FIB Heineken 2010

La resaca fíber


Mucho se había hablado sobre cómo sería esta primera edición del FIB Heineken sin los hermanos Morán al frente de la organización y dejando solo a Vince Power, magnate de los grandes festivales de pop europeos. No faltaron las comparaciones con la exitosísima edición del pasado año, las críticas al cartel, los chismorreos, cuestionamientos al precio, expectativas sobre algunos conciertos, la fuerte apuesta por las actividades extramusicales, las novedades en las instalaciones y, sobre todo, saber cómo sería la respuesta del público en medio de una fuerte crisis económica y teniendo a su vera una cartera de festivales diversos donde elegir. La respuesta a ello fueron más de treinta mil asistentes/fibers (de media) por día al recinto, tres escenarios, shows magnánimos y multitudinarios, un paseo de artistas en ascenso que pisotearon en fondo y forma a los dinosaurios que allí se dieron cita y una cartera de conciertos y momentos que permanecerán en el imaginario colectivo forever and ever. Y nosotros te lo contamos al dedillo y no dando puntada sin hilo.

Uno se da cuenta cuando un festival es muy grande cuando se le critica (para bien y para mal) cada movimiento. Cada noticia, por menor que sea, de un año para otro, es analizada con lupa meticulosamente y programada exclusivamente para valorarla como la gran decisión del siglo o como el máximo churro que se haya podido hacer. Después de que en 2009 hayan batido todos los records de audiencia en festivales españoles de este calibre, el 2010 se antojaba con una perspectiva angulosa que se tendría que enfrentar a prejuicios, miradas de lado, escupitajos y besos apasionados al mejor estilo Casillas – Carbonero. Los hermanos Morán dejaban el mando por completo a Vince Power, y eso ya suponía una pregunta vital: ¿se convertiría el FIB Heineken en el festival oficial de la comunidad británica fuera de sus islas? La respuesta de la organización fue: no, más bien lo contrario. Con la idea de que el balance entre guiris y españoles sea equitativa, armaron un cartel al que le faltaron cabezas de cartel de peso (Gorillaz fue el único merecedor del rótulo ‘cabeza de cartel’, aunque el show de Vampire Weekend haya sido de lo mejorcito de esta edición, también) y se olía mucha paja al pasar. A pesar de esto, la decimosexta edición del FIB alzó como triunfadoras a dos grupos en constante ascenso (The Temper Trap y Foals) y, evidentemente, a los mencionados Gorillaz con uno de los shows más grandes (seguramente junto a los de U2, Rolling Stones, Madonna y Muse) que se hayan visto en nuestro país, prestó sitio a uno de los shows más emotivos y con mejor dicción del pop estatal (la despedida definitiva de The Sunday Drivers generó saltos, cánticos y sollozos), un buen puñado de grandes conciertos para el recuerdo (Julian Casablancas, Vampire Weekend, Mumford & Sons o Efterklang) y varias decepciones que se transformaron casi en espectáculos semi grotescos (The Prodigy y Dizzee Rascal y sus discotecas móviles que, inexplicablemente, enloquecían al público). Un año más, todas las miradas puestas en Benicàssim. No es rara esta costumbre.

