Tony Gatlif
Príncipe gitano
A pesar de que Emir Kusturika sea el director más popular que retrata los usos y costumbres del pueblo gitano, hay otro cineasta que ha dedicado por completo su carrera a dar a conocer la cultura romaní. Su nombre el Michel Dahmani, un argelino de origen francés, aunque de etnia gitana, que ejerce de productor, músico, director, guionista, productor y actor de sus propias películas, y también de otras ajenas. A pesar de ser relativamente desconocido, ha ganado más de una docena de prestigiosos premios internacionales, entre los que podríamos destacar varios César –en su faceta de compositor musical- y un Gran Premio en el Festival Internacional de Cine de Flandes.
Tony Gatlif llegó a apasionarse por el cine por casualidad y gracias a uno de sus profesores, dice él. Podríamos añadir que además fue por desesperación, ya que después de tener que abandonar su ciudad natal a la edad de 12 años a causa de la Guerra de la Independencia de Argelia, tuvo que vivir en las calles de París a causa de la ruina en la que cayó su familia, pasando casi todas las tardes refugiándose en los cines Grand Boulevards. Poco después, en 1966 tuvo la suerte de ser descubierto por el actor Michel Simon, que le apadrinó como artista, facilitándole que empezara a tomar clases de actuación. Se dedicó durante algunos años de su vida a ser actor, hasta que en 1975 dirigió La tete en ruine, su primera película como director, que nunca consiguió distribuirse en Francia. A pesar de su fracaso, Gatlif no se desanimó y siguió dirigiendo películas: la siguiente, La Terra au Ventre, sobre el conflicto argelino que le obligó a dejar su país de orígen cuando era solo un niño y, ya en 1981, rodó –precisamente en España- su primer largometraje sobre el pueblo romaní, Corre Gitano.

Ser gitano es más fuerte que ser francés, alemán o español

A partir de aquí decidió centrar su cine en la cultura gitana, a la que admira por ser un pueblo capaz de mantener sus costumbres ancestrales por encima de su procedencia o nacionalidad. “Ser gitano es más fuerte que ser francés, alemán o español”, dice el director, “por que la gitana es una cultura que necesita protegerse, igual que una familia, ya que es débil ante el mundo. Lo que pretendo con mi cine es enseñarle al mundo cómo es esa familia, que también es mi familia.” Y con esta declaración de principios, llegó su primer éxito: Les Princes, una película en la que muestra las dificultades de integración y los conflictos de los gitanos que emigran para buscar trabajo y cobijo en París. Poco después empezó a trabajar en la primera película de la trilogía que más popularidad –y también más premios- ha aportado a Gatlif. Esta empieza con Lachto Drom, un título con aires de documental -algo que definirá toda la obra de Gatlif, por su costumbre de no trabajar con actores profesionales o utilizar decorados- en el que se sigue a unos músicos gitanos de diferentes nacionalidades en sus constantes migraciones. Después, y tras cuatro años de duro trabajo –en los que también rodó otra pieza de la trilogía, Mondo- estrenó Gadjo Dilo, otra pieza que analiza la cultura gitana en base, sobre todo, a su música, contando la aventura de un hombre que parte hacia una comunidad gitana en busca del músico balcánico Nora Luca.

Lo que pretendo con mi cine es enseñarle al mundo cómo es esa familia

Su siguiente éxito, Swing (2002) cuenta la historia de max, un niño fanático del jazz manouche –el tipo de jazz frenético y punteado tocado por Django Reinhart- que, en su camino a convertirse en un virtuoso de la guitarra, conoce a Swing, una niña gitana de su edad por la que sentirá una gran fascinación. En Exils, su siguiente película, se atrevió con una road movie musical. En ella Zano y Naïma van desde Francia hasta Argelia, haciendo el camino inverso al que hicieron sus padres buscando una vida mejor. Así, Gatlif pretendía, a la vez que sus protagonistas, encontrar sus propios orígenes y volver, más de 40 años después, a la tierra de su infancia, lo que le otorga a la película una fuerte carga emotiva que no se escapa a los ojos del espectador. Su último título hasta el momento, Transylvania, está protagonizado por la actriz Asia Argento, que da vida a Zingarina, una mujer que viaja al corazón de Rumania en busca de un músico gitano que conoció en Francia. A pesar de que las cosas no salen como ella había planeado, conoce a otro hombre llamado Tchangalo, que le descubre nuevos horizontes. Una serie de títulos imprescindibles para descubrir la manera en la que los gitanos se relacionan, no solo entre ellos, sino tambien con los gadjos (en España, payos) y la manera en que la convivencia, excepto en casos puntuales de violencia causados casi siempre por factores de odio social –es difícil amar al próximo cuando se tiene hambre- es enriquecedora y cordial, un motivo más para darle una oportunidad a este prolífico pero relativamente desconocido director.