresivamente explotando alrededor del mundo entero; de repente todo estaba de nuevo por decir, como un milagro nuevo en manos de la humanidad.

Dadá Ruso, 1914-1924