Foals y The Temper Trap nos entregaron los mejores conciertos


Supera esto: no serás capaz
Uno se toma el primer día con algo más de calma. Sobre todo si las primeras horas del festival están un poco chatas en cuanto a nombres (sin menospreciar, claro) y uno aún no se ha hecho con el entorno. Así y todo sí valía la pena, a priori, acercarse a ver a Charlotte Gainsbourg presentando una de las grandes referencias que se han publicado en los últimos meses, IRM. Pues ha sido un poco chof. La francesa estaba demasiado estática, nerviosa, demacrada, como una Patti Smith joven y yonki pero con menos garra. Las canciones seguían sonando exultantes, pero ni siquiera versionando a su propio padre parecía entrar en trance la muchacha. Esperábamos más, pero cosas peores se han visto. Por suerte los que nunca decepcionan son Love of Lesbian. Reduciendo su habitual show de casi dos horas, Santi Balmes y los suyos hicieron un repaso por sus últimos dos discos haciendo hincapié en 1999. Hubo imitaciones a Liam Gallagher por parte del líder los catalanes, mucho salto, garra y un final apoteósico con los lesbianos bailando al mejor estilo Ok Go una coreografía encima de la canción Algunas plantas disfrazados (todos menos el bajista, luciendo cuerpo serrano) de superhéroes del subdesarrollo y lanzándose al público haciendo del escenario Fiberfib una pista de baile indie estatal. Menudos son. Un tiempo nos quedó para ver lo que quedaba del show de Dirty Projectors en el escenario Eastpak. Los de Brooklyn mostraron su pop a la inversa, muy bien orquestado, arriesgado, con mucha cogerencia raruna y cierto estrabismo sonoro de una forma muy colorida. Quizás le faltó mayor accesibilidad, pero aún así la formación supo mantener el tipo y colocar su mezcla de rock experimental, góspel, jazz y pop con sabiduría. The Temper Trap fueron una de las grandes sorpresas. Uno no se esperaba más que una mera presentación de un buen debut con, a simple vista, tres o cuerto cortes resultones. Contrariamente a esto, los australianos nos visitaban tras haber cancelado a finales del pasado año su gira por aquí y evacuaban del show facilón con una contundencia que los hacía acercarse a U2 en las atmósferas creadas, la creciente importancia de las percusiones manuales y la redondez de unas melodías largas. Un final apoteósico con su líder Dougy Mandagi llenando de agua un timbal y arremetiendo en piezas como Sweet Disposition con una rebeldía y unas tablas increíbles. Uno de los premios gordos para ellos y un aviso: cuidadín con los de Melbourne. Otra historia era para el primero de los cabezas de cartel. A lo que nosotros preguntamos: ¿esto es un cabeza de cartel? Pues no. Rotundo. Y así lo demostraron Kasabian con un show blando, digerido sólo por fans acérrimos, emulando al combo Gallagher y con pocos puntos altos (Empire, Club Foot y alguna de las piezas mejor alimentadas de West Ryder Pauper Lunatic Asilum, su último trabajo). Rock macarra, dos acordes en casi todas las canciones y cierto aire a tibieza general. No es que sonaran mal, pero tanto como ser una de las bazas principales, tampoco. Carretera, manta y mañana será otro día.
Gorillaz y Vampire Weekend han sido los únicos cabezas de cartel merecedores de ese rótulo


