| El ocaso del samurai (Twilight Samurai), una película de Yoji Yamada El ocaso del samurai (Twilight Samurai) Es agradable sentarse en una butaca de cine para encontrarse un filme relajado y contemplativo como El ocaso del samurai, “Twilight Samurai” (el juego de palabras del título original se mantiene mejor en inglés), del prolífico director Yoji Yamada. Basada en una serie de historias del escritor Shohey Fujisawa, adaptadas por el propio realizador, Twilight Samurai propone un paseo por los quehaceres e ilusiones cotidianas de un hombre normal, por casualidad samurai, que vive en una pequeña localidad casi exclusivamente agrícola del norte del Japón del XIX. Yamada utiliza un registro visual alejado de la parafernalia del cine más actual para, con la delicadeza y reposo de un Ozu, contar una historia sencilla en un mundo no carente de complejidades. El protagonista, Iguchi Seibei, es la excusa a la que recurre Yamada para reflexionar no sólo sobre los intereses personales de un padre cariñoso que trabaja duramente para sacar adelante a sus dos hijas, tras la muerte de su mujer, sino acerca de la propia naturaleza del cariño. Nos presenta un mundo que, a cada paso en la historia, reclama más desaforadamente la atención al progreso y prosperidad social de cada individuo, en detrimento de la humildad; no esa humildad de la otra mejilla judeocristiana, sino la humildad de la sencillez que aprecia cada pequeño detalle, sin pretender grandes epopeyas. Yamada vuelca toda su capacidad de evocación en este filme que sobrevuela la vida de este sencillo samurai venido a menos en las postrimerías de la llegada de la revolución meiji, una época dura en la que escaseaba la comida y la muerte campaba a sus anchas, flotando obscena sobre las aguas de los ríos. Twilight samurai es un brillante ejercicio de un cine que se pierde cada día más, y una excelente excusa para desacelerar por unas horas nuestra actividad. Nos dejamos conducir por ese dulce cauce que construye el autor alrededor de una sencilla cotidianeidad, que sustituye grandes y turbulentas historias de amor y violencia por escasas muertes en las que se palpa el dolor y una sola historia de amor, algo colateral, pero hermosa e intensa. Una vez que, debido al afortunado auge de las cinematografías asiáticas, nuestra cultura visual está dejando de entender la contemplación como una carga de aburrimiento, asistir a la proyección de este filme, que se ganó merecidamente su nominación al Oscar a la Mejor Película Extranjera, puede ser esa pequeña píldora de tranquilidad que, diluida en un café a la salida, nos permita esa tan infrecuente pero placentera actividad que es una sencilla ensoñación. |