4 diciembre, 2017. Por

Coco

Aún sin ser excelente, la fórmula de Pixar vuelve a funcionar a la perfección
Coco

Yendo con la verdad por delante, Coco (Lee Unkrich y Adrian Molina, 2017) no es la mejor película de Pixar. Pero cuando hablamos de un estudio que ha sido capaz de producir Toy Story (John Lasseter, 1995), Wall-E (Andrew Stanton, 2008), Up (Pete Docter y Bob Petterson, 2009) o Inside Out (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), ello no significa que estemos hablando de una mala película. A excepción de las secuelas de Toy Story, Pixar parece excesivamente atascado últimamente en el vacuo intento de producir continuaciones de sus grandes éxitos que estén a la altura de las cintas originales. Pero es en las nuevas historias donde el estudio de animación brilla con luz propia. Así, Coco no funciona de una manera tan milimétricamente emotiva como Inside Out o Up, pero son tantas sus virtudes que merece ser destacada como una de las películas más disfrutables del año.

Miguel Rivera es hijo, nieto y bisnieto de zapateros. Su destino está escrito desde antes de nacer: los Rivera son zapateros y odian la música desde que un músico rompió el corazón de la matriarca familiar, Mamá Imelda. Pero, en un país en el que la canción es tan onmipresente como México, Miguel quiere cantar y tocar la guitarra como lo hiciera su ídolo, Ernesto de la Cruz. Huyendo de la incomprensión de su familia, Miguel se embarca en un singular viaje por el Mundo de los Muertos en el que deberá conseguir la bendición de algún familiar fallecido para poder volver al de los vivos pero sin tener, para ello, que renunciar a la música.

En Coco, Pixar vuelve a desplegar una fórmula que ya conocemos bien: la de tomar una tema esencialmente adulto y bastante complejo y, mediante el uso de un lenguaje artístico espectacular, exponerlo en unos términos que sean comprensibles por espectadores de todas las edades. En Coco el tema es ni más ni menos que la muerte.

Coco no funciona de una manera tan milimétricamente emotiva como Inside Out o Up, pero son tantas sus virtudes que merece ser destacada como una de las películas más disfrutables del año”

Pero no parece que haya un asunto lo suficientemente oscuro o complicado para los creadores de Pixar: haciendo uso del folclore mexicano en torno al Día de Muertos se despega la muerte de todo discurso relacionado con las religiones monoteístas, convirtiéndola en un acontecimiento exclusivamente familiar, con todos los ritos asociados a ella asociados, exclusivamente, a la tradición. Es éste, sin lugar a dudas, el primer aspecto en el que Coco acierta de forma incuestionable. Por cierto: el tema de las celebraciones centradas en torno a las tradiciones familiares y no alrededor de la religión también es la clave del (ya infame) corto de Frozen que inaugura las proyecciones de Coco.

Es imposible ver Coco sin echar de menos a uno o varios abuelos

Al desacoplar el hecho mortuorio de la religión el relato gana en universalidad, a pesar de lo localista del lenguaje que utiliza para articularse. No debe tomarse, tampoco, a la ligera el hecho de que un estudio como Pixar emplee casi dos horas en reivindicar la cultura y el folclore mexicano, ya que llega en uno de los momentos más oscuros para la relación entre los Estados Unidos y los millones de ciudadanos de ascendencia mexicana que viven en dicho país. No hace falta hilar muy fino para interpretar Coco como una declaración de principios por parte del estudio.

“Al desacoplar el hecho mortuorio de la religión el relato gana en universalidad”

Políticas migratorias aparte, para cualquiera que conozca mínimamente las tradiciones del México, Coco es un auténtico festival de referencias culturales y festivas al país norteamericano. Lugares emblemáticos y artistas como Frida Kahlo o Cantinflas pasan por el filtro artístico de Pixar para ser homenajeados en un sinfín de referencias que se extienden a lo largo de toda la película. La tradición, ya colorista y exuberante de por sí, es abrazada por dicho equipo creativo con su habitual genialidad para el tratamiento del color y la expresividad de sus personajes. El resultado es la creación de situaciones y escenarios de una emotividad imparable.

En Coco aprenderemos cuál es el equivalente mexicano al “¿tienes hambre? ¿te frío un huevo?” de nuestras abuelas

El homenaje a la nación es tan amplio que Coco se ha convertido en dos semanas en la película más taquillera de la historia de México. Y, de hecho, el doblaje en el que es más recomendable disfrutarla es el mexicano, que es el que ha llegado a la mayoría de las salas comerciales españolas, en lugar del original, en inglés (no tiene sentido ver esta película en inglés).

Coco se ha convertido en dos semanas en la película más taquillera de la historia de México”

Dado que la emotividad es otra de las marcas de la casa del estudio, se recomienda asistir a los pases de Coco con un paquete de pañuelos por estrenar. Las emociones no se ponen a flor de piel de una forma tan descarada como lo hicieran en Toy Story 3 o Up, pero la temática es tan universal que es, de nuevo, casi imposible no sentirse interpelado por ella. La lección seria pero optimista que los más jóvenes pueden extraer al respecto de la muerte de un familiar contrasta con la oleada de recuerdos que Coco puede evocar en un adulto que ya se haya enfrentado a esta situación en un buen puñado de ocasiones. Aún así, se agradece que el guión huya del chantaje descarado (soy de quienes piensan que el final de Toy Story 3 es excesivo).

Una película que nos recordará inevitablemente a quienes amaran las rancheras y los mariachis

Solamente dos aspectos ensombrecen a Coco. El más llamativo de ellos es su duración. La película no solamente es larga, sino que se hace larga. La trama tarda demasiados minutos en ponerse en marcha y, si bien el Mundo de los Muertos es fascinante, el periplo de Miguel y su nuevo amigo, Héctor, por él, se percibe como estirado y repetitivo. En un segundo plano, también hay que mencionar que el tratamiento que Coco confiere a las familias construidas en torno a un matriarcado es un tanto desalentador, ya que coloca a las madres de la familia como depositarias de sabiduría y líderes naturales de ésta; pero las convierte, también, en el medio transmisor de inquinas y supersticiones infundadas e injustas.

“Las emociones no se ponen a flor de piel de una forma tan descarada como lo hicieran en Toy Story 3 o Up

Resumiendo, estamos ante una nueva demostración de fuerza artística por parte de Pixar. El disfrute estético en Coco es tan amplio y variado que la película exigiría varios visionados para abarcarlo en su totalidad. Más allá del mero hecho artístico, la historia de ese pequeño aspirante a mariachi que es Miguel es enternecedora. Aunque los giros del guión sean completamente previsibles, su conclusión es poderosa y esperanzadora. El único problema es que, para verla, hay que aguantar un corto de 20 minutos con los personajes de Frozen que, por mucho cariño que nos despierten, no está a la altura de la película original. Cabe la esperanza de que, al menos, si las reacciones a dicho corto sirven a Disney de termómetro para una de las secuelas más esperadas de los últimos años, estén a tiempo de rectificar lo que quiera que estén haciendo con Elsa y Ana.

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