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Sónar 2009

Los buenos recuerdos


Terminó hace unos días la última edición del Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona. Miles de personas, especialmente foráneas y a distintos niveles de conciencia, pero también adictos a la experimentación sonora, profesionales y simpatizantes del baile, se congregaban en la que es la cita más concurrida y atendida (en todos los sentidos, aunque discretamente también note -como casi todo- la crisis) de la ciudad. El beat, en un amplio espectro de sonoridades y calidades, asienta la verdad intersubjetiva que durante tres jornadas hace del cuatro por cuatro el credo más extendido a nivel de pálpito y excitación. Pasado y presente se fundieron en una cita festiva, aunque también nostálgica y en ocasiones extemporánea, y definieron junto a un mermado arranque de emociones, esta edición dieciséis de Sónar de la que, claro que sí, ya almacenamos unos cuantos buenos recuerdos.

En una calurosa Barcelona, pero siempre más clemente que la capital (allí, a menudo y más que a veces, corre el aire) el espacio neurálgico del CCCB y el MACBA resultó ser, como esperábamos, el magma originario de esos buenos recuerdos que ya comenzaron la tarde del jueves con el showcase de Ghostly International en el SonarVillage. Tras un Luomo no especialmente brillante selló el escenario y en forma de lona el fantasmita sintético que tiene por logotipo esta discográfica de Michigan. Y, con él, una de las mejores actuaciones del jueves, la de The Sight Below, un amante de los minimalismos electrónicos a la manera del genial Wolfgang Voigt (Gas) y de la densidad que resulta de la suma de capas guitarras tratadas (tal y como nos demostró con su debut en largo, Glider, a finales del año pasado). 

Una de las mejores actuaciones del jueves, la de The Sight Below, un amante de los minimalismos electrónicos

El de Seattle, que estuvo acompañado por un miembro más a la guitarra (camiseta de Joy Division incluida), regaló alrededor de 35 minutos (una pena que no fuese más) de protagónicos detalles minimalistas en loop, ritmos casi sugeridos en un traslúcido fondo, intervenciones vocales que lidiaban con la percepción de lo audible y distorsiones shoegazers en un concierto tan necesario como lenitivo para las almas más cándidas de las primeras horas del festival. Fueron Sam Valenti, el dueño del sello en la forma de SV4, acompañado por Adrian Mincha (Egg Foo Young), los que llegarían después para una sesión en la que nos recordaron sus debilidades categóricas a la hora de apadrinar sonidos y artistas desde el sello, algo que os contamos ligeramente aquí al hablaros del debut de School of Seven Bells. Y poco tiempo fue el que dedicamos a Lusine, y a su electrónica, pronta de minimalismos provenientes del techno como de la IDM, antes de bajar al SonarHall, donde, por fin y este año sin ningún problema que lo impidiese, pudimos ver a los congo-angoleños Konono nº1, liderados por M. Mingiedi. Un auténtico ejercicio de pureza exótica y tropicalismos originales a partir de una rudimentaria, pero sofisticada en últimas, instrumentación. Y sobre todo mucho talento. Allí sonaron ritmos construidos en vivo a partir de percusiones y melódicos likembés, reiteración vocal y, otra vez, esas notas identificadas que resultan de estos pianos portátiles de pulgar, que sobrevolaban a un trance tribal tan armonioso como hipnótico. Allí estuvieron tres cuartos de hora dilatados en mecidos ires y venires de bailes que se hacían extensión de su música y sobrellevando los que, en ese gran vestíbulo del CCCB, un buen número de personas seguíamos. Debieron alucinar con tanta expectativa, acogida y arrobo, pero lo cierto es que más lo hicimos nosotros. 