Plumas, reptiles y piña colada
El segundo día se antojaba el más sabroso de los cuatro. Por la variedad, por la esperanza de ver a gente como Julian Casablancas o Vampire Weekend haciendo de las suyas y por las ganas de ver a gente como DJ Shadow y Mumorfd & Sons, figuras difíciles de ver. En general el saldo fue positivo. La tarde comenzaba (para nosotros) bien española: primero, Alondra Bentley arropada por tres grandes músicos y un público atento, que prefirió transformar el cemento del Fiberfib en un patio de butacas y que sirvió de envite para que la murciano-británica despliegue las mejores armas de Ashfield Avenue. Aunque la respuesta en la pasada edición de los conciertos de Anni B. Sweet o Russian Red hayan sido mayores, buena nota para la joven. Segundo, Triángulo de Amor Bizarro y su apología por el ruido. Quizás algo erráticos en su costado más experimental, su final bien punki cantando canciones como De la monarquía a la criptocracia o El crimen: cómo ocurre y cómo remediarlo despertaron a un tempranero público sediento de patadas en la garganta. Un breve sprint para ver, al menos, un trozo de jj en un show en el que (si bien no lo pudimos ver entero) no parecieron brillar aunque tampoco desentonar. Quizás la lejanía sonora, debido a la única utilización de guitarra como instrumento físico (más las programaciones y bases por ordenador de fondo) en el escenario, volvían tedioso y repetitivo un repertorio bastante más goloso. Tercero y sólo de pasada disfrutamos de Sr. Chinarro y su canción de autor de enclave indie. Más ganas teníamos de Julian Casablancas. Aún con los descartes de Strokes (11th Dimension es un temazo) y algún escarceo al repertorio de su banda madre, el neoyorquino demostró que era más cabeza de cartel que otros y que su paseo por los tubos del escenario, su lanzamiento al público y la versión que se marcaron sus músicos (y él) de Reptilia fueron uno de los puntos más altos del festival. Mumford & Sons fueron otra de las gratas sorpresas. Con un marcado público británico (te das cuenta de eso cuantos más minis de cerveza acaban en tu cabeza), el cuarteto londinense se marcó con su pose de ángeles celestiales, un sonido más cercano al country o la americana y una destreza que canciones como Little Lion Man con ese “Goodnight, my dear” a coro demostraban a la primera. Una inyección de felicidad y saltos incesantes. Goldfrapp apostaba por un show bastante más visual, más cerca de Kylie Minogue que de, no sé, ¿Björk?, presentando disco (Head First) y viviendo de su glam synth pop, esos ojazos y esa pose de femme fatale que tan bien le dio de comer en estos más de diez años de carrera. Poco más, pero bien aplicado el cuento. Vampire Weekend sí que enaltecieron el Escenario Verde. Con apenas dos discos hicieron acopio de cabezas de cartel y, aunque aún les falte nombre, les sobra visión del campo de juego: pop tropical y verdaderas máquinas del pop bien tocado. Ritmos que los acercaban a Hawaii y a la rebelión juvenil del Londres de finales de los ’80. A veces más clasheros, otras veces más rollo Arctic Monkeys, pero siempre con esa sonrisa de niño bueno de Ezra Koenig y un show que fue de lo mejorcito que se vio en el festival. DJ Shadow, en cambio, apareció, se metió en su bola (literal: pinchó dentro de un círculo blanco) a pinchar (o eso dice) drum’n’bass mezclado con algo de electrónica experimental y algún escarceo con el pop nostálgico, comió un poco de Endtroducing, aburrió por momentos, nos puso un par de pelis detrás del globo y se fue. Y nosotros detrás de él. Pero a dormir.
Aún con las caras b de The Strokes, Casablancas brilló por encima de la media


