24 julio, 2018. Por

FIB 2018: los cabezas de cartel

Pedro Sánchez solo vio a The Killers: nosotros a todos los cabezas de cartel
FIB 2018: los cabezas de cartel

Quizá los que no habéis estado en Benicàssim no os lo creáis, pero os lo aseguro: los cuatro días y casi cien conciertos que acontecieron en la vigésimo cuarta edición del Festival Internacional de Benicàssim dieron bastante más de sí que el aterrizaje, paseíllo por la zona VIP hasta el escenario y visionado en preferente del actual presidente del gobierno y su esposa de The Killers, uno de sus grupos favoritos, en uno de sus festivales favoritos.

A pesar de que el grueso de las miradas festivaleras de las últimas semanas se las ha llevado (más para mal que para bien) el Mad Cool, y habéis llegado algo hastiados hasta la celebración del año previo a la celebración de los cinco lustros del FIB como uno de los festivales de referencia a nivel europeo y mundial, la cita levantina ha vuelto a superar una de esas ediciones no demasiado fáciles de acometer.

La competencia bestial entre Mad Cool y Primavera Sound por hacerse con exclusividades millonarias que recuerdan a la época del Summercase; el crecimiento de festivales como el Bilbao BBK Live, el Arenal Sound o el Low Festival en fechas cercanas; y la sensación de que el cartel de esta 24ª edición era de menor intensidad si lo comparamos con años anteriores, no arrojaban un panorama demasiado halagüeño para este FIB. Sin embargo, las cifras que han arrojado confirman lo contrario: una media de 40.000 asistentes por día, con su cota más alta el viernes, en el concierto de The Killers, rondando los 48.000 asistentes esa jornada, según dijeron en rueda de prensa.

“El FIB ha cerrado una edición correcta, que pasará a la historia más por la corrección y la equidistancia que por los problemas (que no los hubo) o las actuaciones masivas o icónicas que ayuden a reescribir la historia del festival”

Por momentos, la percepción fue algo diferente: hubo escenarios que costó muchísimo llenar (el Radio 3 Dance Stage South Beach arrojó palmadas auténticas, y fueron pocos los conciertos que se llenaron allí) y había una sensación general de que estábamos en una de las ediciones con menor afluencia de público; las actuaciones de grupos de masas españoles no llegaron ni siquiera a llenar como antaño el segundo escenario; los “segundos cabezas de cartel” (Two Door Cinema Club, The Vaccines, The Kooks y Bastille, correspondientemente) de cada día no tienen la entidad de grupo ni difícil de ver ni de estar viviendo un período de estado de gracia; e incluso es evidente que las actuaciones de los cabezas de cartel estuvieron lejos de alcanzar las cotas de masividad de su edición anterior (con los récords en las actuaciones de Red Hot Chili Peppers, Liam Gallagher y Kasabian); pero el FIB ha cerrado una edición correcta, que pasará a la historia más por la corrección y la equidistancia que por los problemas (que no los hubo) o las actuaciones masivas o icónicas que ayuden a reescribir la historia del festival.

HÁBLAME DE LOS CABEZAS DE CARTEL, VA

Con cerca de media hora de retraso, el encargado de capitanear la jornada del jueves era, al menos en el papel, Travis Scott, uno de los traperos más cotizados de los Estados Unidos, pero que sin embargo su alcance entre el público español y británico es más bien de baja intensidad.

A pesar de sus faraónicas cifras (casi 17 millones de oyentes mensuales en Spotify y prácticamente todo su repertorio con más de 50 millones de reproducciones, y algunas con más de 200, 300 o 400 millones) e incluso de su presencia en la prensa rosa global (es pareja de Kylie Jenner, la pequeña del clan Kardashian), su directo no fue el que más miradas acaparó el jueves: los irlandeses Two Door Cinema Club, con su retahíla de hits homogéneos (puedes cantar What You Know sobre prácticamente cualquier otro tema de la banda) y un sonido correctísimo y urgente, acumularon más asistentes que Scott.

Sin embargo, el norteamericano ofreció un show algo más breve de lo prometido, pero mucho más intenso: canciones rabiosas, una presencia escénica bestial, un manejo de la enormidad del escenario sin compañía de escuderos (bueno, sí, de su DJ, colocado en lo alto de una torre sobre el escenario) y unos recursos audiovisuales que ayudaban a entender que el show de Travis Scott iba más allá del aspecto musical: proyectó un universo estético (repleto de guiños a la Generación Internet, del Wordart y el Fotolog al Snapchat y las stories de IG) absolutamente suyo, con guiños autobiográficos enlazados con canciones breves (no daba la chapa), estribillos funcionales y un directo que no solo no se hizo largo, sino que invita a seguir la pista a un artista al que, sin embargo, le siguen faltando hits y canciones infalibles.

