19 diciembre, 2018. Por

Las ciudades no son dog friendly

Tras el boom de la adaptación de espacios para mascotas, pensamos: ¿cuánto de bueno hacemos por ellos realmente?
Las ciudades no son dog friendly

La ciudad es dura. La ciudad es dura para los que la habitamos, pero nosotros podemos elegir. Al menos, la mayor parte de las veces. Sin embargo, aquellos que elegimos como ‘mejor amigo del hombre’, los perros, no cuentan con eso. No tienen elección. Simplemente, se adaptan a la nuestra.

Nosotros creamos ropa para perros, peluquerías para perros, bares para perros, oficinas para perros… Es el deber de la relación entre el ser humano y el perro, desde su domesticación, que ésta se base en un beneficio mutuo, pero, a pesar del diseño de todas estas comodidades, ¿continúa siendo bidireccional? Tal vez sea el momento de preguntarse si el perro es ‘el mejor amigo del hombre’ o ‘el mejor sirviente del hombre’.

Porque, admitámoslo, hay gente maravillosa que le salva la vida a estos animales, que los adopta, que les da un espacio mejor y que busca su felicidad ante todo a través de largos paseos y amor constante; pero una de las razones imperantes para hacernos con una mascota es la de dejar de estar tan solos como estamos, y entonces supeditamos su existencia a la nuestra. Y nosotros existimos en las ciudades.

Ahora, cada vez más espacios son ‘Dog friendly’. Pero la ciudad en sí no lo es. ¿Por qué?

«Tal vez sea el momento de preguntarse si el perro es ‘el mejor amigo del hombre’ o ‘el mejor sirviente del hombre’»

EL BENEFICIO MUTUO

El perro (canis lupus familiaris) acompaña al hombre desde hace más de 35.000 años, tal y como sostiene el último estudio tras analizar en Siberia los huesos del lobo domesticado más antiguo encontrado hasta la fecha. Las teorías sobre si fue el hombre quien se acercó al lobo o el lobo al hombre siguen sin esclarecerse; lo que sí está claro, es que había establecida una coexistencia, es decir, un equilibrio estable para convivir conjuntamente.

Antes lobo estepario, ahora ‘perrete’

El lobo cazaba, pastoreaba y vigilaba, y el ser humano le alimentaba. Pero con la llegada de la Revolución Industrial y la conquista de la urbe, lo que nosotros llamamos ‘progreso’ se convirtió en un ‘retroceso’ para ellos. Lo que en su momento fue un lobo predador, hoy es el trabajo selectivo de 450 razas y un número incontable de ejemplares híbridos, modificados genéticamente para que tengan el aspecto que nosotros deseamos.

Al margen de esto, es probable que, además, a los perros no les haya dado tiempo a evolucionar al ritmo al que nosotros cambiamos, ni a adaptarse a la vida en la ciudad. Ni siquiera partiendo de la base de que el perro quien se acercó al hombre para convivir con él, podemos negar que la ciudad es un entorno hostil para ellos actualmente. Y tener un animal de compañía debe englobar este beneficio mutuo.

Quién te ha visto y quién te ve

EL PROTOCOLO DE COMUNICACIÓN

Si le decimos a nuestra mascota cuándo puede o no puede hacer pipí, cuándo es hora de dar un paseo y cuándo debe comer, debemos ser conscientes de que estamos sometiéndole a una rutina; a la rutina que más se ajusta a nuestro propio horario. Esto no significa que sea pernicioso para él necesariamente, pero si la velocidad del paseo les impide establecer el protocolo de comunicación con otros perros, o si va a pasar largas horas encerrado en un piso hasta que nosotros volvamos de trabajar, entonces hay algo que estamos haciendo mal. Del mismo modo, debemos ser conscientes de que si vamos a llevar a nuestro perro a una cafetería o a nuestra propia oficina, ‘friendly’ no debería significar dejarle bajo la mesa, sin moverse, hasta que nosotros decidamos prestarle atención.

Países como Suiza son pioneros en el reconocimiento de derechos de los animales de compañía, incluyendo peces y caballos, para que éstos no habiten en peceras iluminadas 24/7 sin ciclos de luz natural, o que no se relacionen con miembros de su especie. En el caso de los perros, toda persona que adquiera uno deberá realizar un curso de formación con parte teórica y parte práctica. A más de una persona no le vendría mal, incluso si le da por tener hijos…

Hacen falta más señales como esta

ESTRÉS DE ESTÍMULOS

Si nosotros mismos pasamos un tiempo alejados de la urbe, al regresar podemos notar con mayor sensibilidad el estrés sensorial al que estamos expuestos. Los olores, los sonidos, las luces… todos estos elementos que construyen nuestra ciudad tratan de captar nuestra atención para mantenernos alerta siempre. Los carteles luminosos, las fragancias de una perfumería y la música de una tienda son reclamos a los que a veces es difícil reaccionar, por no hablar de los cláxones de los coches o el volumen de sus radios.

¿Imaginas lo que esto significa para nuestros perros? Sacarle a pasear por una gran avenida puede estar muy lejos de su momento de disfrute. Y, en muchas ocasiones, regresa a casa más excitado de lo que salió. Esto sumado al ritmo vital al que están sometidos, y al comportamiento que les exigimos (si les regañamos cuando ladran o intentan oler a un igual) puede derivar en una frustración acuciante. La compañía de un perro dócil y afable puede ser en realidad una muestra de la profunda depresión que sufre.

De esta guisa acaban los perros de tanta luz y color

¿DÓNDE Y POR QUÉ TENGO PERRO?

Si hemos decidido enriquecer nuestro día a día con una mascota cuya existencia va a depender de nosotros (cuándo come, cuándo duerme, cuándo se reproduce), no está de más preguntarse antes por qué lo estamos haciendo, y qué consecuencias implica. Ser conscientes de que debemos ceder en algunos aspectos para generar este ‘beneficio mutuo’ en lugar de establecer una relación parasitaria es el primer paso a seguir. Ser conscientes de lo que de verdad significa ‘Dog friendly’.

Y si no somos capaces de cumplir con estos principios básicos, tal vez deberíamos preguntarnos: ¿sería mejor no tener perro?

Las ciudades no son dog friendly