Argo

Ben Affleck

En 1979, tras el asalto de un grupo de manifestantes a la Embajada de EE UU en Teherán y la posterior captura de casi todos sus trabajadores, seis de los diplomáticos consiguieron huir, refugiándose en casa del embajador canadiense. La CIA decidió orquestar una operación de rescate made in Hollywood… literalmente: se inventaron una película ficticia de ciencia ficción, Argo, que supuestamente se rodaría en Irán, y allí enviaron un equipo para la filmación con agentes encubiertos.

Una gran historia, sin duda, que le ha valido a Ben Affleck para cambiar ligeramente de registro después de debutar en la dirección con dos películas de género negro ambientadas en Boston, Adiós, pequeña, adiós y The Town. Con un estilo clasicista (ya hay quien le considera el nuevo Clint Eastwood, no sólo por ello, sino también por lo inversamente proporcional que su talento como director se está mostrando respecto al que exhibe como intérprete), Affleck construye un thriller más que decente que, además, al ambientarse en los 70, se muestra como un homenaje a cierto tipo de cine hecho entonces (el de Sidney Lumet, Sydney Pollack o Alan J. Pakula), que él ejerce con pericia. Es recomendable no perderse, por cierto, los títulos de crédito finales, que el director aprovecha para recalcar el parecido entre la película y los personajes y hechos históricos que la inspiraron.

Cierto es que hay cosas que se podrían reprochar al film, como unos minutos finales en que se construyen demasiadas trampas para acentuar la tensión y algún tufo patriotero que tira por tierra la intención de neutralidad con que arrancaba la cinta. A cambio, lo más interesante radica en la forma en que muestra la relación entre los servicios de inteligencia y la industria del espectáculo (¡puro situacionismo!) en EE.UU., y en las escenas en que aparecen John Goodman y Alan Arkin encarnando a dos cínicos veteranos de Hollywood. No obstante, la impresión final que queda es que también hay bastante inocencia y cierta frivolidad ya no sólo a la hora de contar aquel suceso, sino también al de elegirlo: treinta años después, probablemente una operación como esa sería impensable teniendo en cuenta que el gobierno iraní ya no deja ni hacer cine libremente dentro de su país, e incluso tiene encarcelado a alguno de sus más reputados directores.

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