“El show de Travis Scott iba más allá del aspecto musical: proyectó un universo estético absolutamente suyo, con guiños autobiográficos enlazados con canciones breves (no daba la chapa), estribillos funcionales y un directo que no solo no se hizo largo, sino que invita a seguir la pista a un artista al que, sin embargo, le siguen faltando hits y canciones infalibles”

El viernes fue el día grande, el de unos The Killers que nada más posarse sobre el escenario ya daban la sensación de grupo clásico. A pesar de que Brandon Flowers parece el emoji del bailarín de WhatsApp y de que algunos de sus compañeros están envejeciendo especialmente mal, el repertorio de los americanos suena clásico cuando han pasado menos de 15 años de su debut, Hot Fuss.

No solo eso: el empaque hortera que tiene su show (una estética de tragaperras de Las Vegas, repleta de neones, brillos y fuegos de artificio) también invita a pensar en una reivindicación de todo aquello por parte de un grupo que, si hubiera querido, podría haber tirado por seguir recurriendo a los tics posmodernos del movimiento indie del que han escapado en cuanto han podido.

Y a pesar de que sus últimos dos registros (Battle Born y Wonderful Wonderful) pasaron sin pena ni gloria por el imaginario colectivo, la realidad es que la suma de clásicos de Hot Fuss, Sam’s Town y Day & Age como Mr. Brightside, Somebody Told Me, Human, When You Were Young, All These Things I’ve Done, Read My Mind o Spaceman enlazan a la perfección con el nuevo sonido de la banda, más cerca del sonido AOR de los años 80s (otra vez: el género hortera por antonomasia).

Parece un cruce entre ese sonido ochentoso que los grandes del rock (de Springsteen a los Travelling Wilburys) intentaron imprimir al rock and roll, con una herencia inevitable del indie-rock británico de sus inicios y todo el universo sintético que han implementado en sus últimos movimientos; pero es que incluso los Killers han asumido su espacio en el show business versionando a Oasis (concretamente Acquiesce) o invitando a fans a tocar con ellos (a lo Green Day, en For Reasons Unknown, tras leer el cartel que un joven batería sostenía en primeras filas, pidiéndoles tocar con ellos dicha canción). ¿Horteras? Sí, ¿y qué? ¿Por qué le gustan a Pedro Sánchez, si no?

“El empaque hortera que tiene su show (una estética de tragaperras de Las Vegas, repleta de neones, brillos y fuegos de artificio) también invita a pensar en una reivindicación de todo aquello por parte de un grupo que, si hubiera querido, podría haber tirado por seguir recurriendo a los tics posmodernos del movimiento indie del que han escapado en cuanto han podido”

Repitiendo casi al dedillo (con el añadido de New York City Boy) el mismo show que se le vio por España hace un año (en el Cruïlla y el Universal Music Festival), y con la excusa de un SUPER que ya cumplió dos años, los Pet Shop Boys eran la cita nostálgica por antonomasia del festival. Neil Tennant y Chris Lowe podrían ser los padres de al menos la mitad de los asistentes al festival; y quizá por eso, junto con la de Madness, la de PSB era una especie de “misa divulgativa” de bases del pop. Y no defraudaron; pero tampoco enloquecieron al personal más alejado y devoto de su repertorio y su sonido.

Con un show audiovisual más cutre (sobre todo si lo comparamos con el de Travis Scott y The Killers: el de ellos parecía que había sido dirigido artísticamente por José Luis Moreno, en algunos momentos), una estética algo gastada y un registro vocal demasiado agudo para un Tennant que tendría que plantearse explotar otros recursos a estas alturas de su carrera, el dúo británico dejó uno de esos directos dispuestos para el baile retro-ochentero y para el devocionario petshopboyer.

Especialmente épicas y emotivas Go West, Domino Dancing o It’s a Sin, el show de la pareja brit dejó exhaustos a los que consiguieron meterse en el show, y entre la media sonrisa y el bostezo a quienes nos costó más entrar en su universo.