Hasta que la muerte nos separe
La jornada del sábado estaba marcada por dos cosas: los dinosaurios y la pena. Nosotros nos quedamos definitivamente con la pena porque de los dinosaurios sólo rescatamos, en parte, a PiL. Ash decepcionaron porque ya no son los de 1977 (el disco): parecen un grupo de quinceañeros jugando al post-grunge. Los jóvenes The Cribs apostaron por el rock hooligan. Los tres hermanos Jarman junto al ex Smiths Johnny Marr cumplieron, sin más: suenan bien, a veces algo más descolocados, en otros momentos parecen los sucesores de aquella explosión primigenia que parecía que iban a dar Kaiser Chiefs pero, por lo general, se quedan bastante en el molde: sudor, rock’n’roll y pintas de cerveza. Pero con actitud, oye. The Specials despertaron una sonrisita los primeros veinte minutos por todo lo que conlleva: gira de treinta aniversario, grupo clásico del rollo post-mod y reggae/ska británico y tal. El resto de los minutos comenzaron a aburrir por lo anteriormente mencionado, también. Menos mal que nos quedaba los últimos momentos de The Sunday Drivers. Hace unas semanas os anunciábamos su final. Y duele. Duele porque fueron una de las mejores formaciones del pop anglo en nuestro país. Cuatro discos que iban en crescendo en cuanto a calidad, giras por todo el mundo y un material que sirve para rotar por las grandes cadenas de radio, los anuncios de cerveza, las radios indies, los festivales como el FIB y para enamorar a tu pareja. Por eso los gritos constantes de “no os separéis” por parte del público y la marcada tristeza en sus caras se notaban. Así y todo, nos dieron los momentos más emotivos, un coro al mejor estilo Hey Jude en Little Heart Attacks, más de hora y media de temazos y temones y la piel de gallina como recuerdo. Enormes para siempre. Public Image Limited (PiL), con John Lydon a la cabeza, fue el primer grupo de post-punk. Y lo demsotraron. Seguían sonando actuales, arriesgados, temblorosos e históricos. No superaron a las jóvenes figuras de esta edición, pero fueron los antiguos que mejor en forma de mantienen, aunque el público no lo entendiera así: poco a poco huían de las piezas largas de PiL para rendirse al temblor homogéneo de The Prodigy (puaj). Esperemos que se queden más tiempo. Los que esperamos que se apliquen un poquitín son The Prodigy. Os contaremos lo que vimos: una mezcla de ñu metal y drum’n’bass de aspecto cyberpunk gastado. Un show melodramático donde dos “cantantes” no dejaban de gritar “all my people in Spain” durante noventa minutos con unas bases dobladas por un batería agotado y un guitarrista que casi no tocaba. Un material agotado, fuera de foco y que sirvió para (no sabemos cómo) acercar al festival a su show más multitudinario de la edición, con mayor éxtasis, saltos y sudor. Que luego no se queje la peña. Kieran Hiebdan (a.k.a. Four Tet) fue más digno y se dedicó a pinchar bases ambientales, cerca del drone, fiel al 2step y rica en tonos y luminosidad y hasta coqueteando con el minimal en una live session bastante molona. Punto y final de la noche con mayor cantidad de público (35.000 personas) para Klaxons. Es una putada tener que presentar un disco que aún no salió. Así y todo, los británicos oscurecieron el Escenario Verde a golpe de new rave, grandes hits, tonos graves, bajos obesos y disfraces futuristas. Momentos altos para sus hits: Gravity’s Rainbow, Golden Skans y el final futurepunk de Atlantis to Interzone.
The Sunday Drivers se despidieron ante unos fans que no dejaban de corear aquello de 'no os separéis'


El planeta de los simios
Sólo quedaba el domingo. Ya con una carga de conciertos, sol y humedad en nuestra piel que quitaba el hipo, nos disponíamos a arremeter el recinto con ganas, sobre todo, de hincarle el diente a Gorillaz, el show más esperado y arriesgado. Antes de ellos tendríamos tiempo de escuchar de fondo el pop épico de Standstill y tirarnos a la cabeza a Efterklang. Los daneses nos encandilaron con su último disco y en el FIB también. Con la solana en nuestra melena, la banda reconvertida a septeto mezcló parodia indie con percusiones, armonías únicas y un trabajo orquestal merecedor de un mejor horario. I Was Playing Drums o Modern Drift hubieran sonado mejor a las 21 que a las 19h. A su término, corríamos al Eastkpak a ver a Marcus Doo & the Secret Family, uno de los dos grupos ganadores del Proyecto Demo de este año (el otro fue Chin Yi) sorprendía a un público que no los conocía con un sonido más americano y curtido, experimentado y que serían un muy buen fichaje para Foehn. Two Door Cinema Club aparecieron luego con una máxima: hacer bailar. Lo bueno que tienen es que no pretenden ser más de lo que son, al menos por ahora. Hacen indie rock bailable, como en la década pasada hicieran Bloc Party, Maxïmo Park o The Fratellis. Canciones rápidas, urgentes y necesarias, si se quiere. Su imagen no les acompaña del todo, pero pon un panoli en tu vida y te hará bailar. Lo que siguió fue el gran concierto del festival: Foals. No le faltó nada: grandes canciones, un batería que es de los mejores (junto a Matt Helders y Matt Tong) de los últimos años, un cantante kamikaze (trepó por los tubos del escenario arriesgando su vida), muchísima energía un público entregadísimo. Total Life Forever, sucesor de Antidotes, parece destinado a convertirse en uno de los títulos con mejor fondo y forma del año. Tanto como su conciertazo en el FIB: medalla de oro. Echo & the Bunnymen hicieron las veces de resaca post-Foals y emoción pre-Gorillaz. Son lo de siempre, pero lo hacen bien. Lo bueno es que se mantienen como piezas de museo de aquel sonido de pop gótico que pulieron en los ’80 junto a otros como The Cure. Su regreso discográfico quizás no era necesario, sobre todo teniendo a Pete de Freitas y Jake Brockman bajo tierra, pero tampoco hay por qué quitarle a un niño un dulce. No había mejor broche que el de Gorillaz (aunque nos quedaron fuerzas para ver unos minutos del rock electrónico y grave de Midnight Juggernauts). Es difícil de explicar, pero el Escenario Verde albergó a casi treinta músicos, una pantalla en HD que reproducía videoclips-película con cameos de Snoop Dogg y Bruce Willis, entre otros, una orquesta de cuerdas y un show armado y dirigido por el megalománo Damon Albarn que estaba a todas: el ex Blur daba de beber al deshidratado público, cantaba, tocaba guitarra, melódica y teclados, corría, rearmaba las canciones y se montaba una película (literal) de marineros (sus músicos iban vestidos con atuendo) donde no se sabe hasta qué punto lo que ves es real o ficticio. Si este es el show del futuro, nosotros nos pedimos uno para nuestra mesita de noche.
El show de Gorillaz estuvo a la altura de los de U2, Rolling Stones o Madonna