Konono nº1, un auténtico ejercicio de pureza exótica y tropicalismos originales


Puestos a seguir recordando estos buenos momentos, el SonarHall (el que ha apostado este año por las propuestas que mas se acercan al Sónar de los inicios: experimentación y vanguardia) volvió a reunirnos para seguir al inglés Quayola y al japonés Ryoichi Kurokawa. Quayola, por su parte, más rítmico y bailable, utilizó formas geométricas simples con una estética muy básica de colores planos. Tras la inicial simplicidad de la propuesta, el británico fue elaborando cada vez más sus paisajes sonoros en los que cada elemento visual tenía su correspondencia sonora. O viceversa. Y finalmente uno no sabía si bailar viendo las imágenes o escuchando la música. Una simbiosis perfecta. Y el artista japonés que, armado con 4 portátiles sobre el escenario, realiza también una combinación perfecta entre audio y vídeo que provocó inevitablemente que se nos pusieran los pelos de punta y se nos abriera la boca ante un espectáculo en el que texturas de mil capas y progresiones sonoras perfectas forman un todo difícil de explicar con palabras. 

Kurokawa, un espectáculo en el que texturas de mil capas y progresiones sonoras perfectas forman un todo difícil de explicar con palabras

En paralelo y dentro de la programación del SonarComplex tuvimos la oportunidad de disfrutar de algunas de las propuestas nacionales más interesantes. Partiendo de combinaciones imposibles encontramos sobre el escenario a Tarántula (grupo de Joe Crepúsculo) tocando junto a La Orquesta del Caballo Ganador, o el proyecto en solitario del ex-Manta Ray, Colch-ón, combinado con su otro grupo de aires cálidos y mediterráneos Suma. Justo después Micachu & The Shapes, que hacía poco tuvimos la suerte de ver también en la madrileña Moby Dick, siguieron demostrando que tienen algo que decir en lo que a la experimentación del pop se refiere. Y a las interferencias punk, electro y noise, entre otros ensayos experimentales, que desarrollan en directo. Acompañada de The Shapes, que construyen y deconstruyen ritmos experimentales, teclados idóneos y juegos de batería y voces, la jovencita se desenvolvió en el escenario a distintos timbres, según interpretación. Habrá que estar pendientes de lo que vengan a hacer.

Al día siguiente sería el australiano (afincado en Islandia) Ben Frost el que, en la Capella dels Alngels (SonarComplex) y después de algún problema técnico, nos hiciese disfrutar de la propuesta más interesante que vimos en este espacio. Ambiente a guitarra, manipulación digital estratificada y épicos drones tamizados por texturas friccionadas que dieron como resultado una de las estéticas más gozosas del festival. También en el mismo espacio tuvimos la oportunidad de disfrutar de Pau Riba vs Mil Simonis, que dieron la nota surrealista de la tarde, con este icono de la cultura catalana capitaneando un proyecto del que forman parte componentes de nada menos que Don Simon y Telefunken y Mil pesetas.

Ben Frost nos hizo disfrutar de la mejor propuesta que pudimos ver en SonarComplex, con sus drones a guitarra


Poco después sería SonarHall, otra vez, el espacio que nos volvió a reunir para la cita con los chicos de Raster-Noton, uno de los showcases que más esperábamos. Snd y sus virguerías rítmicas inspiradas trazaron planos de edificación posible, aunque de adivinación imposible, con algún repaso de su último trabajo, Atavism y ejercicios provistos de experimentación suficiente como para aplaudir esa posibilidad entre los minimalismos digitales, los glitches y la estructuración sonora a partir de la racionalización de géneros como el techno, el house o el 2-step. Bien hilvanados y perfectamente sincronizados, el dúo nos embelesó con las posibilidades de la variación cromática del catálogo de colores que supuso su backrground (de hecho, una de las obras comisariadas por Richard Cartier en Colorfield Variations, de L-NE, el subsello de 12K, está participada por Mark Fell, uno de ellos). Esto antes de que Olaf Bender, como Byetone, se luciese de lo lindo con su actuación. Algún reflejo melódico asomado y, sobre todo, las trepidantes arquitecturas rítmicas y coqueteos con frecuencias graves de distinta intensidad (muchas de ellas de su último trabajo, The Death of a Typographer) en un directo impresionante y parcialmente cronometrado con escrúpulo desde la propuesta visual con la que acompañaba. Un auténtico goce volver a bailarle. Como gozosa fue la sutilidad y sofisticación con la que Carsten Nicolai, como Alva Noto, construía ritmos, exprimía y dilataba frecuencias y nos mantuvo hechizados durante la mayor parte de su intervención, (además de por una constelación de pistas robotizadas y esquemas sonoros de distinta representación visual como proyecciones a su espalda). 