“Con un show audiovisual más cutre que parecía que había sido dirigido artísticamente por José Luis Moreno, en algunos momentos, una estética algo gastada y un registro vocal demasiado agudo para un Tennant que tendría que plantearse explotar otros recursos a estas alturas de su carrera, el dúo británico dejó uno de esos directos dispuestos para el baile retro-ochentero y para el devocionario petshopboyer

Los “segundos de asalto”, o “cabezas teloneros” de los grandes cabezas de cartel de viernes y sábado, The Vaccines y The Kooks, correspondientemente, dejaron una sensación similar: es innegable que los debuts de cada uno de los grupos prometía más que lo que han desarrollado en álbumes posteriores; y la sensación de remember es demasiado reciente. 2006 fue un muy buen año para los Kooks (aquel Inside In / Inside Out lo seguiremos cantando de pe a pa los que hemos crecido en esa generación) y 2011 uno muy bueno para los Vaccines (tres cuartos de lo mismo con aquel What Did You Expect from the Vaccines?); pero estamos en 2018, y esa sensación de que estamos ante una banda de versiones de sí mismos, prácticamente incapaces de emocionar con canciones posteriores a aquellos momentos, es evidente.

Aún así, sus conciertos fueron correctos y su ego no ha sido tan grande como para dar la espalda a aquello por lo que se los contrató: para recordar el mejor repertorio de cada uno de ellos. Ahora, ¿hasta cuánto seguirán siendo grupos remembers de sí mismos sin tener siquiera 40 años?

Supongo que algo parecido habrá parecido a los fans de Pet Shop Boys el de Liam Gallagher. Si no has crecido con el repertorio de Oasis, y la adherencia sentimental y casi educativa que ha tenido la banda británica más importante desde los Beatles en toda la generación del pop y rock moderno británico en los últimos 25 años, puede que les pudiera parecer un concierto distante, la hora perfecta para cenar.

La realidad es que, tras ver a Liam en el pasado FIB y el Dcode aún sin álbum publicado, la cita en el FIB como cabeza de cartel (él estaría encantado con ello, pero no nos olvidemos que también encabeza el Sonorama Ribera: daba la sensación de que el estatus de Liam tras visitar tanto nuestro país no le hacía aún merecedor de ser el dueño de la última jornada del FIB), suponía una prueba de fuego para el de Mánchester.

“Mientras nos seguimos riendo de la manera de cantar de Fher Olvera de Maná, de Alejandro Sanz o de Antonio Orozco, tenemos un Liam Gallagher absolutamente incapaz de, incluso concentradísimo y en un estado de tensión que no tenía en la época de Oasis, poder cantar un repertorio que ha conseguido reescribir la historia del pop moderno”

Más que presentar las canciones de As You Were, la misión de Liam fue hacer caso a la traducción de esa frase (“como estabas”): convirtió a su banda en una banda de versiones de Oasis; eso sí, la banda de versiones de Oasis más grande del mundo. Pero apenas cayeron canciones de su debut como solista (un muy buen disco, por otro lado) en el concierto: Rock’N’Roll Star, Morning Glory, Supersonic, Slide Away y un épico final con Wonderwall y Live Forever, entre otras; sumadas a canciones de su debut, como Wall of Glass, Chinatown, Greedy Soul o Bold, la que más brilló de todas, entre otras.

A pesar de la connotación romántica que puede tener para cualquier seguidor de Oasis o los Gallagher haber vivido un repertorio como este, con el nivel de concentración que tenía Liam, y el mejor sonido que le escuché a la banda en el último año (mejor que el FIB y el Dcode pasados), Liam Gallagher tiene un problema muy serio: ya no puede cantar sus canciones.

Las críticas que lleva teniendo con respecto al timbre de su voz en los directos no son nuevas, pero lo que vi en el FIB ya va más allá de las risas: da la sensación de que es incapaz de llegar a las octavas más altas de sus canciones, las que son, de alguna manera, las marcas más identificables de su registro. Esto mismo por lo que Shakira prácticamente pierde la voz, tiene pinta de que le lleva tiempo sucediendo a Liam. En los últimos meses han sido varios los episodios (incluso abandonos) en los que ha achacado problemas de sonido en los retornos (que “no se escucha bien”). La realidad es bien diferente: mientras nos seguimos riendo de la manera de cantar de Fher Olvera de Maná, de Alejandro Sanz o de Antonio Orozco, tenemos un Liam Gallagher absolutamente incapaz de, incluso concentradísimo y en un estado de tensión que no tenía en la época de Oasis, poder cantar un repertorio que ha conseguido reescribir la historia del pop moderno.

Mientras sigamos premiando las gracietas de cada show (en este también hubo: le lanzaron lucecitas de los tubos que repartía VISA tras hacerse el chulo diciendo que se las tirasen a él y no a su guitarrista; y tras ponerse más chulo acabaron lanzándole un pescado) y cantando nosotros por él los registros más identificables de su manera de cantar, ¿para qué queremos seguir yéndolo a ver?

FIB 2018: los cabezas de cartel