Musical Americano

Círculo de Bellas Artes. Madrid

La música y el cine, probablemente dos de los géneros artístico-culturales más masivos del mundo a lo largo del siglo XX, encontraron cohesión y unión en su día gracias al género musical. Un género que podría comenzar a entonar sus primeros compases, incluso, en el primer cine que se podía ver en la gran pantalla: el mudo, que utilizaba la música para decorar las imágenes que se iban sucediendo. Nada nuevo por allí hasta que, en concreto, el género musical logró trasladar el ambiente del cabaret, el teatro de revista y la bohemia transgeneracional de las artes mayores al séptimo arte y, de esta manera, producir a la par historias bonitas que se podían cantar y actuar a la vez sin tener que asistir a un concierto o parir dicho material en un ejercicio sonográfico adquirible únicamente en formato físico. Han pasado muchas décadas y, a pesar de que se ha considerado casi desde siempre al género musical como un género menor (a excepción de algunos puntos altos concretos como West Dide Story, Grease, Moulin Rouge o The Wall, por mentar sólo una ínfima cantidad de históricas), siempre es buena la dicha si se trata de plantear ejercicios de visita temporal hacia algunos de los mayores clásicos del género musical parido en la Norteamérica de mediados del siglo XX. Porque no sólo de El otro lado de la cama vive el musical. Afortunadamente. Se intuye la baba, mirad.

La Edad de Oro del Musical Americano, el ciclo que el Círculo de Bellas Artes acogerá en su Cinestudio próximamente entre los días 23 de febrero y 15 de marzo desplegará ocho de los más importantes musicales de toda la historia del cine, ensalzando un género al que se ha considerado menor y se ha denostado hasta la categoría de cine infantil o pseudo-mediocre. Pues toma mediocridad: el repaso por las dos películas más importantes del tándem Stanley Donen y Gene Kelly (Un día en Nueva York y Cantando bajo la lluvia), el ejercicio de mayor virtuosismo de Donen en solitario (Siete novias para siete hermanos), una Dorothy Dansdridge despertando sensualidad, sexualidad y explosividad por doquier en el papel de la Carmen Jones de Otto Preminger o una Marilyn Monroe haciendo lo propio en Los caballeros las prefieren rubias; la reposición de la mentada West Side Story; el mito épico del musical americano de los ’50 (Ha nacido una estrella: tres horas de film con Judy Garland como pieza fantástica y adictiva al protagónico) o la Gigi de Vincente Minnelli bajo la obra de Colette han sido las razones y excusas elegidas para trasladarnos a la década de los ’50, la edad de oro del cine americano y, por ende, uno de sus géneros fetiche: el musical. Preparad las gargantas, queridísimos fetichistas del género.

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