Como balance general fue un festival bueno sin meterse en una de las grandes ediciones de su historia. Su propio director dijo que cada cinco años un festival de estas magnitudes tiene tres ediciones más fuertes y dos más tranquilas y que, en esta ocasión, tocó una de las más tranquilas. Así y todo, hubo sitio para que el FIB Heineken despierte ampollas, destape la caja de pandora y, oficialmente, se transforme en el único festival que posee Vince Power (con todo lo que ello conlleva). Se auguran muchas más ediciones peleando entre el gusto guiri y el nacional, pero vale la pena destacar la mejora los accesos y en nuevas zonas de camping, la mejora en la organización de los aparcamientos, la buena visibilidad desde casi cualquier punto del escenario y se agradece siempre el buen rollo entre el público presente y el espacio del que se gozó este año, a pesar de que hayamos echado de menos algunas pantallas de más y nos sigamos quejando del precio de los abonos y de que nos cobren los horarios. Otro año más, otro FIB que pasa, otro verano bailando.

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The Temper Trap. Foto: Odette Suárez de Puga
Gorillaz. Foto: Odette Suárez de Puga
Gorillaz. Foto: Odette Suárez de Puga
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El festival de pop e indie más importante del país y uno de los más grandes de Europa. Tras la pasada edición batiendo records de audiencia por doquier, en el 2010 el FIB Heineken lo tenía difícil por varios motivos: el descenso de artistas de fuerte peso en el cartel; la crisis económica mundial (y especialmente la española), que supondría un, casi seguro, descenso en la venta de entradas y abonos; los conciertos exclusivos de artistas que nunca habían tocado y que, incluso, darían su adiós final en el festival; y el intento por crear un balance equitativo entre público extranjero y español.

por qué

Porque dieciséis años procurando programar a los mejores artistas del pop mundial, dando sitios a shows de estadio y a conciertos de grupos emergentes; a bandas que se reunen para tocar aquí y otras que se despiden definitivamente; dando cobijo a la comunidad guiri en un entorno (in)mejorable de humedad y paella valenciana y, sobre todo, doce horas de fiesta todos los días hasta las 7 a.m., como mínimo, si el cuerpo aguanta. Es el festival del que todo el mundo habló, habla y hablará. Y nosotros, cómo no, también.

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