Muchos festivales se deben a una determinada época del año. Algo que los identifica, que la gente espera, su seña clave. El Festival de Otoño ha superado esas barreras infranqueables que atan a eventos típicos de verano e invierno, transgrediendo su propio nombre para replicarse a sí mismo en la estación del año que les plazca. Por convicciones, por no atorarse o, simplemente, porque el solecito le viene mejor, El Festival de Otoño en Primavera, además de presentar ese nombre tan surrealista y contradictorio, ha logrado, antes incluso de celebrar su segunda edición, convertirse en un clásico del arte multidisciplinar con un método y una eficacia de las que pocas citas de esta envergadura (si es que existe alguna) se pueden jactar.
Teatro, danza, música y circo contemporánea son las cuatro disciplinas madre en las que el Festival de Otoño en Primavera incide y formaliza una programación tan anárquica y variada (treinta y tres espectáculos de trece países diferentes, de los cuales serán estrenados en nuestro país veinticinco de ellos durante las tres semanas en las que se desarrollará el festival) como útil, especial y exclusiva. Probablemente sea la disciplina más relacionada con el arte escénico (el teatro) la que se lleve el grueso de galones. Una de las performances escénicas más avasalladoras quizá sea On the Concept of the Face: Regarding the Son of God, el nuevo ejercicio de Romeo Castellucci musicado por Scott Gibbons que juega con el anhelo, la soledad y el enfrentamiento lúdico-romántico hacia la imagen de Jesús de Nazareth. La compañía británica Propeller traerá a nuestro país dos obras de William Shakespeare de casi tres horas con un montaje impresionante: por un lado, la mezcla de violencia trágica y humorío paródico de Richard III, y por el otro, el teatro del absurdo shakesperiano en su faceta más inteligente, surrealista y ambigua en The Comedy of Errors. Curiosa es la adaptación que, a partir de una obra de Mozart, Peter Brook adapta: se trata de Una flauta mágica, una suerte de mezcla muy bien conectada entre la literatura, la música y la expresión interpretativa. La rusa Natasha’s Dream juega con los límites de una adolescente (una bestial Elena Gorina interpretando en clave monólogo) en su soledad más íntima e ínfima en un ejercicio claustrofóbico, dramático y más que empático. Las argentinas Algo de ruido hace y El viento en un violín también prometen: la segunda por estar bajo el ala de Claudio Tolchachir, uno de los directores de teatro más importantes de su país en la actualidad, y la otra por ser el lanzamiento más personal de Lautaro Perotti (compañero de Tolcachir en la compañía Timbre 4) como director de renombre.
En el plano musical, si bien es más escasa la programación, no decepciona. La transformación de la actriz argentina Soledad Villamil (la misma de El secreto de sus ojos o El mismo amor, la misma lluvia) a cantante de tangos (con los Hermanos Macana como bailarines-mimo en el escenario), el drama etnomusicológico, interpretativo e híper-sensible de Laurie Anderson en Delusion (una suerte de espectáculo audiovisual parido desde la lectura de una serie de relatos cortos inspirados en Balzac u Ozu y erigiéndola como una verdadera artista multimedia) o el puro ingenio y esa mezcla de vanguardia y música clásica que se marca Hauschka son las bazas más interesantes del género en esta edición. La perspectiva más vanguardista queda en manos de la disciplina bailable. Los espectáculos de danza más destacados (al menos para nosotros) son y serán el belga Preparatio Mortis (hacer del cuerpo una especie de vocablo marginal de la naturaleza, utilizándolo como un arma de doble filo y como una oda a la creación humana), el británico Political Mother (hombretones jugando a los extremos en un ambiente más bien clásico, haciendo de sus movimientos virulentos un salto al vacío desde el pasado hacia la vanguardia) o el alemán Körper, con una puesta en escena imponente y una concepción del movimiento que hace de lo diminuto gloria y cuestionamientos diversos (desde la construcción del todo hacia el por qué del cuerpo). En el plano circense no habrá mucho para elegir (dos espectáculos): el circo contemporáneo australiano y el belga en una batalla entre versiones o bien más propias de ejercicios de danza o bien más propia de la grandilocuencia del burlesque. Pura variedad y antología del movimiento, la expresión y las versiones del movimiento. Tú eliges.