Raster-Noton cautivó con sus cuatro proyectos al público de SónarHall, tal y como cabía esperar


Un ejercicio de ensayo y experimentación, delicioso patrón de lo que será su nuevo proyecto y para el que nos eligió a los allí reunidos como conejillos de indias, según nos pudo contar en su (nada previsible) café favorito de Barcelona. Fino y preciso, como siempre le hemos visto. Poco después fue en el SonarClub, en la Fira Gran Vía, donde pudimos ver a unos Animal Collective densos y ensimismados, aunque lisérgicos, hipnóticos y a todas luces disfrutables. No fue el espectáculo álgido en intensidades y emociones que ya disfrutamos en el Primavera Sound hace un año, pero su pop alucinógeno de distintos brillos algo fulguró. Justo después en el SonarPub comenzó el directo de Fever Ray, un verdadero espectáculo. Aunque el sonido en el espacio no fue el mejor (también sucedió después con Crystal Castles) y el humo de discoteca (aunque ambientase, no ayudaba del todo a concentrarse) pudimos ver lo que se precipitaba con sigilo sobre el escenario. Con una estética escénica entre lo teatral y lo performativo, lo que parecía una cabaña adornada con lámparas de campana añeja y luz cálida de boite preparaban el escenario como receptáculo de una Karin que ya formaba parte de este atrezzo. Cuidado en detalles de iluminación y atmósferas en el escenario, pudimos disfrutar de su debut y de una ritualización temática que mezclaba la tribalidad totémica con la electrónica pop oscurecida de su trabajo en solitario. Los gestos, atavíos, los cetros, los delirantes clowns y el acompañamiento musical en percusiones, guitarras y tratamientos electrónicos, hicieron de este concierto uno de los más espectaculares de todo el festival. Como decimos, a pesar del sonido. ¡Cómo será la ópera que está preparando con su hermano y con The Knife! 

Con relación a la parte expositiva del Sónar, ésta ha ido progresivamente ganando importancia dentro de la programación. Tras el éxito del año pasado con la exposición –comisariada por José Luis de Vicente- Future Past Cinema. Este año el encargado de diseñar y conceptualizar la parte expositiva ha sido Oscar Abril Ascaso, quien con Mecànics cierra la trilogía decimonónica que se ha desarrollado en las últimas tres ediciones de Sónar. Mecànics reivindica la vuelta al DIY –háztelo tú mismo- pasado por el filtro de la tecnología, cuya estandarización ha permitido un repunte del punk de los 70 en versión cibernética. El principal valor de la exposición es la integración, al haber incluido, más allá de la parte expositiva en el recinto Sónar, visitas a centros de producción como Nui, Hangar, Instituto Europeo del Diseño o una colaboración con Medialab-Prado. La propia exposición ha contado con varias evoluciones basadas en el instrumento musical interactivo ReacTable, y artistas de vanguardia digital como Roland Olbeter, Yuri Suzuki o Institut FATIMA

Aunque hayamos echado de menos el descubrimiento de algún proyecto imprevisto, mayor presencia experimental y audiovisual, una exposición más internacional, o Sonarama, el balance positivo, aunque contenido, de las propuestas musicales que queríamos ver nos deja un número considerable de buenos recuerdos hasta el año que viene. Una vez más caracterizado por una muy profesional organización (¡cómo se nota la veteranía que se dispensa, en estos casos, y qué bueno poder disfrutarla!), cada vez más de agradecer por el número de personas que nos agolpamos, de repente, en Barcelona, despedimos a un Sónar discreto (pero siempre de interesante programación) hasta la próxima edición.

www.sonar.es

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