Skyfall

Sam Mendes

La película número 23 de la saga de James Bond, y la que marca el 50 aniversario del personaje, va a por todas desde el minuto uno. Antes de los títulos de crédito iniciales, ya asistimos a una trepidante escena de persecución en cuatro medios de locomoción diferentes que remata con un error trágico: a instancias de M (Judi Dench), cabecilla del servicio de inteligencia británico, el MI6, la compañera de misión de 007, Miss Moneypenny (Naomie Harris), le dispara por error. Éste cae al mar, presuntamente muerto. M, de espaldas, observa la lluvia desde la ventana y con las palabras “This is the end” arranca la canción titular de Adele con unos títulos submarinos que, asimismo, plantean el interesante juego de espejos en el que se va a convertir la película.

Porque, dentro de todos los riesgos asumidos en esta entrega, tampoco era cuestión de saltar doblemente al vacío dando a Bond mucho tiempo por muerto. En realidad, el agente estaba de parranda (en la siguiente secuencia, aparece en una isla paradisíaca pasándoselo de lo grande con la más bella del lugar) y, ante un ataque terrorista a la sede del MI6 en Londres, regresa para buscar al culpable. Claro que, con lo que ni él ni M cuentan es con que los tiempos han cambiado y, desde las altas instancias del gobierno británico, les dan a ambos por acabados, por resquicios de otra época que hay que sustituir. La historia, así, planteará un combate entre pasado y presente plagado de guiños, al mismo tiempo que un diálogo del nuevo Bond con su contemporaneidad –la influencia de la saga Bourne y del Batman de Christopher Nolan están sobre el tapete- y una reivindicación de que todavía es un personaje cool y relevante. Llevada a buen puerto con nota, tanto por la inteligencia del guión como por la desconocida habilidad de Sam Mendes a la hora de filmar las escenas de acción de una forma tan espectacular como física y con un alto sentido de la plasticidad (cierto es que ya había mostrado su talento en American Beauty, Camino a la perdición o Revolutionary Road, pero era difícil imaginarlo firmando un producto de este tipo). En cuanto a las interpretaciones, Daniel Craig confirma, en su tercer film encarnando al agente, que es el Bond con más personalidad después de Sean Connery; Javier Bardem se sale como un súpervillano que descoloca todo el rato e incluso provoca sexualmente a 007, y el resto de secundarios (además de una Judi Dench más protagonista que nunca, hay que añadir a pesos pesados como Ralph Fiennes y Albert Finney) ayudan a dejar la película a gran altura.

Mención aparte merece la redefinición del personaje. Sin traicionar su espíritu, llega a otros lugares: está más acabado y lleno de dudas, evita sobreactuar en clichés –la presencia de las “chicas Bond”, esta vez, es mínima- y acaba adquiriendo su dimensión más humana en el tercer acto, el de un regreso a los orígenes plagado de zozobra existencial con el que se cerrará el círculo y comprenderemos el por qué de que aparezcan tantos espejos durante el metraje. Prejuicios fuera: éste es un film de James Bond que puede encantar a quienes no son fans de James Bond. Y, sí, probablemente, la mejor película de la saga.


¿la has visto?
escribe aquí tu opinión


código de seguridad
(introduce el código que aparece a la izquierda):
nombre (obligatorio):
e-mail (obligatorio, no aparecerá publicado):
comentario: